Durante demasiado tiempo interpretamos el orden internacional con mapas, conceptos y prioridades construidos en otros centros de poder. La transformación que atraviesa el planeta nos obliga a comprender qué está cambiando, pero también a formular una pregunta más cercana: qué significa ese cambio para la Argentina y Suramérica.
Hay una escena que se repite con frecuencia en nuestros paises. Ocurre en las universidades, en las redacciones periodísticas, en las oficinas públicas y también, por qué no, alrededor de una mesa familiar. Alguien menciona una decisión tomada en Washington, Beijing, Bruselas o Moscú y, casi sin advertirlo, se comienza a discutir qué harán ellos y cómo terminarán afectándonos sus movimientos. Es un reflejo aprendido.
Nos hemos acostumbrados a mirar el mundo como quien observa un tablero en el que las piezas principales siempre pertenecen a otros. Ellos toman la iniciativa; nosotros calculamos las consecuencias. Ellos fijan las reglas; nosotros buscamos la forma de adaptarnos. Con el paso del tiempo, esa manera de pensar adquirió la apariencia de una verdad natural. No creo que deba seguir siendo así.
La Argentina no está a punto de convertirse en una gran potencia, ni Suramérica ocupará repentinamente el centro del sistema internacional. Imaginarlo sería reemplazar una dependencia intelectual por una fantasía. Lo que sí está cambiando es el escenario en el que se distribuye el poder. Y cuando el escenario se modifica, también pueden cambiar las posibilidades de quienes parecían destinados a ocupar posiciones secundarias. Conviene mirar este proceso un poco mas detenidamente.
Durante buena parte de las últimas décadas nos acostumbramos a pensar la globalización como un camino de una sola dirección. Las mercancías atravesaban los océanos, los capitales buscaban las condiciones más favorables y las empresas repartían su producción entre varios continentes. Una pieza podía ser diseñada en California, fabricada en Taiwán, ensamblada en China y vendida en Europa. El sistema era complejo, pero parecía funcionar con una lógica bastante sencilla: producir mejor, más rápido y al menor costo posible.
Aquella etapa no fue una ilusión completa. Generó crecimiento, difundió tecnologías y conectó economías que hasta entonces mantenían relaciones mucho más limitadas. El error consistió en suponer que esa integración eliminaría la política o volvería definitivamente irracionales los conflictos entre las grandes potencias. La historia avanzó por otro camino.
La crisis financiera de 2008 dañó la confianza en la capacidad de los mercados para autorregularse. La pandemia mostró que una cadena productiva muy eficiente podía resultar extraordinariamente frágil cuando faltaba un insumo o se cerraba una frontera. La guerra en Ucrania devolvió la confrontación militar al corazón de Europa y convirtió nuevamente a la energía, los alimentos y la industria de defensa en asuntos estratégicos. Al mismo tiempo, la disputa entre Estados Unidos y China transformó a los semiconductores, las telecomunicaciones y la inteligencia artificial en problemas de seguridad nacional.
Soliamos tratar a cada uno de esos episodios como una crisis separada. Hoy cuesta seguir haciéndolo. Empiezan a desplegrase como capítulos de una misma transformación. La economía no desapareció bajo el peso de la política. Ocurrió algo más profundo e interesante: ambas volvieron a caminar juntas.
Hasta aqui, una empresa elegía un proveedor porque ofrecía un mejor precio o una mayor calidad. Hoy también necesita preguntarse si ese proveedor estará disponible durante una guerra, si su gobierno puede imponer una restricción de exportaciones o si una disputa diplomática dejará al producto atrapado en un puerto. El costo continúa importando, por supuesto. Pero ya no es el único criterio.
Hay algo casi irónico en esta situación. La globalización sigue en pie, pero sus protagonistas confían cada vez menos unos en otros. Los barcos continúan navegando. Las empresas siguen comerciando. Estados Unidos y China mantienen una relación económica que ninguna de las dos partes podría romper sin sufrir daños considerables. Sin embargo, los gobiernos acumulan reservas, subsidian industrias, diversifican proveedores y protegen tecnologías como si se prepararan para una interrupción futura. No es el final de la globalización. Es el final de su inocencia.
Un mundo que se prepara para el próximo sobresalto
La rivalidad entre Estados Unidos y China expresa mejor que ningún otro fenómeno esta nueva lógica. Suele presentarse como una guerra comercial o como una competencia por la supremacía tecnológica. Es ambas cosas, pero también algo más profundo.
Washington intenta conservar su liderazgo en finanzas, innovación, software, diseño de semiconductores y alianzas militares. Beijing busca transformar su enorme capacidad industrial en autonomía tecnológica, influencia normativa y poder estratégico. Ninguna de las dos potencias parece creer que pueda eliminar a la otra. Lo que intentan es llegar mejor preparadas al próximo momento de tensión. Ese matiz cambia bastante el análisis. La competencia ya no consiste únicamente en acumular más poder. Consiste en soportar mejor la incertidumbre.
Estados Unidos procura reconstruir capacidades industriales que durante años trasladó al exterior. China invierte para reducir su dependencia de tecnologías occidentales. Europa revisa su política energética y descubre que la prosperidad no puede descansar indefinidamente sobre la protección militar estadounidense, los insumos chinos y la energía importada. India desarrolla industria, infraestructura y tecnología mientras evita quedar encerrada en una sola alianza. Arabia Saudita utiliza sus ingresos petroleros para financiar su transformación económica. Brasil intenta convertir alimentos, minerales, energía y escala territorial en mayor capacidad de negociación.
No son movimientos idénticos, pero responden a una intuición común: el mundo será menos previsible y cada país deberá contar con más recursos para atravesar sus sobresaltos.
Quizá ahí esté una de las claves del nuevo orden. En lo que va del siglo XX, las grandes potencias buscaban construir zonas de influencia relativamente estables. Hoy parecen aceptar que la estabilidad completa está fuera de su alcance. No pretenden eliminar la incertidumbre, sino distribuir sus costos de manera favorable. Intentan que el adversario dependa más, pague más y tenga menos alternativas cuando llegue la crisis. Podríamos llamar a este proceso incertidumbre organizada.
No porque exista un centro secreto que dirija el caos mundial. Tampoco porque las guerras o las crisis sean cuidadosamente planificadas. La idea apunta a otra cosa: los Estados comienzan a incorporar la incertidumbre como una condición permanente de su estrategia.
La reserva energética, la fábrica subsidiada, el proveedor alternativo, el mineral almacenado, el sistema de pagos propio y la nube informática protegida forman parte de una misma preparación. Son seguros frente a un futuro que ya no se imagina lineal. La nueva medida del poder no será solamente cuánto posee un país, sino cuánto puede seguir haciendo cuando una parte del sistema deja de funcionar.
Las guerras también hablan de nosotros
Desde la Argentina, las guerras de Ucrania o Medio Oriente pueden parecer geográficamente lejanas. Sin embargo, sus efectos llegan con bastante rapidez. Aparecen en el precio de la energía, en los fertilizantes, en los alimentos, en los fletes, en el costo del crédito y en las decisiones de inversión.
El conflicto ucraniano recordó que la seguridad alimentaria mundial depende de puertos, rutas y zonas productivas que pueden quedar atrapadas bajo el fuego. Medio Oriente demuestra que un estrecho marítimo puede alterar el precio de la energía sin necesidad de cerrarse por completo. Basta con que aumente el riesgo para que suban los seguros, se desvíen embarcaciones y se encarezca el transporte.
A veces olvidamos que más del 80 por ciento del comercio mundial de mercancías se desplaza por mar. En plena revolución digital seguimos dependiendo de barcos, puertos, canales y estrechos. Los algoritmos pueden viajar a la velocidad de la luz, pero las materias primas, los alimentos y los componentes industriales continúan moviéndose sobre una geografía muy concreta. El mapa no desapareció. Simplemente adquirió nuevas capas.
Sobre las antiguas rutas marítimas se extienden ahora cables submarinos. Junto a los puertos aparecen centros de datos. Los yacimientos minerales se conectan con fábricas de baterías, redes eléctricas e industrias de defensa. La tecnología no sustituyó a la geografía; la volvió todavía más valiosa.
Para nuestro país, esta transformación abre posibilidades reales. Vaca Muerta adquiere importancia en un mundo que busca diversificar sus fuentes energéticas. El litio y el cobre pueden integrarse a las nuevas cadenas tecnológicas. La capacidad agroalimentaria gana peso en un escenario de inseguridad creciente. La experiencia nuclear, satelital y científica argentina conserva un valor que muchas veces nosotros mismos subestimamos. Pero conviene evitar una celebración apresurada. Tener recursos no equivale a tener una estrategia.
La historia argentina está llena de riquezas que prometieron cambiar nuestro destino y terminaron reforzando una inserción dependiente. Puede ocurrir nuevamente. Podemos exportar litio sin participar en la fabricación de baterías; producir gas sin construir una plataforma industrial; ofrecer energía para centros de datos sin intervenir en la gobernanza de la información; vender alimentos mientras importamos buena parte de la tecnología que organiza su producción y comercialización. Cambiar el producto exportado no siempre significa cambiar el lugar que se ocupa en el mundo.
La discusión verdaderamente importante no es si la Argentina debe vincularse con Estados Unidos o con China. Necesitamos relaciones con ambos, además de Europa, India, Brasil y otros actores relevantes. La pregunta es qué capacidades nacionales deja cada relación.
Una inversión es estratégica cuando, además de generar exportaciones, desarrolla infraestructura, proveedores, conocimiento, empleo calificado y poder de decisión. Si solo extrae un recurso y traslada su valor hacia otros centros, puede ser rentable, pero difícilmente transforme al país.
No escribimos sobre el Sur
No pretendemos observar la política internacional desde una supuesta neutralidad. Esa neutralidad, en rigor, nunca existió. Todo análisis parte de un lugar, de una experiencia histórica y de unas preguntas determinadas. Los grandes centros de pensamiento internacional también producen conocimiento situado, aunque casi siempre presentan sus intereses como si fueran universales.
Nosotros miramos el mundo desde otro lugar. Desde Argentina y Suramerica . Desde una región bioceanica con recursos abundantes y capacidades relevantes, pero también con dificultades persistentes para construir continuidad estratégica. De sociedades que conocen la dependencia, la deuda, la volatilidad y las promesas incumplidas del desarrollo. No pensamos sobre el Sur como quien describe un objeto distante. Pensamos desde el Sur.
Esa diferencia puede parecer pequeña, pero modifica las preguntas. Al analizar la inteligencia artificial, no nos interesa únicamente quién encabezará la carrera entre Washington y Beijing. También pretendemos establcer qué clase de infraestructura necesita la Argentina, cómo protegerá sus datos, qué papel pueden cumplir sus universidades y qué tecnología es la más conveniente.
Cuando hablamos de minerales críticos, no alcanza con conocer su cotización o las reservas disponibles. Debemos preguntarnos dónde se procesarán, quién controlará la tecnología, qué infraestructura quedará en el territorio y cómo se distribuirán los beneficios.
Cuando observamos la reorganización de las finanzas mundiales, debemos mirar qué margen abre para países endeudados y qué nuevos riesgos puede generar. Cuando analizamos el rearme global, corresponde pensar en la defensa del Sur, la plataforma continental, la Antártida y los recursos marítimos. El pensamiento situado no reduce el mundo a nuestra experiencia. Hace algo más útil: parte de nuestra experiencia para comprenderlo. A esta manera de observarla podemos llamarla geopolítica situada.
No es una doctrina cerrada ni una defensa del aislamiento. Es un método. Consiste en leer las transformaciones universales desde una posición propia, sin confundir los intereses de las grandes potencias con los nuestros y sin renunciar, por eso, a comprender sus razones.
La geopolítica situada no pregunta a qué poder debemos obedecer. Pregunta qué necesitamos construir para relacionarnos con todos sin entregar nuestra capacidad de decisión.
Aprender a mirar de nuevo
El mundo que está naciendo no será completamente bipolar ni verdaderamente multipolar. Habrá dos grandes potencias, varios centros regionales, alianzas variables y una multitud de acuerdos que cambiarán según el tema. Un país podrá cooperar con Estados Unidos en seguridad, con China en infraestructura, con Europa en regulación y con sus vecinos en energía o alimentos. La coherencia ya no dependerá de pertenecer a un único bloque. Dependerá de tener una estrategia propia.
Eso exige algo más que pragmatismo. Requiere saber qué sectores se consideran fundamentales, qué dependencias resultan aceptables y cuáles pueden comprometer la autonomía futura. También obliga a pensar más allá de un mandato de gobierno. Las infraestructuras, las industrias tecnológicas y los proyectos energéticos importantes se construyen durante décadas, no durante una campaña electoral.
Allí se encuentra, probablemente, la mayor debilidad argentina. No carecemos de recursos ni de conocimiento. Carecemos de continuidad. Las grandes potencias organizan la incertidumbre porque pueden sostener decisiones prolongadas. Nosotros solemos enfrentar cada incertidumbre como si fuera la primera. Cambiamos prioridades, abandonamos proyectos y volvemos a discutir cuestiones que otros países resolvieron hace años. Puede sonar duro, pero quizá debamos empezar por reconocerlo.
Pensar desde el Sur no significa atribuir todos nuestros problemas a decisiones externas. Significa comprender las asimetrías del sistema sin utilizarlas como excusa para nuestras propias incapacidades. La dependencia existe. También existen las decisiones nacionales que la reproducen.
Hay una imagen que resume bastante bien esta época. El mundo se parece a una embarcación que ha entrado en aguas desconocidas. Las grandes potencias cuentan con mejores instrumentos, más combustible y una tripulación numerosa. Los países medianos buscan rutas alternativas. Los más débiles esperan que la tormenta pase. La Argentina todavía puede elegir qué clase de navegante quiere ser.
Tal vez el desafío no consista en adivinar hacia dónde se dirige el mundo. Nadie puede hacerlo con certeza. El desafío es construir las capacidades necesarias para no naufragar cada vez que cambia el viento. Ahí comienza la geopolítica situada: cuando dejamos de preguntar solamente qué harán los demás y empezamos a decidir qué debemos hacer nosotros.
No escribimos sobre el Sur. Escribimos desde el Sur. Y desde allí intentamos recuperar algo que durante demasiado tiempo delegamos: el derecho a mirar el mundo con nuestros propios ojos.

