Durante tres décadas, la economía global se organizó alrededor de una consigna: producir más barato y entregar más rápido. Las guerras, la rivalidad entre Estados Unidos y China y la revolución de la inteligencia artificial están sustituyendo aquella lógica por otra más exigente: producir aunque las fronteras se cierren, las rutas sean atacadas y los proveedores se conviertan en adversarios. El nuevo poder mundial dependerá menos de la eficiencia y más de la capacidad de reemplazar lo que puede faltar.
Durante años, los economistas describieron el mundo como una gran cadena de producción. Cada país debía especializarse en aquello que podía hacer mejor o más barato. Los componentes viajaban entre continentes, las empresas reducían inventarios y los gobiernos confiaban en que el comercio crearía intereses comunes suficientemente fuertes como para contener los conflictos.
Ese sistema produjo una expansión económica extraordinaria. También creó dependencias que permanecieron ocultas mientras todo funcionaba con normalidad.
La pandemia mostró la primera fragilidad. La guerra de Ucrania expuso la segunda. La confrontación en Medio Oriente y la disputa tecnológica entre Estados Unidos y China completaron el diagnóstico: una economía extremadamente eficiente puede ser políticamente vulnerable. El mundo comienza entonces a abandonar la obsesión por producir al menor costo. La nueva prioridad es poder seguir produciendo cuando algo falla.
Estados Unidos y China: de los chips a los robots
La competencia tecnológica entre Washington y Beijing suele explicarse a través de los semiconductores. Estados Unidos intentó limitar el acceso chino a los chips más avanzados y a las máquinas necesarias para fabricarlos. China respondió desarrollando proveedores propios, ampliando su inversión tecnológica y utilizando su dominio sobre minerales críticos como instrumento de presión.
Pero la nueva restricción estadounidense sobre robots chinos indica que la rivalidad avanza hacia una etapa diferente. Los chips son el cerebro de la economía digital. Los robots serán sus brazos.
China posee una formidable capacidad para fabricar robots industriales, vehículos autónomos, drones, baterías, sensores y convertidores eléctricos. Estados Unidos teme que esas máquinas ingresen masivamente en sus fábricas, redes energéticas y sistemas logísticos antes de que la industria estadounidense pueda competir.
El argumento oficial es la seguridad nacional: un robot conectado puede recopilar datos, mapear una fábrica, transmitir información o convertirse en una vulnerabilidad informática. Pero detrás de la cuestión de seguridad existe también una preocupación industrial.
Quien domine la robótica dominará buena parte de la próxima etapa productiva. La inteligencia artificial puede diseñarse en un laboratorio de California. Pero para modificar la economía necesita encarnarse en máquinas, vehículos, redes y fábricas. Allí China posee una ventaja diferente: la capacidad de transformar rápidamente una innovación en millones de productos.
La respuesta estadounidense busca ganar tiempo para desarrollar una base industrial propia. Sin embargo, la protección también tiene costos. Muchas empresas estadounidenses utilizan componentes chinos por su precio, disponibilidad y calidad. Prohibirlos antes de construir alternativas puede encarecer la automatización y retrasar la adopción tecnológica.
Esa contradicción acompañará a Washington durante los próximos años: necesita desacoplarse de China, pero todavía depende de China para hacerlo.
La paradoja de los minerales críticos
La misma dificultad aparece en los minerales estratégicos. Estados Unidos pretende reducir drásticamente su dependencia de China antes de 2027. Sin embargo, la industria norteamericana todavía carece de capacidad suficiente para procesar tierras raras, fabricar imanes permanentes y refinar materiales esenciales para la defensa, los vehículos eléctricos y la electrónica.
China controla más del 80 % del procesamiento mundial de varios de esos minerales. Aunque Estados Unidos financia empresas propias y nuevos proyectos en África, Australia y América Latina, construir minas y plantas de refinación requiere años. Por eso la autonomía estratégica enfrenta un problema temporal. Las potencias saben qué dependencias desean eliminar. No siempre pueden eliminarlas con la velocidad que exige la política.
Esta brecha entre voluntad y capacidad puede convertirse en una fuente de inestabilidad. Los gobiernos anuncian restricciones antes de contar con proveedores alternativos. Las empresas acumulan existencias. Los precios aumentan. Los países productores reciben ofertas y presiones simultáneas. El mineral deja de ser una materia prima. Se convierte en una decisión de política exterior.
Las guerras entran en las fábricas
La guerra en Ucrania enseñó que la capacidad industrial vuelve a ser determinante. Al comienzo del conflicto, muchos analistas concentraron su atención en las armas sofisticadas: misiles de precisión, satélites, sistemas electrónicos y drones avanzados. Con el tiempo reapareció una realidad más antigua. Las guerras prolongadas requieren enormes cantidades de municiones, repuestos, vehículos, explosivos, baterías y personal técnico.
Rusia adaptó buena parte de su economía al esfuerzo bélico y recibió suministros de Irán y Corea del Norte. Ucrania depende del apoyo industrial de Estados Unidos y Europa. Pero las fábricas occidentales no siempre pueden producir al ritmo que exige el frente. El ataque ruso del 29 de julio volvió a revelar esta desigualdad. Ucrania logró derribar gran parte de los drones y misiles, pero sus defensas resultaron insuficientes frente a los proyectiles balísticos. La guerra se convierte así en una carrera entre la capacidad rusa para producir y lanzar y la capacidad occidental para fabricar e instalar defensas.
El campo de batalla ya no comienza en la línea del frente. Comienza en la cadena de proveedores.
Medio Oriente y el retorno del riesgo energético
La nueva escalada entre Estados Unidos e Irán muestra otra dimensión del mismo fenómeno. Los ataques estadounidenses contra instalaciones iraníes y las represalias de Teherán amenazan no solamente objetivos militares. Amenazan el sistema energético y logístico que conecta el Golfo con Asia y Europa.
Irán no necesita cerrar completamente el estrecho de Ormuz para producir un impacto global. Es suficiente con aumentar la percepción de riesgo. Los seguros marítimos se encarecen, los buques modifican sus rutas, las empresas acumulan reservas y los mercados incorporan una prima geopolítica al precio del petróleo.
Lo mismo ocurre en el mar Rojo. Los ataques hutíes obligaron a numerosas embarcaciones a evitar el canal de Suez y navegar alrededor de África. El costo del viaje aumenta, pero también el tiempo de entrega, el consumo de combustible y la necesidad de disponer de más buques.
La guerra transforma la distancia. Un territorio que continúa físicamente en el mismo lugar puede quedar económicamente mucho más lejos. La consecuencia es especialmente grave para Europa y Asia, regiones altamente dependientes del comercio marítimo y de las importaciones energéticas.
Gaza: cuando el territorio provisional se vuelve permanente
El conflicto de Gaza continúa, aunque la atención internacional se encuentre concentrada en Irán.
La llamada línea amarilla israelí, concebida inicialmente como una demarcación vinculada con el alto el fuego, se desplaza sobre el terreno y provoca nuevos movimientos de población. Lo provisional comienza a adquirir características permanentes. Este proceso revela una característica de las guerras contemporáneas. Cuando no existe una solución política, la geografía militar ocupa su lugar.
Aparecen zonas de seguridad, corredores, áreas de exclusión, puestos de control y fronteras informales. Con el tiempo, esas disposiciones crean hechos difíciles de revertir. La guerra puede disminuir en intensidad sin terminar realmente. Puede convertirse en un sistema de administración territorial, violencia intermitente y desplazamiento prolongado. Ese escenario plantea un riesgo adicional: la normalización internacional de conflictos que ya no producen titulares diarios, pero tampoco ofrecen paz, reconstrucción o soberanía.
La economía mundial y el gasto defensivo invisible
Las estimaciones del FMI y del Banco Mundial ofrecen números diferentes, pero ambas instituciones describen una economía debilitada por la incertidumbre. El FMI prevé un crecimiento del 3 % en 2026. El Banco Mundial espera apenas 2,5 %. Una parte de esta diferencia surge de las distintas hipótesis sobre la duración de la guerra en Medio Oriente y la recuperación del comercio energético. Pero detrás de las cifras aparece una transformación más profunda.
La economía mundial destina cada vez más recursos a protegerse. Los gobiernos subsidian industrias estratégicas. Las empresas duplican proveedores. Los países acumulan minerales, alimentos y combustibles. Las navieras pagan seguros más caros. Las fábricas compran generadores y sistemas cibernéticos. Los centros de datos buscan fuentes propias de energía. Ese gasto no siempre aparece bajo la categoría de defensa. Pero cumple una función defensiva. Es el costo de vivir en un mundo donde cualquier dependencia puede convertirse en una vulnerabilidad.
La inteligencia artificial como promesa y como burbuja estratégica
La inversión en inteligencia artificial constituye uno de los pocos motores claros de la economía mundial. Estados Unidos, China, Corea del Sur, Japón, Europa y los países del Golfo construyen centros de datos, fábricas de chips y nuevas redes eléctricas. Pero la expansión comienza a generar preguntas.
Las grandes empresas tecnológicas invierten sumas extraordinarias en infraestructura. Algunas ya reducen su flujo de caja por el gasto en centros de datos, robots y capacidad de cómputo. Los mercados comienzan a preguntarse cuándo aparecerán los beneficios suficientes para justificar esa inversión. La IA puede producir un aumento histórico de la productividad. También puede crear un exceso de capacidad. La diferencia dependerá de que las empresas consigan transformar modelos avanzados en aplicaciones útiles, rentables y masivas. La competencia geopolítica introduce, además, una distorsión.
Estados Unidos y China pueden continuar invirtiendo incluso cuando la rentabilidad privada sea dudosa, porque consideran que perder la carrera tecnológica sería estratégicamente más costoso. Esto convierte a la inteligencia artificial en algo más que una innovación empresarial. Se vuelve una infraestructura nacional financiada parcialmente por expectativas comerciales y parcialmente por temor geopolítico.
Las potencias intermedias construyen redes alternativas
En este contexto, las potencias intermedias intentan evitar una dependencia exclusiva. Canadá y Australia profundizan acuerdos sobre minerales críticos. India coopera tecnológicamente con Estados Unidos, compra energía rusa y participa en los BRICS. Brasil mantiene a China como principal socio comercial, pero busca mercados e inversiones en Europa y Norteamérica. Arabia Saudita conserva su relación de seguridad con Washington mientras amplía sus negocios con Beijing.
Este comportamiento no constituye neutralidad. Es una estrategia de redundancia. Así como una empresa busca varios proveedores, un Estado busca varios socios. El objetivo es evitar que una sola potencia pueda interrumpir su financiamiento, sus exportaciones, su defensa o su acceso tecnológico. Las potencias intermedias más exitosas serán aquellas que conviertan su posición geográfica, sus recursos o su mercado interno en capacidad de negociación. Las que simplemente intenten agradar a todos pueden terminar sin una estrategia propia.
Los BRICS: expansión sin unidad
La ampliación de los BRICS expresa el deseo del Sur Global de disponer de instituciones alternativas. El grupo reúne países interesados en ampliar el uso de monedas nacionales, reformar organismos multilaterales y reducir su dependencia del sistema financiero occidental. Pero su crecimiento también aumenta las diferencias internas. India y China compiten en Asia. Irán y Emiratos Árabes Unidos mantienen posiciones enfrentadas en el Golfo. Brasil busca preservar una identidad multilateral. Rusia utiliza el grupo para reducir su aislamiento. Arabia Saudita y otros socios no desean romper con Estados Unidos. Estas tensiones impidieron recientemente alcanzar posiciones comunes sobre la guerra con Irán.
Los BRICS no son una alianza militar ni un bloque homogéneo. Su importancia reside en otra cosa. Demuestran que el Sur Global ya no acepta que todas las instituciones internacionales sean diseñadas por las potencias occidentales. La desdolarización probablemente avance, pero no mediante una moneda única que reemplace rápidamente al dólar. Lo hará a través de acuerdos bilaterales, sistemas de pagos, bancos regionales y una mayor utilización de monedas nacionales. Será un proceso acumulativo, no una ruptura súbita.
América Latina y el peligro de una nueva periferia tecnológica
América Latina posee muchos de los recursos que demandará el nuevo sistema: cobre para redes eléctricas; litio para baterías; gas para la transición energética; alimentos; energía renovable; agua; y territorios aptos para centros de datos. Pero existe un riesgo.
La región puede modernizar sus exportaciones sin modificar su posición periférica. Puede pasar de vender granos y petróleo a vender litio, electricidad y datos, mientras compra robots, baterías, software y servicios financieros. La materia prima cambiaría. La dependencia permanecería. Por eso la discusión central no debería limitarse a cuánto capital extranjero puede atraer la región. Debería concentrarse en qué capacidades quedan después de la inversión: proveedores nacionales; infraestructura pública; trabajadores especializados; procesamiento industrial; tecnología; y participación local en la cadena de valor.
Argentina entre Washington y Beijing
Argentina representa con particular claridad este dilema. El país posee litio, cobre, gas, petróleo, alimentos y capacidad científica. También mantiene una relación económica importante con China y una creciente cooperación con Estados Unidos en minerales críticos.
El acuerdo firmado con Washington en febrero busca integrar parte de la producción argentina de litio y cobre a cadenas de suministro estadounidenses. El compromiso incluye priorizar a Estados Unidos frente a economías acusadas de manipular mercados, una referencia implícita a China.
Este tipo de cláusulas anticipa una discusión estratégica. ¿Puede Argentina vender sus minerales libremente a varios compradores o deberá incorporarse a cadenas de suministro cada vez más cerradas? La respuesta no debería depender solamente de afinidades políticas.
Debería evaluarse según la inversión, la transferencia tecnológica, la infraestructura, el acceso a mercados y el grado de industrialización que ofrece cada acuerdo. Una política exterior eficaz no consiste en mantener idéntica distancia entre todos. Consiste en negociar con varios actores sin entregar a ninguno la capacidad de veto sobre las decisiones nacionales.
Riesgos inmediatos
Escalada regional en Medio Oriente. La reanudación de ataques entre Estados Unidos e Irán aumenta la posibilidad de que bases, puertos, refinerías y empresas extranjeras sean alcanzados en distintos países del Golfo.
Ampliación accidental de la guerra ucraniana. Las incursiones cerca del territorio polaco y la saturación de las defensas aéreas pueden provocar incidentes entre Rusia y miembros de la OTAN.
Guerra comercial en robótica. Las restricciones estadounidenses y las represalias chinas pueden fragmentar el mercado de robots, sensores y equipos eléctricos antes de que existan proveedores alternativos suficientes.
Estanflación energética. Una nueva suba del petróleo combinada con aranceles y tasas de interés elevadas podría producir bajo crecimiento con inflación persistente.
Nueva dependencia del Sur Global. Los países productores pueden quedar limitados a la extracción de minerales mientras las grandes potencias conservan el procesamiento, las patentes y el financiamiento.
Oportunidades emergentes
Industrialización asociada a recursos. La urgencia occidental por diversificar proveedores abre espacio para exigir procesamiento local, infraestructura y formación tecnológica.
Cooperación entre potencias intermedias. Acuerdos como los de Canadá y Australia muestran que los países medianos pueden construir cadenas propias sin depender exclusivamente de Washington o Beijing.
Energía latinoamericana. El aumento del riesgo en Medio Oriente mejora el valor estratégico del gas, los biocombustibles, la energía hidroeléctrica y las renovables de la región.
Mercosur como plataforma negociadora. El acuerdo comercial con la Unión Europea puede ampliar mercados y reducir la dependencia exclusiva de Estados Unidos y China, aunque su aprovechamiento requerirá una política industrial regional.
Servicios tecnológicos. América Latina puede insertarse en la economía de la inteligencia artificial no solo mediante minerales y energía, sino también mediante software, servicios profesionales y conocimiento aplicado.
Escenarios prospectivos
Rivalidad administrada y guerras contenidas
Estados Unidos y China mantienen el diálogo sobre inteligencia artificial mientras conservan restricciones comerciales. La guerra con Irán reduce su intensidad y Ucrania continúa como conflicto de desgaste. La economía crece lentamente y las cadenas productivas se diversifican sin dividirse completamente. Es el escenario más probable, aunque su estabilidad será frágil.
Fragmentación industrial acelerada
Washington amplía las prohibiciones sobre robots, baterías y equipos eléctricos. China responde limitando minerales, componentes y acceso a su mercado. Surgen dos ecosistemas tecnológicos parcialmente incompatibles. Los países intermedios enfrentan mayores presiones para escoger estándares y proveedores.
Crisis energética sistémica
La confrontación con Irán bloquea parcialmente Ormuz y los ataques en el mar Rojo se intensifican. El petróleo y los combustibles refinados aumentan de precio, reaparece la inflación y los bancos centrales postergan reducciones de tasas. Las economías importadoras de energía entran en recesión y América Latina recibe más ingresos por exportaciones, pero también mayor inflación e inestabilidad financiera.
Acuerdo selectivo entre las grandes potencias
Estados Unidos y China concluyen que una confrontación simultánea en comercio, inteligencia artificial, Taiwán y minerales resulta demasiado costosa. Ambos gobiernos establecen reglas mínimas sobre modelos avanzados, ciberseguridad y suministro de componentes. La competencia continúa, pero disminuye el riesgo de ruptura abrupta. Es el escenario más favorable y, por ahora, el menos maduro.
Cambios de tendencia que conviene observar
La primera señal será la duración de la nueva ofensiva estadounidense contra Irán. Un ataque limitado permitiría reabrir la negociación; una campaña prolongada indicaría que Washington busca degradar estructuralmente la capacidad iraní.
La segunda será la respuesta de China a la prohibición de robots. Beijing puede limitarse a protestas diplomáticas o utilizar minerales, componentes eléctricos y acceso al mercado como represalia.
La tercera será el volumen de la ofensiva aérea rusa. Si las oleadas de misiles y drones mantienen la escala observada el 29 de julio, la guerra puede ingresar en una etapa de presión sistemática sobre las ciudades y la infraestructura ucraniana.
La cuarta será la rentabilidad de la inversión en inteligencia artificial. Una desaceleración del gasto corporativo podría afectar mercados, energía, chips y construcción de centros de datos.
La quinta será la capacidad de América Latina para negociar inversiones con agregado de valor. Los anuncios de proyectos serán menos importantes que la ubicación del procesamiento, la propiedad de la tecnología y el desarrollo de proveedores locales.
Conclusión: la era de la redundancia
El modelo económico de las últimas décadas buscaba eliminar todo aquello que pareciera innecesario. Reservas abundantes. Proveedores alternativos. Capacidad industrial ociosa. Inventarios. Empresas públicas estratégicas. Infraestructura duplicada. Todo era considerado un costo. La nueva geopolítica está demostrando que algunas ineficiencias eran, en realidad, seguros. Tener dos proveedores cuesta más que tener uno. Pero cuesta menos que quedarse sin ninguno. Mantener capacidad industrial nacional puede parecer caro. Pero resulta barato cuando una guerra interrumpe las importaciones. Acumular energía, minerales o alimentos inmoviliza capital. Pero permite sostener la economía durante una crisis.
El mundo posterior a la globalización eficiente no será un mundo desglobalizado. Será un mundo redundante.
Estados Unidos y China competirán por construir redes productivas capaces de funcionar aun cuando la otra potencia cierre el acceso a mercados, tecnología o recursos. Las potencias intermedias intentarán mantener varias puertas abiertas.
El Sur Global buscará aprovechar la necesidad de recursos para obtener mejores condiciones. Y América Latina deberá decidir si vuelve a ser una proveedora de materias primas o utiliza esta transición para construir poder productivo. La pregunta decisiva del nuevo orden ya no será quién produce más barato. Será quién puede seguir produciendo cuando todo lo demás falla.
