Durante las últimas décadas, el poder internacional se interpretó principalmente a través de grandes magnitudes: territorio, población, producto bruto, gasto militar y comercio exterior.
Todos esos factores siguen siendo importantes. Sin embargo, la transformación del orden mundial obliga a prestar atención a algo menos visible: los puntos estrechos por los que debe pasar la vida económica contemporánea.
Un estrecho marítimo puede condicionar el precio de la energía.
Una refinería puede definir la disponibilidad de combustibles.
Una fábrica de semiconductores puede detener industrias enteras.
Un cable submarino puede interrumpir comunicaciones financieras.
Un centro de datos puede concentrar información crítica.
Una planta desalinizadora puede determinar la supervivencia de una ciudad.
El poder del siglo XXI no dependerá solamente de controlar grandes espacios. Dependerá de dominar, proteger o interrumpir esos cuellos de botella.
Estados Unidos y China: dos proyectos para organizar la dependencia
Estados Unidos y China no compiten únicamente por ocupar el primer lugar de una clasificación internacional. Representan dos formas distintas de administrar la interdependencia.
Washington conserva la moneda de reserva dominante, los mercados financieros más profundos, una amplia red de alianzas militares y posiciones fundamentales en software, diseño de chips y empresas tecnológicas.
Beijing posee una escala industrial extraordinaria, un enorme mercado interno y posiciones decisivas en manufacturas, baterías, paneles solares, vehículos eléctricos, minerales procesados y componentes esenciales.
Estados Unidos busca evitar que China transforme su poder industrial en superioridad tecnológica y militar. China intenta reducir las herramientas mediante las cuales Washington podría bloquear su desarrollo.
La confrontación se expresa en controles de exportaciones, subsidios, sanciones, aranceles y restricciones sobre inversiones. Pero ninguno de los dos países puede romper completamente el vínculo sin producirse un daño considerable.
Por eso avanzan hacia una forma de desacople selectivo.
Continúa el comercio de bienes comunes, mientras los semiconductores, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, la energía y los minerales se convierten en asuntos de seguridad nacional.
No asistimos al final de la globalización.
Asistimos a su militarización.
La batalla por la inteligencia artificial entra en su etapa política
La disputa tecnológica está cambiando de naturaleza.
Durante los primeros años de esta competencia, la atención se concentró en quién podía diseñar y fabricar los chips más avanzados. Ahora se extiende hacia los modelos de inteligencia artificial, los datos, la infraestructura eléctrica y las normas que regularán su utilización.
China aprovechó la conferencia internacional celebrada en Shanghái para presentarse como defensora de una gobernanza más inclusiva y advertir sobre el riesgo de que el Sur Global quede excluido de la revolución tecnológica.
La propuesta posee una dimensión diplomática evidente.
Beijing intenta contrarrestar las restricciones estadounidenses y convertir su propio ecosistema tecnológico en una alternativa para países que no desean depender exclusivamente de empresas occidentales.
La inteligencia artificial deja así de ser un mercado unificado.
Podrían consolidarse plataformas estadounidenses, chinas y regionales, cada una con reglas diferentes sobre seguridad, acceso a datos, censura, propiedad intelectual y cooperación militar.
La pregunta ya no será únicamente qué modelo funciona mejor.
También será quién lo controla, dónde se procesan los datos y qué gobierno puede suspender su utilización.
Taiwán: el cuello de botella tecnológico
Taiwán concentra uno de los puntos más delicados de todo el sistema.
Su importancia no deriva solamente del conflicto histórico entre Beijing y Taipéi. La isla ocupa una posición central en la fabricación de semiconductores avanzados.
Una crisis militar, un bloqueo parcial o una interrupción prolongada de la producción afectaría sectores que van desde la telefonía y los automóviles hasta la medicina, la defensa y la inteligencia artificial.
Esto explica por qué una guerra abierta continúa siendo un escenario extremo, pero no elimina otras formas de coerción.
China podría recurrir a ejercicios militares prolongados, inspecciones, restricciones aéreas, presión comercial o ciberataques. Estas medidas aumentarían gradualmente el costo para Taiwán sin exigir una invasión inmediata.
La coerción progresiva presenta una ventaja estratégica: obliga a Estados Unidos a decidir en qué momento una presión parcial justifica una respuesta militar.
El riesgo consiste en que nadie sepa con precisión dónde se encuentra ese límite.
Medio Oriente: la guerra pasa del petróleo al agua
El conflicto entre Estados Unidos e Irán confirma que la infraestructura civil se ha convertido en un instrumento estratégico.
El estrecho de Ormuz continúa siendo una de las rutas energéticas más sensibles del planeta. Pero la actual escalada revela una vulnerabilidad adicional: las refinerías, los puertos, las redes eléctricas y las plantas de desalinización.
Los países del Golfo disponen de enormes recursos energéticos, pero algunas de sus principales ciudades dependen del agua desalinizada.
Una planta dañada no constituye solamente una pérdida económica. Puede desencadenar desplazamientos, racionamiento y crisis políticas en cuestión de días.
Esta dimensión transforma el cálculo militar.
Atacar una instalación civil puede generar un efecto estratégico mayor que destruir una unidad militar. También aumenta enormemente los costos humanos y la posibilidad de una represalia incontrolable.
Las partes continúan afirmando que buscan objetivos limitados. Sin embargo, cada ataque amplía el conjunto de objetivos considerados legítimos.
La guerra se vuelve más peligrosa cuando todos pretenden limitarla, pero nadie acepta ser quien deje de responder.
La crisis de las refinerías
El petróleo suele analizarse mediante el precio del barril. Pero una economía no consume petróleo crudo: consume combustibles refinados.
Si una refinería queda fuera de servicio, el crudo disponible no resuelve inmediatamente la escasez de nafta, diésel, combustible para aviación o insumos petroquímicos.
La actual guerra dañó instalaciones en Medio Oriente y se superpone con interrupciones en Rusia.
Por eso el mundo puede enfrentar una paradoja: disponibilidad relativa de petróleo y escasez de combustibles utilizables.
El impacto alcanzaría primero al transporte, pero luego se trasladaría a la agricultura, los fertilizantes, la logística y los precios de los alimentos.
Los países importadores sufrirían dos veces: por el mayor costo energético y por la necesidad de financiarlo con divisas más caras.
La verdadera amenaza no es solamente un barril caro.
Es una economía obligada a reducir su actividad porque no dispone del combustible necesario para funcionar.
Ucrania y la guerra contra los corredores
La guerra en Ucrania demuestra que ocupar territorio no es la única forma de debilitar a un adversario.
Rusia busca degradar los puertos, la energía y la infraestructura productiva ucraniana. Ucrania responde mediante drones y ataques de largo alcance contra depósitos, instalaciones industriales, buques y redes logísticas rusas.
El mar Negro se convierte en un segundo frente.
El ataque contra un buque cargado con maíz cerca de Odesa vuelve a colocar la seguridad alimentaria mundial dentro del conflicto.
Cada barco destruido produce tres efectos.
Reduce la capacidad exportadora, encarece los seguros marítimos y transmite incertidumbre a los mercados.
La guerra se desplaza de la frontera territorial hacia las rutas que conectan la producción con el mundo.
Ucrania necesita mantener abiertos sus corredores para obtener divisas. Rusia necesita asegurar sus propias exportaciones y demostrar que puede imponer costos a quienes comercien con Kiev.
Ninguna de las partes ha conseguido una victoria decisiva. Ambas pueden, sin embargo, aumentar el daño económico de la otra.
Eso favorece una guerra prolongada, tecnificada y cada vez más vinculada con la infraestructura civil.
Gaza: administrar la emergencia no es construir la paz
Gaza permanece atrapada en una situación diferente, aunque igualmente reveladora.
La intensidad de la guerra puede disminuir, pero no existe todavía un acuerdo sobre las cuestiones fundamentales: retirada israelí, desarme de Hamas, seguridad, gobierno palestino, reconstrucción y presencia internacional.
En ausencia de una solución, la emergencia corre el riesgo de institucionalizarse.
Se proyectan zonas humanitarias, fuerzas internacionales y nuevas administraciones, mientras la población continúa desplazada y las operaciones militares persisten.
Este modelo puede evitar un colapso absoluto, pero no constituye un orden político.
Una sociedad no puede reconstruirse solamente mediante alimentos, carpas y controles de seguridad.
Necesita autoridades legítimas, escuelas, hospitales, vivienda, justicia y una perspectiva de futuro.
La principal amenaza consiste en transformar la excepción en normalidad.
Gaza podría dejar de aparecer diariamente como una guerra, pero continuar durante años como un territorio fragmentado, dependiente y sin soberanía efectiva.
La economía mundial se divide entre energía y tecnología
La economía global presenta una contradicción central.
La guerra perjudica el crecimiento, eleva la inflación y endurece las condiciones financieras. Al mismo tiempo, la inversión en inteligencia artificial, chips, energía y centros de datos impulsa a determinados países y sectores.
El resultado es una economía de dos velocidades.
Los países integrados en la cadena tecnológica reciben capital e inversiones.
Los importadores de energía, alimentos y fertilizantes enfrentan deterioro comercial, inflación y presión fiscal.
Esta división también aparece dentro de cada economía.
Las empresas vinculadas con inteligencia artificial pueden multiplicar su valor, mientras hogares y pequeñas empresas pagan combustibles, alimentos y tasas de interés más elevados.
La innovación no elimina los efectos distributivos de la guerra.
Puede incluso profundizarlos.
La economía mundial podría evitar una recesión general y, al mismo tiempo, producir fuertes crisis sociales en países vulnerables.
El dólar conservará su centralidad, pero no su exclusividad
El sistema financiero internacional tampoco permanece inmóvil.
El dólar continúa siendo la principal moneda de reserva, comercio y financiamiento. No existe por ahora un sustituto que reúna la profundidad financiera, la liquidez y la confianza necesarias para reemplazarlo.
Pero las sanciones, los bloqueos de activos y el uso geopolítico de las finanzas impulsan la búsqueda de alternativas.
China promueve pagos en monedas nacionales.
BRICS discute mecanismos para reducir costos y dependencias.
Los bancos centrales diversifican parcialmente sus reservas.
No se trata de una desdolarización inmediata.
Se trata de una lenta reducción de la exclusividad estadounidense.
El sistema puede avanzar hacia una arquitectura híbrida: dólar dominante, monedas regionales, acuerdos bilaterales y plataformas de pago alternativas.
La fragmentación financiera será gradual, pero sus efectos políticos pueden ser profundos.
Las potencias intermedias y el arte de no alinearse
India, Brasil, Turquía, Arabia Saudita e Indonesia adquieren relevancia porque controlan mercados, rutas, energía, población o capacidades industriales.
Su estrategia no consiste en aislarse de la competencia entre Estados Unidos y China.
Consiste en aprovecharla.
India coopera militarmente con Washington, comercia intensamente con China y mantiene relaciones energéticas con Rusia.
Arabia Saudita continúa vinculada con Estados Unidos, pero desarrolla acuerdos con Beijing y busca autonomía diplomática.
Turquía pertenece a la OTAN, negocia con Rusia y actúa sobre varias crisis regionales.
Brasil pretende preservar su relación con China sin romper con Estados Unidos ni Europa.
Estas políticas no siempre son coherentes y pueden generar contradicciones. Pero reflejan una transformación real.
Las potencias intermedias ya no aceptan con facilidad la disciplina de un bloque.
Quieren participar en varios sistemas simultáneamente.
BRICS: plataforma política, no alianza homogénea
La ampliación de BRICS fortalece su representación demográfica, económica y energética.
También aumenta su diversidad interna.
El agrupamiento reúne democracias, monarquías, regímenes autoritarios, exportadores de energía, importadores, rivales regionales y países con relaciones muy diferentes con Estados Unidos.
Su fortaleza consiste en expresar el reclamo de una mayor participación del mundo emergente en las instituciones internacionales.
Su debilidad consiste en la dificultad para convertir esa demanda común en una política exterior unificada.
BRICS puede impulsar financiamiento, cooperación tecnológica y mecanismos de pago.
Es mucho menos probable que se transforme en una alianza estratégica comparable con la OTAN o la Unión Europea.
La presidencia india intentará enfatizar resiliencia, innovación y cooperación, precisamente porque esas áreas permiten acuerdos sin exigir uniformidad política.
El Sur Global y la nueva disputa por la autonomía
El Sur Global dispone de muchos de los recursos esenciales del nuevo orden: alimentos, energía, cobre, litio, níquel, agua, biodiversidad y espacio para infraestructura.
Sin embargo, la posesión de recursos no garantiza autonomía.
Un país puede exportar litio y depender completamente de baterías importadas.
Puede producir alimentos y carecer de fertilizantes.
Puede ofrecer energía para centros de datos y no controlar los datos procesados.
Puede disponer de minerales críticos y no participar en las decisiones tecnológicas.
La nueva dependencia no se construirá solamente mediante deuda o comercio desigual.
También puede organizarse mediante patentes, algoritmos, estándares digitales e infraestructura controlada desde el exterior.
La oportunidad del Sur Global consiste en negociar procesamiento local, transferencia tecnológica, investigación, empleo y participación en las cadenas de valor.
La amenaza es repetir el viejo modelo extractivo con productos nuevos.
América Latina: abundancia sin estrategia
América Latina reúne condiciones que pocas regiones poseen simultáneamente.
Produce alimentos, energía y minerales.
Tiene abundante agua y biodiversidad.
Está relativamente alejada de los principales escenarios militares.
Cuenta con centros científicos y capacidades industriales acumuladas.
Pero su crecimiento continúa siendo bajo y desigual.
La región carece de coordinación suficiente para negociar sus recursos como parte de una estrategia común.
Cada país compite por atraer inversiones, ofrece condiciones fiscales y negocia individualmente con potencias que poseen una visión global.
Esa asimetría reduce su poder.
China busca asegurar suministros y corredores logísticos.
Estados Unidos procura limitar la expansión tecnológica y estratégica china en el hemisferio.
Europa necesita minerales y energía para su transición.
América Latina corre el riesgo de ser el territorio donde otros resuelvan sus necesidades.
Argentina: de proveedor a socio estratégico
Argentina posee una combinación singular: energía, alimentos, minerales, capacidad nuclear, ciencia, industria y territorio.
Puede beneficiarse del aumento de la demanda energética y alimentaria.
Puede desarrollar cobre y litio.
Puede ofrecer conocimiento nuclear, satelital, biotecnológico y agroindustrial.
Pero esas posibilidades no se convertirán automáticamente en desarrollo.
La inestabilidad macroeconómica, la falta de infraestructura y los cambios frecuentes de orientación política reducen la capacidad para negociar acuerdos de largo plazo.
La cuestión central no consiste en elegir entre Estados Unidos y China.
Consiste en evitar que cualquier vínculo reproduzca una posición periférica.
Un acuerdo estratégico debería incluir proveedores nacionales, infraestructura, capacitación, investigación, procesamiento y exportaciones de mayor valor.
La autonomía no significa rechazar inversiones extranjeras.
Significa utilizarlas para construir capacidades propias.
Cinco escenarios para el próximo ciclo
1. Competencia contenida
Estados Unidos y China preservan la tregua comercial, mantienen el diálogo y evitan una crisis directa por Taiwán. Las guerras regionales continúan, pero no se conectan entre sí.
Es el escenario más probable y permite un crecimiento mundial lento.
2. Estanflación energética
La guerra con Irán continúa, las refinerías no recuperan capacidad y los combustibles permanecen caros. El crecimiento se debilita, mientras la inflación obliga a sostener tasas elevadas.
Es el principal riesgo inmediato.
3. Fragmentación tecnológica
Estados Unidos y China consolidan ecosistemas separados de inteligencia artificial, chips, datos y telecomunicaciones. Los países intermedios deben elegir proveedores o construir costosas arquitecturas híbridas.
Es una tendencia de probabilidad creciente.
4. Crisis de corredores
La violencia afecta simultáneamente Ormuz, el mar Negro, el mar Rojo y otras rutas comerciales. Aumentan seguros, fletes, energía y alimentos.
Sería especialmente perjudicial para las economías importadoras.
5. Nuevo equilibrio negociado
Las grandes potencias reconocen que ninguna puede controlar todos los cuellos de botella y acuerdan reglas mínimas sobre comercio, tecnología, navegación y seguridad.
Es el escenario más conveniente, pero todavía el menos maduro políticamente.
Las señales que anticiparán el cambio
Conviene observar siete indicadores.
El tránsito efectivo por el estrecho de Ormuz.
La recuperación de las refinerías dañadas.
El precio de los combustibles procesados, no solamente del petróleo.
La intensidad de los ataques en el mar Negro.
La evolución de las restricciones sobre inteligencia artificial y semiconductores.
La capacidad de BRICS para convertir declaraciones en mecanismos financieros concretos.
Y la respuesta de América Latina: si continúa compitiendo por inversiones aisladas o comienza a negociar cadenas regionales de valor.
Conclusión: el poder de mantener abierto el paso
El orden internacional que emerge no estará organizado únicamente por grandes potencias.
También estará estructurado por los pasos que nadie puede evitar.
Los barcos deben atravesar estrechos.
La industria necesita chips.
La inteligencia artificial necesita electricidad.
Las ciudades necesitan agua.
Los países necesitan sistemas de pago.
Las sociedades necesitan alimentos y combustible.
Quien controle esos puntos podrá ejercer poder sin ocupar territorios enteros.
Quien dependa de ellos sin alternativas será vulnerable aun cuando conserve formalmente su soberanía.
La transformación del orden mundial consiste, en última instancia, en una disputa por mantener abiertas las rutas que sostienen la vida contemporánea.
El siglo XXI no será decidido solamente por quien posea más recursos.
Será decidido por quienes puedan hacerlos circular, protegerlos y convertirlos en capacidades duraderas.
