Las grandes potencias ya no se preparan únicamente para conquistar territorios. Se preparan para impedir que el adversario pueda producir, comerciar, comunicarse y abastecer a su población.
Esa transformación modifica la naturaleza del poder.
Durante el siglo XX, la fortaleza de una nación se medía principalmente por su territorio, su población, su industria pesada y sus fuerzas armadas. Todos esos factores continúan siendo importantes. Pero en el mundo contemporáneo se agrega una dimensión decisiva: la capacidad de mantener en funcionamiento los sistemas esenciales cuando una guerra, una sanción, un bloqueo o un ciberataque interrumpe las condiciones normales.
Una ciudad puede conservar sus edificios y quedar paralizada si pierde electricidad, agua, telecomunicaciones o acceso a medios de pago. Una potencia industrial puede poseer fábricas y detener su producción si no recibe chips, minerales, piezas o energía. Un país agrícola puede producir alimentos y sufrir una crisis si sus puertos son bloqueados o sus fertilizantes se encarecen.
La nueva geopolítica es, en gran medida, una guerra por la continuidad.
Medio Oriente: cuando la infraestructura civil entra en el campo de batalla
La escalada entre Estados Unidos e Irán está mostrando con especial crudeza esta nueva realidad.
El 18 de julio, Irán volvió a atacar posiciones y países vinculados con Estados Unidos en el Golfo, después de siete noches consecutivas de bombardeos estadounidenses contra instalaciones iraníes. Los ataques alcanzaron o amenazaron bases militares, pero también plantas de energía y desalinización.
El dato es estratégico. En numerosos países del Golfo, la provisión de agua depende de grandes plantas desalinizadoras conectadas con redes eléctricas vulnerables. Atacar esos sistemas equivale a ejercer presión directa sobre la población y sobre la estabilidad política de los gobiernos aliados de Washington.
La guerra deja así de ser una confrontación limitada entre aparatos militares. Penetra en la infraestructura cotidiana.
Estados Unidos intenta degradar la capacidad logística, misilística y nuclear iraní. Teherán procura demostrar que cualquier ofensiva tendrá costos regionales y que las bases, rutas e instalaciones de los aliados estadounidenses también pueden convertirse en objetivos.
Ninguna de las partes parece buscar formalmente una guerra ilimitada. Pero ambas están empleando medios que pueden producir una escalada difícil de controlar.
El peligro ya no reside solamente en un cierre total del estrecho de Ormuz. También puede surgir de una sucesión de daños parciales: aumento de los seguros marítimos, desvío de buques, interrupciones portuarias, ataques contra refinerías o problemas eléctricos en los países productores.
El petróleo subió ante la intensificación del conflicto y las nuevas amenazas sobre la navegación. El impacto se transmite rápidamente hacia el transporte, la agricultura, los fertilizantes, la industria y la inflación.
Una guerra regional puede convertirse de ese modo en un impuesto global.
Una economía sostenida por reservas y expectativas
A pesar del shock energético, la economía mundial no se ha derrumbado. Esa resistencia podría interpretarse como una señal de fortaleza. También puede ser una advertencia.
Las reservas de petróleo acumuladas por Estados Unidos, China y otros grandes consumidores, junto con el aumento de la producción americana, amortiguaron parte de la interrupción energética. Al mismo tiempo, la inversión vinculada con la inteligencia artificial sostuvo la demanda de chips, centros de datos, equipamiento eléctrico y servicios tecnológicos.
Pero ambas defensas presentan límites.
Las reservas energéticas se consumen. No pueden compensar indefinidamente una reducción prolongada de la oferta. La inversión tecnológica, por su parte, depende de que los mercados mantengan la expectativa de que la inteligencia artificial generará importantes ganancias de productividad.
Si la guerra continúa y los inventarios disminuyen, la energía puede volverse más cara. Si las empresas tecnológicas no logran justificar las enormes inversiones realizadas, puede producirse una corrección financiera.
La aparente estabilidad actual descansa, entonces, sobre dos activos que pueden agotarse: los barriles acumulados y la confianza de los inversores.
El FMI proyecta un crecimiento global del 3 % para 2026 y señala que el desempeño será muy desigual. Los países integrados en la cadena tecnológica pueden beneficiarse del auge de la inteligencia artificial. Los importadores de energía y alimentos, especialmente los de menor ingreso, enfrentarán un panorama mucho más difícil.
África subsahariana ilustra esa desigualdad. El FMI prevé una moderación de su crecimiento hasta aproximadamente el 4,3 %, pero advierte que el aumento de la energía y de los fertilizantes puede dañar especialmente a los países importadores y al sector agrícola.
La economía mundial no se dirige necesariamente hacia una crisis uniforme. Puede avanzar hacia una fragmentación de ganadores y perdedores.
Estados Unidos y China buscan una tregua sin reconciliación
Mientras Medio Oriente concentra la atención inmediata, Estados Unidos y China intentan estabilizar su relación.
El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, tiene previsto discutir en reuniones asiáticas los preparativos para una posible cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en septiembre. La agenda incluye la tregua comercial, el mar de China Meridional, Taiwán y la relación con los países del sudeste asiático.
La eventual cumbre no debe interpretarse como el inicio de una reconciliación estratégica.
Washington necesita evitar que la competencia con China se transforme en una crisis simultánea mientras enfrenta la guerra con Irán, el conflicto ucraniano y tensiones económicas internas. Beijing, por su parte, necesita proteger sus exportaciones, estabilizar sus mercados y ganar tiempo para reducir dependencias tecnológicas.
Ambos gobiernos tienen razones para negociar. Ninguno ha abandonado sus objetivos.
Estados Unidos busca conservar su liderazgo en los sectores tecnológicos avanzados, fortalecer sus alianzas en Asia y limitar la capacidad militar china. China pretende ampliar su autonomía científica, reducir la exposición a las sanciones estadounidenses y afirmar su posición en Taiwán y el mar de China Meridional.
La tregua comercial puede disminuir algunos aranceles o restricciones. Pero la competencia seguirá avanzando en los sectores considerados vitales.
La relación se parece menos a una paz que a una pausa operativa.
La inteligencia artificial se convierte en una frontera nacional
La disputa tecnológica está ingresando en una etapa nueva.
Durante los últimos años, el centro del conflicto fueron los semiconductores: quién podía fabricar los chips más avanzados, quién controlaba las máquinas necesarias y qué países podían comprarlos.
Ahora la competencia alcanza también a los propios modelos de inteligencia artificial.
China analiza restringir el acceso internacional a sus sistemas más avanzados y protegerlos mediante normas de seguridad nacional. Estados Unidos, a su vez, impuso limitaciones al acceso extranjero a determinados modelos estadounidenses por temor a su utilización militar o de inteligencia.
Este giro modifica la idea de internet como espacio global.
Los modelos avanzados pueden ser tratados como una combinación de laboratorio científico, arma estratégica, infraestructura económica y archivo de conocimiento. Los gobiernos temen que un adversario utilice esas capacidades para desarrollar armamento, realizar ciberoperaciones, analizar inteligencia o acelerar la innovación industrial.
La inteligencia artificial puede terminar organizada en ecosistemas nacionales o geopolíticos parcialmente separados.
Un país podría disponer de plataformas estadounidenses, chinas o regionales con distintas normas, fuentes de datos, sistemas de control y restricciones de acceso. La elección tecnológica adquiriría consecuencias diplomáticas similares a la compra de armamento o a la adopción de una moneda.
La fragmentación digital no significaría el final de internet. Significaría su división en espacios políticamente administrados.
China reduce su dependencia científica
La estrategia china no se limita a copiar o sustituir productos extranjeros.
Una investigación reciente que relaciona las patentes chinas con la literatura científica sostiene que la participación de la ciencia producida en China dentro de las invenciones nacionales aumentó desde aproximadamente el 1 % en 2000 hasta el 26 % en 2025. Según el estudio, la contribución científica china superó a la estadounidense dentro de las patentes del propio país a partir de 2021.
El dato sugiere que las restricciones occidentales pueden ralentizar determinados avances, pero no necesariamente detener la innovación china.
Estados Unidos conserva ventajas sustanciales en diseño de chips, universidades, capital financiero, software y empresas de frontera. Sin embargo, China está construyendo un sistema científico-industrial menos dependiente del conocimiento estadounidense.
Esto plantea un dilema para Washington.
Las sanciones pueden aumentar los costos de China a corto plazo. Al mismo tiempo, incentivan la creación de sustitutos nacionales y reducen gradualmente la capacidad de influencia estadounidense.
La política de restricción tecnológica puede ser eficaz en determinados sectores y contraproducente en otros. Si se aplica de manera demasiado amplia, puede acelerar precisamente la autonomía que busca impedir.
Taiwán: el conflicto puede comenzar antes del primer disparo
Taiwán continúa siendo el punto más sensible de la relación bilateral.
En diciembre de 2025, Estados Unidos aprobó una venta de armas a Taiwán estimada en 11.000 millones de dólares. China respondió con los ejercicios militares más extensos realizados hasta entonces alrededor de la isla, destinados a demostrar su capacidad para cortar el apoyo exterior.
Xi Jinping volvió a señalar durante 2026 que Taiwán constituye el asunto más importante en la relación con Estados Unidos y advirtió sobre el riesgo de llevar el vínculo hacia una situación peligrosa.
Pero el peligro no reside únicamente en una invasión.
China puede aumentar las inspecciones marítimas, intensificar ejercicios, interferir comunicaciones, ejercer presión económica o limitar progresivamente el espacio aéreo y naval taiwanés. Estas acciones permitirían modificar la situación sin cruzar de inmediato el umbral de una guerra abierta.
Estados Unidos se encontraría entonces ante una decisión difícil: aceptar una erosión gradual de la autonomía taiwanesa o intervenir de una forma que podría desencadenar una confrontación directa.
La coerción progresiva presenta para Beijing una ventaja: transfiere al adversario la responsabilidad de escalar.
Taiwán también es una pieza central de la industria tecnológica. Una interrupción de su producción afectaría desde la inteligencia artificial hasta los automóviles, los sistemas médicos y el armamento.
La isla constituye al mismo tiempo una posición estratégica, una democracia disputada y una fábrica indispensable.
Ucrania y la guerra contra la circulación
En Ucrania, el frente marítimo adquiere una importancia creciente.
Rusia y Ucrania intensificaron sus ataques contra embarcaciones y objetivos navales en el mar Negro y el mar de Azov. Ucrania informó que había alcanzado numerosos buques rusos, mientras Moscú aseguró haber atacado naves vinculadas con las fuerzas ucranianas.
Rusia también aumentó sus ataques contra ciudades portuarias ucranianas.
El objetivo no es solamente destruir medios militares. Es afectar la circulación de alimentos, armas, combustible y recursos financieros.
Los puertos permiten que Ucrania exporte cereales y obtenga divisas. También son esenciales para la economía rusa y para el abastecimiento de numerosos países importadores.
Cuando los ataques alcanzan rutas comerciales, la guerra se transmite a regiones muy alejadas del campo de batalla. El aumento del trigo afecta a Egipto, África subsahariana, Medio Oriente y otras zonas dependientes de las importaciones.
Ucrania muestra que el dominio de los corredores puede ser tan importante como la ocupación territorial.
Las guerras contemporáneas se libran sobre ciudades y trincheras, pero también sobre la posibilidad de que un barco salga de un puerto.
Gaza y el riesgo de una emergencia permanente
Gaza continúa sin una solución política capaz de transformar el cese parcial de las hostilidades en una paz sostenible.
Las cuestiones centrales permanecen abiertas: la retirada israelí, el futuro de Hamas, la seguridad de Israel, la administración palestina, la reconstrucción y la provisión de ayuda.
El mayor riesgo es que el territorio quede sometido a una forma de administración indefinida de la catástrofe.
En ese escenario, la violencia disminuye sin desaparecer. La ayuda humanitaria evita el colapso total, pero no reconstruye una economía. Las zonas de control se fragmentan. La población permanece desplazada y la solución política se posterga.
Una emergencia permanente puede ser menos visible que una ofensiva militar, pero produce efectos profundos: destrucción de instituciones, pérdida educativa, dependencia de la asistencia y radicalización de nuevas generaciones.
Gaza recuerda que detener una guerra no equivale a construir un orden posterior.
Las potencias intermedias y el mercado de las alianzas
La competencia entre Estados Unidos y China aumenta el valor estratégico de países que no pertenecen plenamente a ninguno de los dos campos.
India, Brasil, Arabia Saudita, Turquía, Indonesia y Sudáfrica procuran relacionarse con varias potencias al mismo tiempo. Buscan inversiones chinas, cooperación militar estadounidense, energía rusa, mercados europeos y coordinación con otros países del Sur.
Esta estrategia puede definirse como multialineamiento.
No consiste en una neutralidad pasiva. Consiste en utilizar la competencia entre las grandes potencias para ampliar el margen de negociación.
Brasil procura reforzar la cooperación Sur-Sur y participar en BRICS, el G20 e IBSA, aunque su capacidad de acción sigue condicionada por la enorme gravitación económica de China y Estados Unidos.
India intenta presentarse como articuladora del mundo en desarrollo. Sin embargo, las diferencias internas de BRICS quedaron expuestas en mayo, cuando una reunión ministerial concluyó sin una declaración conjunta y debió ser reemplazada por un documento de la presidencia india.
Ese episodio muestra los límites de la idea de un Sur Global unificado.
Los países emergentes comparten el deseo de reformar el orden internacional, pero no siempre coinciden en seguridad, comercio, energía o conflictos regionales. Algunos dependen de China. Otros temen su ascenso. Algunos mantienen alianzas militares con Estados Unidos. Otros sufren sus sanciones.
El Sur Global existe como demanda de representación y autonomía. Todavía no existe como bloque coherente.
América Latina entre el litio y los centros de datos
La región latinoamericana posee una combinación especialmente valiosa de recursos: alimentos, cobre, litio, petróleo, gas, energía renovable, agua y territorio.
Pero la oportunidad actual es diferente de los anteriores ciclos de materias primas.
Los minerales ya no se demandan únicamente para fabricar productos industriales. Son necesarios para redes eléctricas, baterías, vehículos, misiles, satélites, centros de datos y sistemas de inteligencia artificial.
El consumo energético de la economía digital abre, además, una nueva competencia por localizar centros de procesamiento en países capaces de ofrecer electricidad, estabilidad y agua.
América Latina podría convertirse en proveedora de la infraestructura material de la inteligencia artificial.
El riesgo es repetir una estructura conocida: exportar minerales y energía, mientras las patentes, plataformas, datos y beneficios permanecen en otros países.
La verdadera oportunidad consiste en vincular recursos con industrialización, investigación, procesamiento local y servicios tecnológicos.
No alcanza con extraer litio si las baterías, los sistemas de gestión y las patentes se producen en el exterior. No alcanza con ofrecer energía para un centro de datos si el país no participa en el conocimiento, el empleo calificado y la gobernanza de la información.
La nueva dependencia puede ser digital y energética al mismo tiempo.
Argentina: tres oportunidades y cuatro riesgos
Argentina cuenta con activos relevantes para esta etapa: Vaca Muerta, minerales críticos, producción alimentaria, capacidad nuclear, recursos humanos y una ubicación relativamente alejada de los principales teatros militares.
La primera oportunidad es convertirse en un proveedor energético confiable.
La segunda es participar en cadenas de minerales y tecnologías vinculadas con la transición energética.
La tercera es aprovechar sus capacidades científicas, nucleares, satelitales y agroindustriales para negociar asociaciones más complejas que la simple exportación de materias primas.
Pero existen cuatro riesgos.
El primero es la inestabilidad macroeconómica, que dificulta proyectos de largo plazo.
El segundo es la ausencia de una estrategia industrial capaz de conectar inversión extranjera, proveedores nacionales y transferencia tecnológica.
El tercero es el alineamiento diplomático automático, que puede reducir la capacidad de negociar con varios centros de poder.
El cuarto es la fragmentación federal: recursos localizados en las provincias, infraestructura nacional insuficiente y falta de coordinación entre niveles del Estado.
Argentina no necesita elegir entre Estados Unidos y China como si se tratara de una identidad cultural. Necesita determinar qué acuerdos con cada potencia amplían su capacidad energética, tecnológica y productiva.
Cuatro escenarios prospectivos
1. Tregua entre potencias, guerras periféricas
Estados Unidos y China estabilizan temporalmente su relación, pero continúan las guerras en Medio Oriente y Ucrania. La economía mundial crece lentamente, impulsada por la tecnología y frenada por la energía.
Es el escenario más probable en el corto plazo.
2. Shock energético prolongado
La guerra entre Estados Unidos e Irán continúa, las reservas disminuyen y aumentan los costos marítimos. La inflación vuelve a acelerarse, los bancos centrales mantienen tasas elevadas y los países importadores entran en dificultades.
Es el principal riesgo económico inmediato.
3. Fragmentación tecnológica
Estados Unidos y China restringen chips, modelos de inteligencia artificial, datos y acceso científico. Se consolidan ecosistemas tecnológicos diferentes y los países deben elegir plataformas, proveedores y estándares.
Es un escenario de probabilidad creciente.
4. Crisis simultáneas
Una escalada en Taiwán coincide con la guerra en Medio Oriente y una intensificación en Ucrania. Se interrumpen simultáneamente energía, semiconductores y alimentos.
Es menos probable, pero sería el escenario más destructivo.
Indicadores para anticipar el cambio de tendencia
Conviene observar seis señales.
La primera es la duración de los ataques estadounidenses contra Irán y la extensión de las represalias iraníes.
La segunda es el nivel de tránsito y de seguros marítimos en el estrecho de Ormuz.
La tercera es la velocidad con que Estados Unidos y China utilizan sus reservas petroleras.
La cuarta es el resultado de las conversaciones preparatorias para una eventual cumbre Trump-Xi.
La quinta es la ampliación de las restricciones sobre modelos de inteligencia artificial y semiconductores.
La sexta es la evolución de los ataques portuarios en el mar Negro.
Si la diplomacia reduce simultáneamente la tensión en dos o más de estos frentes, la economía podría estabilizarse. Si varios empeoran al mismo tiempo, las reservas actuales podrían dejar de ser suficientes.
Conclusión: la soberanía como capacidad de continuidad
La soberanía contemporánea ya no puede definirse solamente como control jurídico de un territorio.
Un país es soberano si puede alimentar a su población, sostener su red eléctrica, proteger sus datos, financiar su economía, producir conocimiento y mantener abiertas sus comunicaciones durante una crisis.
La energía es soberanía. Los puertos son soberanía. Los chips son soberanía. El agua, los fertilizantes y los centros de datos también lo son.
El mundo no está abandonando la globalización. Está convirtiéndola en una estructura más defensiva, regionalizada y condicionada por la seguridad.
Las potencias acumulan reservas porque ya no confían plenamente en la continuidad del sistema. Las empresas diversifican proveedores porque la eficiencia dejó de ser suficiente. Los países intermedios buscan varios socios porque ninguna alianza ofrece garantías absolutas.
La gran disputa internacional no consiste únicamente en decidir quién dirigirá el mundo.
Consiste en determinar qué sociedades podrán seguir funcionando cuando el mundo deje de funcionar normalmente.
