
Introito
Nos proponemos esbozar un análisis crítico apenas estructurado, sobre cómo el capitalismo contemporáneo ha logrado neutralizar, o al menos morigerar, las demandas sociales y su correlato en el escenario político. Arropándonos en conceptos de Antonio Gramsci, trataremos de describir someramente la transición de una lucha económica unificada en el devenir histórico de la modernidad, a unafragmentación identitaria actual (reciente) que beneficia al ‘estatus quo’, lo que implica que, las revoluciones o reformas radicales del pasado, ya no aparecen con claridad en el panorama político global, ni en las prospectivas.

Nuestra pretensión, es graficar el contexto, donde las fuerzas políticas de la derecha y ultra derecha, han retornado con vigor al poder político institucional, en gran parte de noroccidente, nuestra región, y particularmente en Argentina, ya que consideramos que tal marco fue [es] condición necesaria para cristalizar ese fenómeno.
Desde la caída del muro de Berlín y la subsecuente disolución de la URRS, los movimientos sociales y políticos reivindicativos y disidentes, que unificaban a la población bajo un criterio puramente económico y de clase (hasta ese entonces), se comienzan a fragmentar perdiendo la consigna unitaria, por la emergencia de debates de grupos identitarios, a cuál más oprimidos, diluyendo así, el foco contra la clase dominante [política y económica]. Concretamente, al cambiar el eje del debate de la distribución de la riqueza a la representación de las identidades, las estructuras económicas subyacentes dejaron de ser cuestionadas. Este movimiento de reivindicación de minorías oprimidas y demanda de nuevos derechos, se conoce como Progresismo.

Tomando conceptos gramscianos, diríamos que, la guerra de maniobra, que implica el asalto frontal y directo al poder (revoluciones o huelgas generales), se torna inviable (o dificultosa su práctica) en la sociedad compleja como la actual, donde el poder está descentralizado. De allí que las expresiones disidentes a los gobiernos conservadores (de derecha) orientados por el gran capital, adoptaron la guerra de posición, o sea, la batalla cultural lenta por el “sentido común” dentro de las instituciones de la sociedad civil (universidades, medios, corporaciones).
En este campo, el progresismo [léase movimientos nacionales y populares, izquierda nacionales y populismos de centro-izquierda], logró dominar ciertos campos culturales y discursivos, pero sin construir el “bloque histórico” (la base social y organizativa) necesario para alterar las relaciones de producción. Por ello, desde la perspectiva gramsciana, diríamos que obtuvo una Hegemonía Parcial.
El Capital se acomoda
Ante ese avance de las “mayorías”, las grandes empresas adoptaron el lenguaje de la diversidad y la inclusión. Esto les otorga legitimidad social y lavado de imagen moral. Pero esta cooptación corporativa no es otra cosa que la «Absorción del Sistema». Este cambio cultural no afecta los modelos de negocio, la concentración de la riqueza, la caída de los salarios reales ni la precarización laboral, o sea es económicamente inocuo. Por eso lo consideramos como una “victoria” del sistema; el capitalismo incorporó los símbolos de la crítica antes de que esta pudiera materializar instituciones propias capaces de disputar el poder real.

A nivel micro, las corporaciones – globales o domésticas – aplican una hegemonía parcial al adoptar narrativas de «justicia social» sin alterar sus estructuras de producción, prácticas cosméticas en sus directorios, o activismo de fachada con campañas publicitarias ‘progres’. Todas estas estrategias permiten a las firmas blindar su reputación y eludir la responsabilidad sobre sus modelos de acumulación de capital, manteniendo la precariedad laboral yla explotación de recursos.
Pero, así como tuvieron un auge esas políticas corporativas de “acompañamiento” a demandas sociales populares, conocidas como de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI), con el advenimiento de gobiernos autoritarios y reaccionarios, especialmente en potencias mundiales, como el caso paradigmático de Trump (desde) su primer mandato, esos avances en un pronunciado giro histórico, sufrieron una abrupta caída. Los programas DEI fueron desmantelados masivamente por las grandes empresas. Así fue el fin de la ilusión (o la muda del disfraz para la crítica mordaz).

Todo conforme con el cambio drástico en el clima político global, las empresas con un alto pragmatismo político, desactivaron a toda velocidad aquellos avances sociales [reconocimientos, equidad, garantías y accesibilidad] demostrando que nunca fueron “valores irrenunciables”, sino estrategias de adaptación coyuntural. Cuando el lenguaje progresista dejó de ser rentable o políticamente seguro, lo desecharon sin resistencia interna.
El desmantelamiento de las políticas DEI, no dejó un vacío ideológico o de neutralidad en el «mundo de los negocios». Por el contrario, el fin del progresismo corporativo abrió las puertas a la institucionalización de un nuevo sentido común neoconservador y de derecha dentro del ámbito empresarial y estatal por impregnación de gobiernos “liberales”. Se dio un reemplazo hegemónico, no una “despolitización” de las empresas, fue una muda del ropaje discursivo para adaptarse al nuevo clima político signado por la fuerte contraofensiva conservadora, que aludimos más arriba [Trump, Milei, Bukele, etc.].

Y a nivel económico, concreto, ¿qué pasó (pasa) con la fuerza de trabajo?: la realidad se puede sintetizar con esta frase: Identidades distintas, ¡condición económica idéntica!
En efecto, los trabajadores sean migrantes, de minorías, pobres o de clase media, etc., es decir que no compartan identidad, lo que sí comparten es la situación como clase trabajadora: todos venden su fuerza de trabajo bajo condiciones que no controlan, y esa es su base común.
El capital y sus gobiernos “delegados”, utilizan opresiones específicas (amenazas de deportación, discriminación, trabajo doméstico no pago) no por ideología, sino por utilidad económica. El objetivo de estas herramientas de disciplinamiento es el mismo: obtener trabajadores más baratos, dóciles y reemplazables.
Y esa es la trampa de la «especificidad» identitaria, pues si cada grupo cree que su opresión es única e incomparable, se destruye la posibilidad de una coalición amplia; al aislar las luchas, fragmenta a la gran mayoría y le hace el trabajo a la hegemonía dominante.

Los Dueños y la Casta reaccionan siempre
Gramsci definía al proceso donde las élites absorben las demandas de los de abajo, las vacían de su contenido revolucionario o económico, y las devuelven integradas al sistema, como TRANSFORMISMO. Las corporaciones no adoptaron la agenda DEI por ética, sino por rentabilidad. Les servía para mejorar su imagen, atraer talento joven y abrir nuevos nichos de mercado (capitalismo de nicho o la diversidad como negocio).

Desde el punto de vista estrictamente político, cuando la masa trabajadora es tan variopinta, las demandas unificadas (huelga general) rara vez se dan, medida que el empresariado no puede ‘cooptar’, pero, si ocurre; se esforzarán para preservar las relaciones de producción y la ganancia empresaria, pues una mejora de salarios generalizada –por ejemplo– ya no es ‘barata’ de absorber, como otros cambios cosméticos.
A este punto llegamos, habiendo descripto como una dinámica de poder lo que podemos llamar HIPOCRESÍA ESTRUCTURAL; se adoptan y/o toleran ciertas poses por épocas (convenientes) donde el discurso cultural colisiona directamente con las relaciones de producción. Así tenemos grandes globalizadas comercializando fetiches del orgullo LGBTQ+, publicando proclamas de justicia racial o produciendo narrativas audiovisuales de empoderamiento femenino, pero al mismo tiempo, sus cadenas de suministro operan bajo condiciones de explotación laboral extrema, con historiales de precarización, o pagando menores salarios a mujeres que a sus pares hombres.

La “nueva” antigua ideología
Sabemos que, para justificar el poder, legitimar órdenes sociales o dar razones a las acciones de gobierno, se utilizan constructos ideológicos. Pues bien, los gobiernos neoconservadores de vuelta en el poder, arremetieron con el credo de moda para sus intereses, a fin de moldear la nueva era derechista, que no es otro que el probado dogma neoliberal.
Esa narrativa se estructura bajo algunos ejes que, siempre presente en sus discursos, citamos a continuación:
A)- la meritocracia pura, que se utiliza sutilmente para desmantelar la diversidad, ya que se premia a «los mejores», sin considerar su origen [supuestamente]. La calificación la daría el mercado (como si fuera un terreno de juego neutral y nivelado). Con lo que exime de responsabilidad de toda brecha que se genere, a las estructuras o instituciones. La «culpa» es siempre individual.
B)- la cultura del Rendimiento y la «Agresividad»; el nuevo discurso neoconservador opera una violenta reacción estética y cultural contra lo woke, lo progresista, en boga hasta hace muy poco. Los CEOs de alto perfil como M. Zuckerberg o Elon Musk, elogian públicamente la agresividad corporativa, la intensidad laboral extrema y la “energía masculina”, como virtudes, y desestiman valores colectivos como blandos.
Para reimplantar la hegemonía, se legitima la sobreexplotación. Bajo la bandera de la “eficiencia” y el fin de las ‘distracciones’ ideológicas, se normalizan las jornadas extenuantes, despidos masivos automatizados y la eliminación de regulaciones laborales internas.
C)- la “Anti-Discriminación Inversa”, se emplea un lenguaje retorcido para generar un nuevo sentido común, en que la idea es que se asuma que las políticas de derechos civiles de avanzada, eran una suerte de discriminación contra las “mayorías” [léase los privilegiados], dados que se debe defender la ley y la igualdad real.
D)- la (re) estigmatización de la Acción Colectiva, el neoconservadurismo gubernamental y empresarial, ve en cualquier organización interna o espacio disidente una amenaza subversiva (o lo que es peor: terrorista). De allí que se considere toda opinión sobre temas sociales o políticos, en el ámbito educativo, como adoctrinamiento y una desviación del “foco” de su misión. Otra tanto ocurre para la esfera laboral, en la que se trata de someter (y si es posible) deslegitimar toda acción sindical. Cuando las opiniones editoriales son críticas para el gobierno, se trata a sus autores como “periodistas corporativos ensobrados [corruptos]”.

Desde el discurso estigmatizante hacia las organizaciones gremiales, y la no homologación de acuerdos paritarios libres, se trata de destruir el germen de solidaridad laboral, la identidad como trabajadores, y la posibilidad de reivindicar sus condiciones materiales o salariales, y todo en función de sostener su hegemonía.
La «nueva cultura» del Trabajo.
El nuevo paradigma del “empleo” está asociado a lo que se da en llamar ECONOMÍA DE PLATAFORMAS (Uber, Rappi, Airbnb, etc.), la que es presentada bajo una narrativa de libertad, flexibilidad y tecnología. Sin embargo, bajo la superficie no encontramos una ruptura con el capitalismo tradicional, sino una versión hiper tecnologizada y sofisticada de la explotación y la alienación.
En el nuevo modelo, ocurre una mutación jurídica, pero no económica: el obrero/empleado ya no vende su jornada en la compañía, el trabajador vende su fuerza de trabajo minuto a minuto, viaje a viaje, asumiendo todos los riesgos (accidentes, robos, mantenimiento) que antes correspondían a la empresa. El resultado es la mercantilización total.

Sabemos por Gramsci que la hegemonía no se impone por la fuerza, sino logrando que el explotado acepte las reglas del explotador como la única realidad lógica e inevitable.
Como ya vimos precedentemente, el modelo económico culturalmente se asienta sobre ciertos ejes ideológicos, que, en el caso que presentamos como arquetípico, se operacionaliza generando un sentido común legitimante específico, con otros mecanismos discursivos y materiales precisos.
En efecto, el capitalismo de plataformas opera mediante intelectuales orgánicos de Silicon Valley que legitimanla precarización laboral bajo el discurso dela libertad individual y el autoempleo. Estos “evangelistas tecnológicos” utilizan el solucionismo tecnológico y la fetichización del emprendimiento para transformar la explotación en una supuesta “libertad de gestión propia”.

A juzgar por la aceptación de muchos (y resignación de otros, admitamos), podemos señalar que haber cambiado el estatus jurídico y mental del trabajador, puede ser el mayor triunfo ideológico de la economía digital. Así se admitió un ‘desplazamiento lingüístico’ en el mundo del trabajo corporativo, ya que no se habla de obreros o empleados, sino de “colaboradores”, “partners”, “freelancers” o “socios”, instalando un sentido común bajo nociones tales como el emprendedurismo, que el trabajador es una empresa unipersonal, su propio jefe, por lo que su progreso o estancamiento solo se debe a su talento o disciplina, desvinculando el efecto [realmente selectivo] del algoritmo de la plataforma de su performance; se trata de la alienación completa: ¡Se explota a sí mismo creyendo que se está “liberando”!.

Asimismo, existe hoy una creencia instalada a la que podemos enunciar como «Solucionismo Tecnológico», una teoría que postula [Evgeny Morozov] de que todo problema social complejo puede resolverse con una línea de código o una aplicación. Es decir, la falta de vivienda, el desempleo estructural o la crisis de la infraestructura en el país, ya no habría necesidad de discutirlos en términos depolíticas públicas o derechos, son “ineficiencias del mercado” que la tecnología viene a “optimizar”.

Con esta perspectiva, toda lucha política deviene obsoleta, se despolitiza la economía, los dueños de las plataformas [tecno empresarios] son visionarios; “héroes” sociales que con su tecnología mejoran la vida de la gente, por eso, sus actividadesno deben ser reguladas, pues hacerlo parecería “ir en contra del progreso” o “atrasar la innovación”.
Mientras, el trabajador, cual gamer de videojuego adicto, toma cotidianamente las órdenes de trabajo bajo los eufemismos tales como “desafíos”, “misiones del día”, “bonificaciones relámpago”, y puntuaciones de estrellas (su reputación digital). Todo ello sin capataz a la vista, solo el sistema algorítmico que le provee destinos, y que puede cambiar secretamente las reglas del juego sin buscar consentimientos. El control es invisible.

Por último, destaquemos que para que el sentido común neoliberal funcione, el individuo debe sentirse completamente aislado. A ese efecto, se ha verificado un desplazamiento material en el área laboral, puesto que las plataformas ya no usan fábricas, oficinas o comedores de empresa, espacios físicos donde los trabajadores tradicionales compartían sus problemas, se reconocían como iguales y organizaban sindicatos, los que a la postre articulaban la solidaridad obrera.
Hoy, desmantelados aquellos lugares de reunión, se instala la idea de que el otro (repartidor o conductor), ya no es un «compañero», sino un competidor por el próximo pedido o viaje. El sentido común digital atomiza al conjunto: cada trabajador está encerrado en su burbuja tecnológica, compitiendo individualmente en una subasta de mano de obra en tiempo real con el resto.
El éxito del “sentido común” de la plataforma
La genialidad hegemónica de la economía de plataformas es haber transformado esta profunda alienación y precariedad en una victoria del “sentido común”. Bajo la promesa de “sé tu propio jefe” o “maneja tus propios tiempos”, el sistema logró que el trabajador acepte voluntariamente jornadas laborales extenuantes sin derechos básicos (vacaciones, salud, jubilación).
En términos prácticos, el trabajador corre cada vez más rápido solo para mantenerse en el mismo lugar, mientras el verdadero control y la riqueza se concentran en el 1% que es dueño de las líneas de código propietario.
Para detectar el “simulacro” de lenguaje en las narrativas tecnológicas [y en ocasiones oficialistas gubernamentales] actuales —es decir, cómo las grandes empresas de Silicon Valley, políticos libertarios y la economía de plataformas usan palabras progresistas, humanistas o de libertad para camuflar la precarización y la extracción de valor—, necesitamos herramientas de análisis crítico del discurso adaptadas a la economía política. El objetivo de estas herramientas es perforar la superestructura discursiva para exponer la base material e institucional que la sostiene.

Esa caja de herramientas analíticas para identificar y desarmar este simulacro neoliberal — pero de espíritu neoconservador—, la presentaremos en la parte II (complemento), por razones de espacio del presente artículo.
Un Capitalismo “Sin Complejos”

Gramsci explicaba que el bloque dominante cambia de estrategia para asegurar su supervivencia. En la década de 2000, el capital necesitaba el transformismo progresista para pacificar las calles y limpiar su imagen tras crisis sociales masivas, producto precisamente del agotamiento de las políticas neoliberales de las décadas previas (’80 y ’90). Hoy, ante gobiernos de derecha y una fuerte reacción cultural (“anti-woke”), el capital y sus gobiernos de derecha que lo representan, descartan ese disfraz por obsoleto y adoptan un discurso de darwinismo social y eficiencia fría.

Las empresas pasaron de financiar «talleres de microagresiones» para mejorar la ‘integración’ , a aplicar nuevas formas precarias o temporales de contratación, amparándose bajo nuevas normas gubernamentales que desintegra la masa asalariada. En ambos casos, el modelo de acumulación económica sigue intacto: lo único que cambia es la ideología que el sistema utiliza para convencerte de que tu precariedad es natural y necesaria.
Epílogo provisorio
A nivel global, la fragmentación identitaria no es un destino inevitable. Existen movimientos sociales contemporáneos que han logrado romper la trampa de la “hegemonía parcial” articulando demandas de clase (condiciones materiales, salarios, vivienda) con demandas de identidad (género, etnia, estatus migratorio). Aplicando el marco de Gramsci, estos movimientos no se quedaron en el plano simbólico o el discurso corporativo, sino que intentaron construir un bloque histórico desde abajo, donde la identidad y la economía se refuerzan mutuamente.

No podemos cerrar esta primera parte, sin presentar un mensaje esperanzador para la comunidad democrática, porque afortunadamente existen experiencias que podemos llamar de Contrahegemonía Digital, es decir, capaces de romper el instalado Sentido Común de la derecha autoritaria que parece regir en gran parte de las Américas.
Ahora bien, para disputar ese sentido común del capitalismo cognitivo [fase actual del sistema económico donde el conocimiento, la información y la creatividad son la principal fuente de riqueza], no basta con criticar las pantallas. Gramsci señalaba la necesidad de una Reforma Intelectual y Moral.
En cuanto a las experiencias laborales contestatarias del ámbito digital podemos citar dos ‘fenómenos’ en expansión:

El primer caso se trata del «Cooperativismo de Plataformas», constituido por trabajadores organizados que desarrollan sus propias aplicaciones de delivery o transporte (mensajerías por un lado y taxis por otro). El código propietario y los servidores son de pertenencia colectiva, demostrando que la tecnología no requiere de un intermediario financiero en Silicon Valley o ayuda de un gobierno liberal para funcionar.

El segundo lo podemos denominar como «Sindicalismo Algorítmico»; es la respuesta de las organizaciones de trabajadores al uso de la inteligencia artificial y el control automatizado en el empleo. Exigen transparencia en las decisiones de plataformas y empresas que asignan tareas, evalúan rendimiento o fijan salarios mediante algoritmos. Esos colectivos realizan “ingeniería inversa” a las aplicaciones usando herramientas digitales. Comparten capturas de pantalla, analizan las caídas de tarifas en foros y coordinan “desconexiones masivas” (huelgas digitales). Al hacer esto, vuelven visible al capataz invisible y reconstruyen los lazos de clase que la app intentó destruir.

Continúa… (Parte II)
Agosto 2026
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