Estados Unidos y China intentan proteger sus cadenas productivas mientras continúan necesitándose. Las guerras convierten rutas, energía e infraestructura en armas de presión. Las potencias intermedias procuran diversificar socios y el Sur Global descubre que poseer recursos no garantiza autonomía. El orden que emerge no elimina la globalización: la reorganiza alrededor del riesgo, la seguridad y el control de las dependencias.
Durante las décadas de expansión de la globalización, la dependencia era interpretada como una consecuencia natural de la especialización. Un país producía chips. Otro fabricaba baterías. Un tercero aportaba minerales. Un cuarto suministraba energía. La economía mundial funcionaba porque ninguna nación podía producir todo por sí misma. Esa dependencia recíproca era considerada una garantía de estabilidad. Si todos necesitaban de todos, una gran confrontación parecía económicamente irracional. El razonamiento tenía lógica. Pero omitía una cuestión esencial. Las dependencias no eran simétricas. Algunos países controlaban las finanzas. Otros, la tecnología. Otros, la producción industrial. Otros, la energía o los minerales. Cuando las relaciones internacionales se deterioraron, esas posiciones dejaron de ser simples ventajas comerciales y comenzaron a convertirse en instrumentos de presión. La globalización no desapareció. Se volvió estratégica.
Estados Unidos y China: la batalla por las vulnerabilidades
Estados Unidos y China no buscan actualmente una separación total. El costo sería enorme para ambas economías y para el sistema mundial. Washington todavía depende de cadenas manufactureras vinculadas con China. Beijing necesita mercados, componentes, capital y conocimientos provenientes de economías occidentales y asiáticas. Pero cada potencia intenta reducir aquellas dependencias que podrían ser utilizadas por la otra. Estados Unidos restringe chips, programas de diseño, maquinaria, capital y conocimiento especializado. China fortalece su industria local, amplía sus controles sobre tecnologías sensibles y conserva una posición dominante en numerosas etapas del procesamiento de minerales y la fabricación de componentes. La disputa ya no consiste en alcanzar una autarquía imposible. Consiste en determinar qué dependencias son tolerables y cuáles representan un riesgo nacional.
Del desacople al “desenganche selectivo”
Durante algún tiempo se habló de desacople entre Estados Unidos y China. El concepto resultó excesivo. Una ruptura integral de las dos mayores economías del mundo afectaría empresas, consumidores, mercados financieros y aliados de ambos países. Lo que aparece es algo más selectivo. Los sectores considerados ordinarios pueden continuar comerciando. Los considerados estratégicos quedan sometidos a controles crecientes. La dificultad consiste en que la definición de “estratégico” se amplía constantemente. Primero fueron las telecomunicaciones. Luego los semiconductores. Después la inteligencia artificial, los datos, los robots, las baterías, la biotecnología, la energía y los minerales críticos. Cuando casi toda la economía depende del software y de la conectividad, casi cualquier industria puede ser presentada como un problema de seguridad.
La inteligencia artificial se convierte en soberanía
La disputa por la inteligencia artificial comienza a ingresar en una nueva etapa. Inicialmente, Estados Unidos intentó impedir que China accediera a los chips más avanzados. Ahora también investiga cómo las empresas chinas desarrollan sus modelos, qué datos utilizan y si obtuvieron capacidades estadounidenses mediante procesos de imitación o destilación. El conflicto en torno a Moonshot AI y su modelo Kimi K3 muestra esta transformación. Washington analiza posibles medidas por presunto uso indebido de tecnología estadounidense, mientras Beijing acusa a Estados Unidos de utilizar la propiedad intelectual como argumento para conservar su supremacía tecnológica. Al mismo tiempo, China estudia sus propios controles sobre modelos avanzados y semiconductores. Esa medida posee un fuerte significado político: Beijing empieza a considerar que su tecnología también debe protegerse de la apropiación extranjera. La competencia deja de ser unilateral. Ya no es solamente Estados Unidos intentando frenar a China. Son dos potencias construyendo fronteras tecnológicas.
Una China menos dependiente
La estrategia estadounidense parte de una suposición: limitar el acceso chino a tecnología y conocimiento occidental retrasará su innovación. Esa premisa sigue teniendo fundamento en algunos sectores, pero podría perder eficacia con el tiempo. Un estudio reciente que vinculó patentes chinas con literatura científica sostiene que la proporción de ciencia producida dentro de China que respalda sus propias invenciones pasó de alrededor del 1 % en 2000 al 26 % en 2025. Según esa investigación, la contribución científica china a sus patentes superó a la estadounidense en 2021. La conclusión debe tomarse con prudencia, pero señala una tendencia importante. Las restricciones pueden demorar a China. También pueden acelerar su búsqueda de autonomía. Cuando una potencia descubre que puede ser excluida de un recurso esencial, aumenta sus incentivos para sustituirlo. La sanción actúa como castigo. Pero también como política industrial involuntaria del adversario.
Taiwán y la geografía de los semiconductores
Taiwán continúa ocupando una posición excepcional. Su industria de semiconductores es esencial para Estados Unidos, China, Europa y buena parte de Asia. Washington profundizó su relación tecnológica con Taipei mediante acuerdos comerciales y nuevas inversiones taiwanesas en territorio estadounidense. El objetivo es reducir la concentración de la producción más avanzada en una isla sometida a creciente presión militar china. Pero trasladar parte de la capacidad no elimina la centralidad taiwanesa de manera inmediata. Las fábricas requieren proveedores, ingenieros, conocimiento acumulado y redes industriales difíciles de reproducir. Taiwán no es importante solamente porque posee plantas. Es importante porque concentra un ecosistema. Por eso cualquier crisis en el estrecho tendría consecuencias que superarían ampliamente a China y Estados Unidos. Afectaría automóviles, sistemas de defensa, telecomunicaciones, inteligencia artificial y mercados financieros.
Medio Oriente: convertir la interrupción en poder
Irán aplica una estrategia distinta. No controla el sistema tecnológico mundial, pero posee una ubicación capaz de modificar el costo de la energía y del comercio. El estrecho de Ormuz es una de las rutas más sensibles del planeta. Teherán no necesita cerrarlo completamente. Puede obtener influencia elevando el riesgo de utilizarlo. Amenazas, ataques limitados, inspecciones, seguros más costosos y desvíos marítimos pueden producir efectos económicos sin necesidad de una guerra convencional prolongada. Según Reuters, Irán está ampliando su campaña de presión mediante Ormuz, el mar Rojo y otras infraestructuras regionales para obligar a Estados Unidos y sus aliados a negociar desde una posición menos favorable. Esta estrategia tiene una lógica. Pero también un límite. Una escalada gradual puede dejar de ser gradual. Un ataque con víctimas estadounidenses, un error de identificación o una respuesta israelí excesiva podrían transformar una negociación coercitiva en una guerra regional abierta.
La diplomacia de la ambigüedad
La situación del 3 de agosto refleja esa fragilidad. El presidente estadounidense anunció conversaciones para terminar la guerra y reabrir Ormuz. Irán negó que existan negociaciones directas y afirmó que solo dialoga con Omán sobre una ruta temporal para la navegación. Ambas afirmaciones pueden formar parte de una misma negociación indirecta. Washington necesita mostrar que su presión produce resultados. Teherán necesita evitar la imagen de que negocia bajo amenaza. La diplomacia contemporánea funciona muchas veces de ese modo. Los gobiernos niegan públicamente el proceso que intentan construir en privado. El riesgo consiste en que las necesidades comunicacionales internas terminen impidiendo la concesión externa.
Ucrania y la competencia por la defensa
La guerra de Ucrania muestra otra forma de dependencia. Ucrania depende de armas, inteligencia e interceptores occidentales. Europa depende de la capacidad ucraniana para contener a Rusia. Estados Unidos distribuye recursos defensivos entre varios escenarios. La presión sobre sistemas como Patriot aumenta porque Ucrania, Israel y países del Golfo demandan simultáneamente capacidades similares. Los recientes ataques rusos con bombas planeadoras sobre Zaporiyia revelan esa vulnerabilidad. Estas armas son relativamente económicas, poseen gran poder destructivo y pueden ser lanzadas fuera del alcance de muchas defensas ucranianas. La guerra se transforma entonces en una disputa por inventarios. No alcanza con disponer de tecnología superior. Es necesario producirla en cantidad suficiente, reponerla y decidir qué aliado la recibirá primero. La escasez obliga a jerarquizar conflictos.
La guerra industrial regresa
Las guerras prolongadas han recuperado una verdad que parecía olvidada. La sofisticación tecnológica no reemplaza a la producción industrial. Los drones necesitan motores, baterías y componentes. Los misiles requieren explosivos y sistemas electrónicos. Las defensas necesitan interceptores. Los vehículos necesitan repuestos. Una potencia puede disponer de las mejores armas del mundo y, aun así, perder capacidad si no puede fabricarlas a la velocidad con que son utilizadas. Rusia adaptó buena parte de su economía al esfuerzo bélico. Ucrania desarrolló una industria innovadora de drones. Europa comenzó a revisar décadas de reducción del gasto militar. Estados Unidos debe abastecer simultáneamente a sus propias fuerzas y a varios aliados. La guerra ya no se decide únicamente en el frente. También en fábricas, presupuestos y cadenas logísticas.
Gaza: la persistencia de la guerra sin solución
Mientras la atención se concentra en Irán, Gaza continúa sometida a ataques, desplazamientos y deterioro humanitario. Durante el último fin de semana, ataques israelíes causaron nuevas muertes civiles, mientras la población soporta temperaturas extremas y condiciones sanitarias precarias en campamentos improvisados. El conflicto enfrenta un problema que excede a las operaciones militares. No existe todavía una arquitectura política aceptada para el día posterior. Israel busca garantías de seguridad y la eliminación de las capacidades militares de Hamas. Los palestinos reclaman retirada, soberanía y reconstrucción. Los actores regionales intentan evitar tanto una ocupación indefinida como el regreso a la situación anterior. Sin una salida política, el territorio puede quedar atrapado entre violencia intermitente, administración militar y emergencia humanitaria permanente.
La economía mundial resiste, pero acumula fragilidad
La actualización del FMI proyecta un crecimiento global del 3 % en 2026 y del 3,4 % en 2027. El organismo espera que el impacto inicial de la guerra y la energía sea seguido por una recuperación posterior. Pero estas cifras no describen una economía saludable en sentido pleno. Describen una economía capaz de evitar la recesión mediante inversión tecnológica, gasto público, subsidios y adaptación empresarial. La diferencia es importante. Una economía puede crecer mientras aumenta su vulnerabilidad. Los gobiernos están asumiendo gastos militares, subsidios energéticos, transición climática, envejecimiento poblacional y políticas industriales. La deuda pública de las economías avanzadas podría alcanzar alrededor del 108 % de su producto en 2026, mientras las economías emergentes también afrontan niveles elevados y mayores costos financieros. La próxima crisis encontrará a muchos Estados con menos margen fiscal.
El retorno del Estado asegurador
Durante la globalización, las empresas buscaban eficiencia y los Estados corregían fallas. Ahora los gobiernos vuelven a desempeñar un papel más amplio. Subsidian energía. Protegen industrias. Financian semiconductores. Acumulan reservas. Garantizan créditos. Aumentan presupuestos militares. El Estado se convierte en asegurador de última instancia de sociedades expuestas a crisis permanentes. El problema es que no todos los países pueden asegurar del mismo modo. Estados Unidos puede endeudarse en su propia moneda y dispone del dólar. China controla bancos públicos y posee capacidad de coordinación. Los países más débiles enfrentan tasas mayores, monedas vulnerables y restricciones externas. La desigualdad geopolítica también es desigualdad fiscal.
Potencias intermedias: la política de las múltiples puertas
India, Brasil, Indonesia, Arabia Saudita y Turquía intentan evitar que una sola relación defina su política exterior. La lógica es sencilla. Cuando el mundo se vuelve incierto, depender de un único socio resulta peligroso. India coopera con Estados Unidos en seguridad y tecnología, mantiene vínculos energéticos con Rusia y participa en los BRICS. Brasil combina su relación comercial con China, su presencia regional, los BRICS y sus negociaciones con Occidente. Arabia Saudita conserva la protección estadounidense, pero amplía sus vínculos económicos y tecnológicos con Beijing. Esta estrategia suele denominarse multialineamiento. Pero su esencia es la diversificación del riesgo.
Los BRICS y la autonomía financiera gradual
Los BRICS ampliados expresan el deseo del Sur Global de aumentar su margen dentro del sistema internacional. No constituyen un bloque homogéneo. Sus miembros mantienen intereses, regímenes políticos y prioridades diferentes. Pero coinciden en reducir la dependencia exclusiva de instituciones y monedas occidentales. Jim O’Neill, creador del término BRIC, sostuvo recientemente que las alternativas financieras al dólar ya no son una fantasía, aunque reconoció que los avances concretos continúan siendo limitados. La desdolarización no ocurrirá mediante un reemplazo repentino. Avanzará mediante acuerdos bilaterales, pagos en monedas nacionales, bancos de desarrollo y sistemas digitales. El dólar puede conservar su primacía mientras pierde parte de su exclusividad.
El Sur Global: recursos sin poder automático
El Sur Global posee gran parte de los minerales, la energía, los alimentos y los territorios necesarios para el nuevo ciclo económico. Pero disponer de recursos no equivale a controlar su valor. El país que extrae litio puede recibir una fracción menor del ingreso generado por la batería, el vehículo, el software y el financiamiento. El productor de cobre puede permanecer subordinado a quienes fabrican cables, motores y redes eléctricas. El exportador de energía puede depender de equipos tecnológicos extranjeros. La diferencia entre riqueza natural y poder estratégico reside en la capacidad de completar cadenas.
América Latina: negociar desde la fragmentación
América Latina posee una combinación excepcional de alimentos, energía, minerales, biodiversidad y recursos humanos. Pero continúa negociando de manera fragmentada. Cada país compite por inversiones ofreciendo condiciones diferentes. Esa competencia puede atraer capital, pero también permite que las grandes empresas y potencias comparen territorios y reduzcan sus compromisos. La integración regional no debería limitarse al comercio. Necesita incorporar infraestructura, energía, investigación y políticas de agregado de valor. Una región que coordina estándares puede exigir más. Una región dividida vende más barato.
Argentina: el valor de no quedar encerrada
Argentina posee gas, petróleo, litio, cobre, alimentos, conocimiento nuclear y capacidades tecnológicas. Su desafío no consiste en elegir entre Estados Unidos y China como si se tratara de dos identidades ideológicas cerradas. Consiste en evitar que cualquiera de las relaciones limite las demás. China puede aportar mercado, infraestructura y financiamiento. Estados Unidos puede ofrecer tecnología, acceso financiero y cooperación empresarial. Europa puede aportar estándares, inversión y diversificación. Brasil y la región brindan escala productiva y proximidad estratégica. Una política inteligente debería combinar esos vínculos mediante reglas claras, preservando la capacidad nacional para decidir socios, destinos y condiciones. La autonomía no consiste en permanecer equidistante. Consiste en no conceder a ningún actor externo poder de veto.
Riesgos principales
Escalada accidental en Medio Oriente. La estrategia iraní de presión gradual puede producir una respuesta estadounidense o israelí desproporcionada y transformar la disputa por Ormuz en una guerra regional. Fragmentación tecnológica acumulativa. Los controles sobre chips, modelos, datos y software pueden crear ecosistemas incompatibles y obligar a terceros países a duplicar infraestructura. Competencia por armas defensivas. Ucrania, Israel y los países del Golfo pueden disputar sistemas limitados, debilitando la capacidad occidental para responder simultáneamente en varios frentes. Crisis fiscal. El crecimiento moderado convive con deuda, subsidios y gasto militar crecientes. Una suba prolongada de la energía podría deteriorar rápidamente los presupuestos nacionales. Nueva periferización latinoamericana. La región puede insertarse en la transición energética exportando recursos sin adquirir procesamiento, patentes ni capacidades industriales.
Oportunidades emergentes
Diversificación de cadenas. La rivalidad entre Washington y Beijing permite a terceros países atraer inversiones y negociar procesamiento local. Autonomía energética. El riesgo en Ormuz y el mar Rojo aumenta el valor estratégico del gas, los biocombustibles y las renovables latinoamericanas. Desarrollo tecnológico propio. Las restricciones internacionales incentivan a países medianos a fortalecer ciencia, software, defensa cibernética y aplicaciones de inteligencia artificial. Multialineamiento. Las potencias intermedias pueden combinar vínculos y reducir su dependencia de un único centro. Integración regional. América Latina podría convertir su diversidad de recursos en una plataforma industrial, energética y alimentaria coordinada.
Posibles cambios de tendencia
La primera señal será la existencia —o no— de negociaciones verificables entre Estados Unidos e Irán. La reapertura efectiva de Ormuz tendrá más importancia que los anuncios políticos. La segunda será la respuesta china a las investigaciones estadounidenses sobre inteligencia artificial. Sanciones y contramedidas podrían desplazar el conflicto desde los chips hacia los modelos y el conocimiento. La tercera será la capacidad china para sostener su innovación con una menor dependencia científica y tecnológica externa. La cuarta será la producción occidental de interceptores. Sin una ampliación industrial significativa, los aliados deberán escoger qué escenarios defender prioritariamente. La quinta será el comportamiento fiscal. Si los mercados comienzan a exigir mayores primas por deuda, el gasto geopolítico podría chocar con límites financieros más duros.
Cuatro escenarios prospectivos
1. Interdependencia administrada
Estados Unidos y China continúan imponiendo restricciones, pero conservan comercio y canales diplomáticos. Irán negocia una reapertura parcial de Ormuz y las guerras permanecen contenidas. Es el escenario más probable en el corto plazo.
2. Globalización bifurcada
Se consolidan dos ecosistemas tecnológicos y financieros parcialmente separados. Los países deben elegir proveedores para chips, nubes, telecomunicaciones y sistemas de pago. La economía continúa integrada en bienes ordinarios, pero se divide en sectores estratégicos.
3. Crisis de simultaneidad
Una escalada en Medio Oriente coincide con una intensificación rusa en Ucrania y mayores tensiones alrededor de Taiwán. Estados Unidos y sus aliados enfrentan dificultades para distribuir armas, atención política y recursos financieros entre varios teatros. Es el escenario más peligroso.
4. Multipolaridad negociadora
Las potencias intermedias coordinan posiciones en energía, comercio, pagos y minerales sin formar una alianza rígida. El sistema se organiza mediante acuerdos variables y coaliciones temáticas. Sería el escenario con mayores oportunidades para el Sur Global.
Conclusión: la dependencia como medida del poder
Durante la etapa anterior, el poder se medía por lo que un país poseía. Territorio. Armas. Capital. Población. Recursos. En el orden emergente también deberá medirse por aquello de lo que puede prescindir. Cuanto más difícil resulte sustituir una tecnología, una ruta, una moneda o un proveedor, mayor será la vulnerabilidad. Estados Unidos intenta reducir su dependencia industrial de China. China procura disminuir su dependencia tecnológica de Estados Unidos. Europa busca disminuir su dependencia militar estadounidense y su exposición energética. Las potencias intermedias diversifican socios. El Sur Global intenta convertir recursos en autonomía. La paradoja es evidente. Nadie puede independizarse por completo. La economía contemporánea es demasiado compleja para la autosuficiencia. Por eso la soberanía del siglo XXI no significará producir todo dentro de las fronteras. Significará disponer de alternativas. Tener varios proveedores. Múltiples mercados. Capacidad tecnológica. Infraestructura propia. Reservas financieras. Y suficiente libertad política para cambiar de rumbo cuando una relación se transforme en amenaza. El mundo no se dirige hacia el fin de la interdependencia. Se dirige hacia una lucha por administrarla. Y allí se decidirá la nueva jerarquía internacional: entre quienes controlen sus dependencias y quienes sean controlados por ellas.
