Estados Unidos y China compiten sin poder separarse, las guerras devuelven protagonismo a la industria y la geografía, y las potencias intermedias buscan espacios de autonomía. Desde una Suramérica bioceánica, rica en recursos pero todavía débil en capacidad de decisión, la pregunta relevante no es quién dominará el nuevo orden, sino qué margen tendremos para decidir nuestro lugar dentro de él.
Estamos atravesando un tiempo en el cual los mapas parecen quedar obsoletos y hay que redefinirlos. Hablamos de Occidente y Oriente, del Norte y del Sur, de países desarrollados y emergentes, incluso de una nueva Guerra Fría entre Estados Unidos y China. Son categorías útiles, por supuesto, pero cada vez explican menos un mundo en el que dos potencias pueden enfrentarse por los semiconductores mientras sus empresas continúan comerciando; un país puede integrar una alianza estratégica con Washington y comprar petróleo ruso; y una economía puede intentar reducir su dependencia de China mientras sus industrias siguen necesitando elementos fabricados allí.
Por eso resulta más interesante pensar que el mundo no se está dividiendo simplemente en bloques. Se está superponiendo. Conviven rivalidades militares con interdependencias económicas, alianzas políticas con desacuerdos comerciales, cooperación tecnológica con restricciones de seguridad. No parece estar naciendo todavía un orden internacional coherente que pueda reemplazar al anterior. Lo que vemos es una transición mucho más incómoda: varios órdenes parciales funcionando al mismo tiempo y Estados que intentan moverse entre ellos pretendiendo no quedar atrapados.
Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar y financiera, conserva una extraordinaria capacidad tecnológica y dispone de una red de alianzas que China todavía no posee. China, mientras tanto, ha construido una densidad industrial difícil de sustituir y ocupa posiciones centrales en cadenas productivas que van desde las baterías hasta los minerales procesados, pasando por paneles solares, vehículos eléctricos y numerosos componentes industriales. Europa mantiene enorme peso económico y regulatorio, aunque descubre las dificultades de transformar esa fortaleza en autonomía estratégica. Rusia conserva una capacidad militar y nuclear muy superior a su peso económico. India crece intentando no quedar subordinada a ninguno de los grandes polos. Brasil, Turquía, Arabia Saudita e Indonesia ensayan, cada uno a su manera, estrategias destinadas a ampliar su margen de maniobra. No estamos, entonces, frente a un tablero con dos jugadores y una multitud de espectadores. Y ésa es probablemente la primera idea que conviene abandonar.
Una competencia por las dependencias
La rivalidad entre Washington y Beijing continúa siendo el eje principal de esta transformación, pero también allí necesitamos afinar la mirada. No se trata simplemente de una lucha para vender más productos, acumular más aranceles o alcanzar un determinado volumen de PBI. La cuestión que empieza a preocupar verdaderamente a las dos potencias es bastante más profunda: de qué depende cada una para continuar funcionando si algún día la relación con la otra entra en una crisis mucho más grave.
Esa pregunta explica buena parte de las políticas que hace algunos años parecían excepcionales y hoy se están volviendo habituales. Washington restringe determinadas exportaciones tecnológicas, subsidia la fabricación de semiconductores, busca proveedores alternativos de minerales críticos y revisa la presencia de componentes chinos en infraestructuras consideradas sensibles. Beijing responde acelerando su autonomía tecnológica, fortaleciendo proveedores nacionales, controlando determinadas exportaciones estratégicas y utilizando su enorme mercado interno para consolidar industrias propias.
Lo interesante es que ninguno de los dos puede llevar esa estrategia hasta sus últimas consecuencias sin pagarlo caro. Estados Unidos y China continúan profundamente conectados. Las empresas norteamericanas necesitan fábricas y proveedores asiáticos; las compañías chinas todavía dependen de tecnologías, mercados y capitales occidentales. La ruptura completa que caracterizó a otros enfrentamientos históricos sería extraordinariamente costosa para ambos. Ahí aparece una de las paradojas de nuestro tiempo. Las dos grandes potencias se preparan para depender menos una de otra mientras continúan necesitándose. Y esa tensión probablemente nos acompañe durante bastante tiempo.
La disputa tecnológica ofrece un ejemplo particularmente interesante. Las restricciones estadounidenses dificultan el acceso chino a determinadas tecnologías de frontera, pero al mismo tiempo están señalando con enorme precisión cuáles son las vulnerabilidades que Beijing necesita resolver. China responde invirtiendo allí donde descubre una dependencia. En cierta forma, cada potencia está ayudando a la otra a confeccionar el mapa de sus propias debilidades. No deja de ser una ironía histórica: intentando contener al adversario, también se le enseña dónde debe hacerse más fuerte.
La inteligencia artificial vuelve a tocar la tierra
Hemos hablado de la economía digital como si estuviéramos ingresando en un mundo progresivamente inmaterial. Los conceptos parecían confirmarlo: nube, algoritmos, inteligencia artificial, economía del conocimiento. Todo apuntaba a que el poder futuro se alejaría lentamente de la geografía. Ocurre casi lo contrario.
Detrás de un modelo de inteligencia artificial hay centros de datos; detrás de esos centros hay semiconductores, sistemas de refrigeración y redes eléctricas; detrás de esas redes hay cobre, gas, uranio, agua, viento, sol y enormes inversiones de infraestructura. La revolución más sofisticada de nuestro tiempo termina necesitando algunas de las cosas más antiguas: territorio, minerales y energía.
La Agencia Internacional de Energía calcula que el consumo eléctrico mundial de los centros de datos podría acercarse a los 945 TWh hacia 2030, aproximadamente el doble del nivel de mediados de esta década. Es un dato que merece ser leído con calma, porque introduce una dimensión que suele quedar escondida detrás del entusiasmo tecnológico: la carrera por la inteligencia artificial será también una carrera energética.
Eso modifica bastante el mapa. El país que tenga buenos algoritmos pero no pueda garantizar energía suficiente encontrará un límite. El que disponga de minerales pero no domine ninguna etapa de su transformación industrial correrá otro riesgo. Y las regiones capaces de combinar recursos naturales, energía, conocimiento e infraestructura adquirirán una relevancia que hace pocos años no parecía tan evidente. Para Suramérica esta cuestión no debería ser secundaria. Es, probablemente, una de las grandes discusiones estratégicas que tendremos por delante.
Las guerras nos recuerdan aquello que habíamos olvidado
Ucrania dejó otra enseñanza incómoda. Durante décadas, buena parte de Occidente construyó economías extraordinariamente eficientes pero con escasa redundancia industrial. Fabricar donde resultara más barato parecía razonable mientras nadie imaginara seriamente una guerra prolongada. Cuando la guerra regresó a Europa, apareció una pregunta que parecía pertenecer al siglo pasado: ¿cuánto tiempo puede sostener un país un conflicto si no produce suficientes municiones, misiles o sistemas de defensa?
Rusia mantiene aproximadamente una quinta parte del territorio ucraniano y la salida política continúa distante. Pero más allá de cuál termine siendo la frontera cuando finalmente llegue algún acuerdo, el conflicto ya produjo consecuencias duraderas. Europa aumentó su gasto militar, la industria de defensa recuperó centralidad, Rusia profundizó sus relaciones económicas con actores no occidentales y Ucrania quedó mucho más integrada a la arquitectura estratégica europea.
Medio Oriente nos recuerda otra dimensión del mismo problema. Allí no es solamente la industria la que vuelve a importar; también regresa la geografía. El estrecho de Ormuz demuestra que una franja relativamente pequeña de agua puede afectar el precio de la energía, los seguros marítimos, los costos de transporte y, finalmente, la inflación de países situados a miles de kilómetros.
Hay algo casi fascinante en esa contradicción. Podemos desarrollar sistemas de inteligencia artificial capaces de realizar tareas que hace pocos años parecían ciencia ficción y, sin embargo, una parte importante de la economía mundial sigue dependiendo de que un petrolero pueda atravesar tranquilamente un estrecho. La tecnología no abolió la geografía. La cubrió con nuevas capas.
A los antiguos puertos y rutas marítimas ahora se suman cables submarinos, satélites, centros de datos y redes digitales. Pero debajo sigue estando el territorio.
El Estado vuelve por la puerta que supuestamente había cerrado
También está cambiando algo en la relación entre política y economía. Era común discutir cuánto debía retirarse el Estado para dejar funcionar al mercado. Hoy las principales potencias parecen estar discutiendo exactamente lo contrario: qué sectores no pueden dejarse exclusivamente en manos del mercado.
Estados Unidos subsidia industrias estratégicas y protege determinadas tecnologías. China nunca abandonó una política industrial activa. Europa desarrolla instrumentos para preservar sectores considerados esenciales. India impulsa manufacturas nacionales. Arabia Saudita utiliza su enorme capacidad financiera para intentar transformar una economía dependiente del petróleo en una plataforma tecnológica, logística e industrial.
Las palabras también cambiaron. Ya no se habla únicamente de eficiencia y competitividad. Ahora aparecen resiliencia, seguridad económica, autonomía estratégica, redundancia, cadenas confiables y soberanía tecnológica. No significa que el mercado esté desapareciendo. Significa que vuelve a quedar contenido dentro de una lógica política.
Desde nuestro lugar, esta transformación debería producirnos al menos cierta reflexión. Durante décadas se explicó a buena parte del mundo periférico que la política industrial pertenecía al pasado. Ahora descubrimos que quienes más insistían en aquella idea vuelven a practicarla cuando consideran que sus intereses estratégicos están comprometidos. La historia, a veces, tiene estas pequeñas ironías.
Una economía empujada por la tecnología y frenada por la guerra
La economía mundial refleja bastante bien esta transición. El Fondo Monetario Internacional proyecta un crecimiento global del 3% para 2026 y del 3,4% para 2027. No estamos ante un boom, pero tampoco ante una economía mundial paralizada.
Lo interesante está detrás del promedio. La enorme inversión asociada con inteligencia artificial, centros de datos, redes eléctricas y semiconductores está creando nuevos focos de expansión. Al mismo tiempo, las guerras elevan los costos de energía, transporte, defensa y seguros, mientras los Estados acumulan deudas mayores y destinan crecientes recursos a seguridad.
Tecnología y geopolítica empiezan así a empujar la economía en direcciones diferentes. Una acelera mientras la otra introduce fricciones. Eso puede producir una situación bastante peculiar durante los próximos años: crecimiento económico sin sensación de estabilidad. Podemos encontrarnos con economías razonablemente dinámicas y sociedades que, sin embargo, perciban el mundo como un lugar cada vez más inseguro. Quizá sea uno de los rasgos menos intuitivos de la época que comienza.
Algo parecido ocurre con las finanzas. Se habla con frecuencia de una inminente caída del dólar, pero esa afirmación suele confundir deseo con realidad. La moneda estadounidense conserva ventajas difíciles de reproducir: mercados profundos, liquidez, instituciones financieras desarrolladas y una red de utilización construida durante décadas.
Lo que sí empieza a ocurrir es algo más sutil. Muchos países buscan reducir la vulnerabilidad que supone depender completamente de una única infraestructura financiera. Aparecen pagos en monedas nacionales, swaps bilaterales, mayores reservas de oro, sistemas digitales propios y bancos multilaterales alternativos. No necesariamente significa abandonar el dólar sino tener otra herramientas alternativas.
Y esa idea conecta las finanzas con todo lo anterior. Estados Unidos busca otra fuente de minerales. China busca otra tecnología. Europa busca otra fuente de energía. Los países emergentes buscan otra vía de pagos. Todos están haciendo, de distintas maneras, lo mismo: construyendo opciones para el día en que una dependencia deje de ser cómoda y se transforme en vulnerabilidad.
Las potencias intermedias descubrieron el valor de no elegir
Tal vez India sea el país que mejor entendió esta lógica. Mantiene cooperación estratégica con Estados Unidos, participa del BRICS, compra energía rusa, compite con China, negocia con Europa y desarrolla simultáneamente su propia industria. No parece sentir ninguna obligación de transformar cada vínculo económico en una declaración de identidad política. Eso no es neutralidad. Es búsqueda de autonomía.
Turquía practica una versión diferente. Arabia Saudita también. Indonesia procura hacerlo desde el Sudeste Asiático y Brasil intenta mantener espacios de diálogo simultáneo con China, Estados Unidos, Europa y el Sur Global. Estos países no tienen los mismos intereses y tampoco comparten necesariamente una visión del orden mundial. Precisamente por eso conviene no imaginar al Sur Global como un bloque homogéneo. India y China tienen disputas territoriales; Arabia Saudita e Irán compiten por influencia; Brasil posee prioridades diferentes a las de Rusia. Lo que comparten es algo bastante más modesto y quizá más importante: la voluntad de aumentar su margen de negociación frente a instituciones y estructuras de poder construidas cuando la distribución de la riqueza mundial era muy diferente.
El Sur Global puede terminar siendo menos una alianza que un espacio donde los países intentan ampliar sus opciones. Y en un mundo de dependencias cruzadas, tener variantes es una forma de poder.
Suramérica
Ahora observemos lo expresado desde nosotros. No queremos saber solamente quién ganará la competencia entre Estados Unidos y China. Queremos comprender qué significa esa competencia para la Argentina y para una Suramérica que mira simultáneamente hacia el Atlántico y hacia el Pacífico, que se proyecta hacia la Antártida y que posee una concentración extraordinaria de alimentos, energía, minerales, agua y biodiversidad.
Esta condición bioceánica suele aparecer en los mapas pero no siempre en nuestro pensamiento estratégico. Brasil apuntó prioritariamente hacia el Atlántico; Chile y Perú construyeron una relación mucho más directa con el Pacífico; Argentina organizó gran parte de su infraestructura alrededor de Buenos Aires y de sus puertos atlánticos. La Cordillera fue muchas veces pensada como frontera antes que como posibilidad de conexión. El desplazamiento progresivo del centro económico mundial hacia Asia obliga a revisar esa mirada.
El Canal de Panamá vuelve a adquirir importancia precisamente porque conecta ambos espacios. Las tensiones alrededor de inversiones, puertos e infraestructura vinculadas al canal muestran que Estados Unidos observa con particular sensibilidad el crecimiento de la presencia china en una zona que históricamente consideró estratégica. China, por su parte, necesita mejorar las conexiones entre las materias primas y mercados suramericanos y sus propias cadenas productivas. Pero Panamá no es el único punto que debemos mirar.
El puerto peruano de Chancay, los proyectos de corredores bioceánicos, la Hidrovía Paraguay-Paraná o Vía Navegable Troncal (VNT) , los pasos andinos y las conexiones entre el interior productivo brasileño y los puertos del Pacífico forman parte de una geografía que puede adquirir creciente importancia. Un corredor no es simplemente una carretera o un ferrocarril. Con él llegan financiación, operadores, sistemas logísticos, puertos, tecnología, contratos y decisiones sobre hacia dónde circula la producción. La infraestructura crea oportunidades, pero también dependencias. Ahí aparece lo que venimos llamando soberanía logística: no alcanza con poseer un recurso; también importa quién controla los caminos por los que ese recurso llega al mundo.
Sería demasiado sencillo describir todo esto como una pelea entre Estados Unidos y China por quedarse con nuestros recursos. Existe esa competencia, naturalmente. Washington mantiene una larga tradición de considerar el hemisferio occidental como un espacio particularmente sensible para su seguridad. Beijing necesita alimentos, energía, minerales, mercados e infraestructura. Europa busca asegurar materias primas para su transición energética y otras potencias comenzarán probablemente a incrementar su presencia. Nada de eso debería sorprendernos. Las grandes potencias tienen intereses. Siempre los tuvieron.
Nuestra cuestión empieza en otro lugar. Suramérica no está solamente atravesada por una disputa externa. También está atravesada por una discusión interna sobre qué hacer con aquello que posee. Hay sectores políticos y económicos que consideran que la mejor estrategia consiste en integrarse profundamente a los flujos globales de inversión, explotar las ventajas comparativas y ofrecer condiciones atractivas al capital internacional. Desde esa perspectiva, intentar condicionar excesivamente esas inversiones puede significar perder oportunidades frente a otras regiones. Otros advierten que ese camino puede reproducir una estructura demasiado conocida: recursos extraídos aquí, tecnología producida afuera, centros de decisión localizados lejos del territorio y una economía que continúa dependiendo de ciclos internacionales que no controla.
No es necesario caricaturizar ninguna de las dos posiciones para reconocer que allí existe una disputa profunda. En realidad, discutimos dos maneras de imaginar nuestro lugar en el mundo. Y esa discusión probablemente sea más importante para nuestro futuro que la simpatía circunstancial que podamos sentir por Washington o Beijing.
El riesgo de cambiar el producto y conservar el mismo lugar
La historia suramericana está llena de recursos que parecían destinados a transformar definitivamente nuestras economías. Carne, trigo, estaño, cobre, petróleo, soja. Ahora hablamos de litio, gas, cobre nuevamente, tierras raras y energías renovables. Conviene conservar cierta prudencia. El recurso extraordinario no garantiza un desarrollo extraordinario. La pregunta relevante nunca es solamente cuánto podemos extraer. Es qué capacidades construimos alrededor de aquello que extraemos. Si dentro de veinte años exportamos diez veces más litio pero importamos las baterías, la tecnología, los sistemas de gestión y buena parte del equipamiento necesario para producirlas, habremos modificado nuestra canasta exportadora sin alterar demasiado nuestra posición estructural. Ese riesgo merece un nombre.
Podríamos hablar de neoextractivismo tecnológico: convertirnos en proveedores de los materiales y la energía necesarios para la revolución tecnológica de otros sin participar suficientemente del conocimiento, la industria y el poder económico que esa revolución genera. Pero tampoco debemos mirar esta situación solamente como una amenaza. La competencia entre las grandes potencias abre una oportunidad que no existía con la misma intensidad algunas décadas atrás. Estados Unidos necesita diversificar proveedores. China necesita asegurar suministros. Europa busca autonomía mineral. India demandará cantidades crecientes de energía y alimentos. Los mercados asiáticos continuarán expandiéndose.
Suramérica no tiene un único comprador posible. Tiene varios. Y cuando varios actores necesitan aquello que uno posee aparece una posibilidad que la historia no siempre ofrece: negociar mejores condiciones. El problema es que para negociar hay que saber qué se quiere obtener.
Aquí llegamos a una idea que atraviesa toda nuestra mirada. estamos acomstumbrados a asociar soberanía casi exclusivamente con territorio, fronteras y símbolos nacionales. Todo eso continúa siendo fundamental, pero el siglo XXI está agregando otras dimensiones. Un país puede conservar intactas sus fronteras y depender completamente de otros para financiarse, comunicarse, procesar sus datos, obtener tecnología o transportar su producción. Formalmente seguirá siendo soberano. Su capacidad real de decisión, sin embargo, puede ser mucho menor.
Por eso resulta útil hablar de soberanía decisional.
No significa autarquía ni aislamiento. Ningún país moderno puede producir todo aquello que necesita. Significa disponer de suficientes alternativas, capacidades y recursos propios como para que una dependencia externa no determine automáticamente las decisiones fundamentales. Es, en el fondo, la misma estrategia que están practicando las grandes potencias. Estados Unidos quiere depender menos de minerales chinos. China quiere depender menos de semiconductores occidentales. Europa quiere depender menos de fuentes energéticas vulnerables. India intenta evitar una dependencia excesiva de cualquiera de los grandes polos. Todos buscan soberanía decisional. La pregunta es por qué nosotros deberíamos conformarnos con menos.
Los mundos que pueden aparecer
No sabemos cómo terminará esta transición y sería poco serio fingir lo contrario. Pero podemos imaginar algunos caminos. Puede consolidarse una fragmentación administrada, donde Estados Unidos y China continúen compitiendo intensamente sin romper completamente sus vínculos. Habría restricciones tecnológicas, políticas industriales y disputas comerciales, pero también intercambios económicos importantes. Para Suramérica sería probablemente el escenario que ofrecería mayor margen de negociación.
También podría acelerarse una bipolarización tecnológica. Una crisis alrededor de Taiwán o una escalada mayor podría obligar a los países a elegir estándares, proveedores, sistemas financieros y plataformas tecnológicas incompatibles. Allí nuestra autonomía disminuiría y las propias economías suramericanas podrían quedar sometidas a presiones contradictorias.
Existe además la posibilidad de una policrisis prolongada: Ucrania sin solución, Medio Oriente inestable, nuevas tensiones en Asia, fenómenos climáticos afectando corredores comerciales y sucesivos shocks financieros o energéticos. No necesariamente una guerra mundial, sino una acumulación de crisis que vuelva extraordinariamente difícil planificar.
Pero también puede emerger una multipolaridad negociada, donde Estados Unidos y China continúen siendo los actores principales sin lograr dividir completamente al planeta. India, Europa, Brasil, Turquía, Arabia Saudita, Indonesia y otros países conservarían suficiente autonomía para impedir una alineación rígida. Tengo la impresión de que buena parte de la política internacional de la próxima década consistirá precisamente en esa lucha: las grandes potencias intentando ordenar el mundo alrededor de sus prioridades y las potencias intermedias intentando evitar que ese orden cierre demasiado sus opciones.
La Argentina
Antes de decidir necesitamos saber qué queremos construir. Argentina posee energía, alimentos, litio, cobre, capacidades nucleares y satelitales, biotecnología, una enorme plataforma marítima, acceso al Atlántico y posibilidades de conexión física con los puertos del Pacífico. Forma parte, además, de una Suramérica que concentra algunos de los recursos que serán estratégicos durante buena parte del siglo XXI. Pero ninguna de esas ventajas se convierte automáticamente en poder.
Para que eso ocurra debemos conectar energía con industria, minerales con tecnología, universidades con empresas, Atlántico con Pacífico, infraestructura con producción y política exterior con una idea de desarrollo que pueda sostenerse más allá de un gobierno. Tal vez ésa sea nuestra dificultad más profunda. No carecemos de recursos. Nos cuesta convertirlos en continuidad. Y mientras nosotros discutimos una y otra vez cuál debería ser nuestro rumbo, los demás construyen estrategias para acceder a aquello que tenemos. No es necesariamente una conspiración. Es simplemente geopolítica.
Siempre consideramos la periferia como distancia respecto del centro. Pero el siglo XXI introduce una paradoja interesante. Muchos de los recursos necesarios para sostener las nuevas tecnologías, alimentar poblaciones, producir energía y enfrentar el cambio climático se encuentran precisamente en regiones que históricamente fueron consideradas periféricas. Eso puede otorgarnos lo que hemos denominado centralidad periférica.
Suramérica puede adquirir una importancia estratégica creciente sin dejar automáticamente de ocupar una posición subordinada en las cadenas de valor mundiales. La diferencia entre ambas posibilidades dependerá de nosotros. El mundo probablemente vendrá a buscar aquello que tenemos. China lo hará. Estados Unidos también. Europa, India y otros actores seguirán el mismo camino. Pretender que las potencias renuncien a sus intereses sería ingenuo. Nuestra tarea es bastante más difícil. Debemos definir los nuestros.
No necesitamos enamorarnos de Washington ni fascinarnos con Beijing. Tampoco aislarnos de ninguno. Necesitamos aprender a relacionarnos con todos desde un proyecto propio. Quizá ésa sea la verdadera transformación que deberíamos buscar. Porque las potencias ya saben qué quieren. Estados Unidos procura conservar su capacidad de decisión; China quiere ampliarla; India intenta construirla; Europa busca recuperarla y las potencias intermedias aprenden a negociarla.
Suramérica todavía discute qué hacer con la suya. Y allí, mucho más que en cualquier cumbre internacional, se juega nuestra verdadera cuestión geopolítica. Estamos situados entre el Atlántico y el Pacífico, proyectados hacia la Antártida, atravesados por corredores que pueden adquirir una importancia creciente y asentados sobre recursos que el nuevo mundo necesita. Es una posición extraordinaria, pero la geografía nunca escribe por sí sola la historia. La oportunidad existe. Lo que todavía falta saber es si seremos capaces de convertir aquello que el mundo viene a buscar en algo que durante demasiado tiempo nos resultó mucho más difícil construir: capacidad propia para decidir qué queremos ser.
