Mientras Washington y Beijing preparan una negociación atravesada por la inteligencia artificial, la guerra de Ucrania vuelve a golpear ciudades, refinerías y rutas del Mar Negro, Medio Oriente continúa condicionado por la crisis de Ormuz y los BRICS acaban de cerrar en Nueva Delhi una cumbre reveladora. Pero la transformación más profunda ocurre por debajo de esos acontecimientos: el poder mundial ya no se organiza únicamente mediante bloques o alianzas, sino a través de redes tecnológicas, productivas, financieras, energéticas y logísticas que se cruzan entre sí. Para Nuestra América, comprender esa nueva geometría puede ser tan importante como disponer de los recursos que el mundo necesita.
Hemos tenido mapas bastante cómodos para interpretar la política internacional. Durante la Guerra Fría había dos grandes espacios enfrentados y, aunque dentro de ellos existieran contradicciones, resultaba relativamente sencillo ubicar a cada país. Después de la caída de la Unión Soviética apareció otro mapa, dominado por Estados Unidos y acompañado por una globalización que parecía destinada a integrar progresivamente economías, mercados y tecnologías bajo reglas compartidas. Hoy ninguno de esos mapas alcanza. Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar y financiera; China posee una capacidad industrial extraordinaria y disputa crecientemente la frontera tecnológica; India adquiere una gravitación que ya no puede ser considerada secundaria; los BRICS reúnen países con intereses muchas veces contradictorios y, mientras todo esto ocurre, las guerras, la energía, la inteligencia artificial y las finanzas vuelven a mezclarse de una manera que desordena las categorías tradicionales.
Lo interesante
Lo interesante ya no es si estamos en un mundo bipolar o multipolar. Es factible que estemos construyendo algo bastante más complejo de representar sobre un planisferio: un sistema de redes superpuestas, donde un mismo país puede pertenecer simultáneamente a circuitos económicos, tecnológicos, militares y financieros diferentes, cooperando con otro actor en un terreno y compitiendo ferozmente con él en otro. La frontera entre aliado y adversario se vuelve menos nítida y, con ella, cambia también la naturaleza del poder.
China sale por una puerta y vuelve por otra
La evolución reciente del comercio entre Estados Unidos y China ofrece quizá el ejemplo más claro. A primera vista, el desacople parece avanzar. Durante los primeros meses de 2026, la participación china en las importaciones estadounidenses volvió a caer mientras crecieron las compras procedentes de Taiwán, Vietnam y otros países asiáticos. Podría concluirse, entonces, que Washington está consiguiendo reducir progresivamente su dependencia de Beijing.
Pero cuando observamos un poco más profundamente aparece una realidad diferente. China está aumentando sus exportaciones de bienes intermedios —componentes, memorias, baterías y otros insumos que utilizan fábricas ubicadas en terceros países— y aproximadamente tres cuartas partes del crecimiento de sus exportaciones durante el primer semestre provinieron precisamente de esos productos. Al mismo tiempo, Vietnam, Corea del Sur y otros centros manufactureros asiáticos profundizan sus relaciones industriales con China mientras aumentan sus ventas hacia Estados Unidos. En otras palabras, parte de aquello que desaparece de la relación comercial directa entre Washington y Beijing reaparece indirectamente dentro de cadenas productivas más largas.
Esto obliga a revisar la idea de desacople. Las cadenas globales no necesariamente se están rompiendo; están cambiando de forma. La producción empieza a recorrer caminos más sinuosos, incorporando nuevos países y redistribuyendo determinados riesgos, pero sin eliminar automáticamente la centralidad industrial china. Beijing parece estar transformándose, en algunos sectores, de “fábrica del mundo” en algo todavía más sofisticado: una especie de fábrica de las fábricas, proveedora de componentes y bienes intermedios para países que luego exportan productos terminados hacia otros mercados.
Ésta es una diferencia importante respecto de lo dicho en la editorial anterior. Ya no estamos solamente ante países que buscan una segunda puerta para reducir dependencias. Estamos viendo cómo las dependencias mismas se reorganizan en redes más difíciles de rastrear.
La inteligencia artificial cambia la naturaleza de la rivalidad
La próxima conversación entre Donald Trump y Xi Jinping permite observar otra dimensión de esta transformación. La inteligencia artificial ocupará un lugar central en la agenda bilateral, con disputas sobre acceso a chips avanzados, acusaciones estadounidenses de apropiación de modelos mediante técnicas de distillation, diferencias regulatorias y preocupaciones crecientes sobre sistemas autónomos aplicados al ámbito militar. Washington mantiene restricciones tecnológicas sobre China, aunque permite determinadas exportaciones de chips menos avanzados, mientras Beijing acelera el desarrollo de capacidades propias.
Pero reducir esta competencia a quién tendrá el mejor modelo de inteligencia artificial sería mirar solamente la superficie. La verdadera carrera ocurre simultáneamente en varias capas: algoritmos, semiconductores, electricidad, centros de datos, redes de transmisión, minerales, talento científico, regulación y capacidad financiera. El país que lidere la inteligencia artificial no será necesariamente aquel que posea únicamente el mejor software, sino aquel capaz de sostener todo el ecosistema material que lo hace posible.
Esto introduce una novedad geopolítica considerable. Durante la revolución industrial, las grandes potencias competían por carbón, acero, ferrocarriles y fábricas; durante buena parte del siglo XX lo hicieron también por petróleo, tecnología nuclear y capacidad aeroespacial. La inteligencia artificial combina todas esas dimensiones porque necesita conocimiento extremadamente sofisticado y, al mismo tiempo, una enorme infraestructura física. La nube, paradójicamente, pesa toneladas. Y consume electricidad.
La guerra de Rusia y Ucrania muestra que también funciona como red
La guerra entre Rusia y Ucrania continúa ofreciendo una imagen mucho menos futurista, pero igualmente reveladora. Durante la madrugada de este 17 de septiembre, Rusia volvió a atacar Kyiv, Odesa y otras regiones ucranianas con misiles y drones, mientras Ucrania respondió alcanzando objetivos rusos, incluida una importante refinería en Yaroslavl. Los ataques afectan simultáneamente infraestructura civil, energética, industrial y logística, mientras las negociaciones sobre una posible moratoria de ataques energéticos siguen sin producir un acuerdo firme.
Pero la guerra ya no puede comprenderse observando solamente a Rusia y Ucrania. Detrás aparecen sistemas de armamento occidentales, tecnología, financiamiento, sanciones, energía rusa, compradores asiáticos y cadenas industriales extendidas por distintos continentes. Incluso las sanciones empiezan a desplazarse desde el actor directamente involucrado hacia quienes mantienen relaciones económicas con él: la Cámara de Representantes estadounidense acaba de aprobar legislación destinada a ampliar la capacidad de imponer aranceles a países que continúen comprando determinados combustibles rusos.
La guerra deja entonces de ser únicamente una confrontación territorial para convertirse también en una disputa sobre las conexiones económicas que permiten sostenerla. El objetivo ya no consiste solamente en debilitar al adversario, sino en modificar la red de relaciones que lo mantiene funcionando.
Ormuz muestra los límites de cualquier red
Medio Oriente introduce la contracara. Podemos diversificar proveedores, construir nuevas rutas y desarrollar sofisticados mecanismos financieros, pero la geografía continúa imponiendo límites. La crisis alrededor del estrecho de Ormuz sigue condicionando los flujos energéticos y comerciales, y los intentos iraníes de compensar las dificultades marítimas trasladando parte de su comercio hacia rutas terrestres están encontrando enormes obstáculos logísticos, fronterizos y de infraestructura.
La enseñanza es importante porque muestra que no todas las conexiones son equivalentes. Transportar mercancías por mar sigue siendo mucho más eficiente para determinados volúmenes que hacerlo por tierra; construir un nuevo oleoducto lleva años; levantar un puerto requiere inversiones gigantescas. La geografía puede ser parcialmente corregida mediante infraestructura, pero nunca desaparece completamente.
Por eso la seguridad energética del siglo XXI no consistirá únicamente en controlar yacimientos. Consistirá en controlar o, al menos, garantizar sistemas completos de circulación: puertos, estrechos, oleoductos, terminales de gas, redes eléctricas y rutas comerciales. El recurso sin logística tiene mucho menos poder.
Los BRICS hicieron algo más interesante que enfrentarse a Occidente
La cumbre de los BRICS celebrada en Nueva Delhi permite observar quizás la señal política más interesante de esta semana. Quien esperaba encontrar allí el nacimiento de un bloque compacto enfrentado a Estados Unidos probablemente haya quedado decepcionado. Los miembros mantienen diferencias profundas respecto de Ucrania, Medio Oriente, China y sus propias relaciones con Washington. La declaración final evitó convertir esas divergencias en una ruptura y optó por fórmulas de consenso, reclamando moderación en Medio Oriente y cuestionando medidas comerciales y sanciones unilaterales sin construir una doctrina común contra Occidente. Pero justamente allí puede estar su importancia.
Los BRICS quizá no necesiten convertirse en una OTAN económica ni construir una moneda única para adquirir relevancia. Pueden transformarse en algo diferente: una plataforma desde la cual países muy distintos aumenten su capacidad de negociación dentro del sistema mundial.
La declaración de Nueva Delhi avanzó precisamente en cuestiones menos espectaculares pero posiblemente más duraderas: pagos e inversiones en monedas nacionales, interoperabilidad de sistemas financieros, financiamiento del Nuevo Banco de Desarrollo, infraestructura digital, inteligencia artificial, formación industrial y nuevas plataformas de inversión. India insistió además en una idea particularmente significativa: el Sur Global debería dejar de ser simplemente receptor de reglas y convertirse en participante de su elaboración.
Ése es un cambio conceptual importante. No se trata necesariamente de destruir el orden existente para construir otro desde cero. Se trata de adquirir suficiente peso dentro de varias redes como para influir sobre las reglas que las organizan.
India: quizá el país que mejor entendió el momento
La posición india merece una atención especial porque sintetiza buena parte de esta nueva geometría. Nueva Delhi integra los BRICS junto con China y Rusia, mantiene una importante cooperación estratégica con Estados Unidos, participa del Quad en el Indo-Pacífico, compra energía rusa, desarrolla vínculos tecnológicos con Europa y, simultáneamente, conserva una relación competitiva con Beijing. Visto desde las categorías tradicionales, podría parecer contradictorio. Desde la lógica de las redes superpuestas, resulta perfectamente coherente.
India no necesita elegir una identidad geopolítica única. Puede pertenecer a diferentes espacios porque cada uno satisface intereses distintos. Esa capacidad para moverse entre redes militares, comerciales, tecnológicas y diplomáticas sin quedar completamente absorbida por ninguna constituye una forma contemporánea de autonomía. Aquí podemos recuperar nuestra idea de soberanía de las opciones, pero darle un paso adicional. Tener alternativas ya no alcanza si un país carece de capacidad para conectar esas alternativas y transformarlas en influencia. A eso podríamos llamarlo poder de articulación.
El poder de articulación
En el viejo mundo industrial, el poder podía imaginarse como una pirámide. En la parte superior estaban las grandes potencias y debajo los Estados con capacidades decrecientes. El sistema que aparece comienza a parecerse más a una red. Y en una red no solamente importa el tamaño de cada nodo. Importa también cuántas conexiones posee, qué tan importantes son y qué ocurriría si ese nodo desapareciera.
Un país relativamente menor puede adquirir relevancia si controla un puerto fundamental, produce un mineral difícil de reemplazar, domina una tecnología específica o conecta regiones que necesitan comerciar entre sí. El poder de articulación sería entonces la capacidad de un Estado para ocupar posiciones donde diferentes redes —productivas, tecnológicas, energéticas, financieras o logísticas— necesiten atravesarlo o negociar con él. No sustituye a la soberanía decisional. La fortalece.
Nuestra América: dejar de pensar solamente en lo que tenemos
Y aquí aparece quizá la principal renovación que necesitamos introducir en nuestra mirada regional. Soliamos pensar nuestra inserción internacional enumerando recursos: Argentina tiene litio, Brasil posee minerales y una enorme capacidad agrícola, Chile tiene cobre, Venezuela petróleo, la región posee agua, biodiversidad y alimentos. Absolutamente cierto.
Pero la nueva geopolítica es más exigente: ¿qué redes podemos organizar alrededor de esos recursos?
Porque exportar cobre no nos convierte automáticamente en actores de la electrificación mundial. Exportar litio tampoco nos transforma en protagonistas de la revolución de las baterías. Tener gas no garantiza que seamos un nodo energético internacional y disponer de alimentos no significa controlar las tecnologías que organizarán la producción agrícola futura.
El desafío consiste en pasar del recurso al sistema. Del litio a los materiales, baterías, almacenamiento y conocimiento químico. De cobre a redes eléctricas y electrificación. Del gas a infraestructura energética y petroquímica. De los alimentos a biotecnología y tecnología agroindustrial. Del Atlántico Sur a puertos, industria naval y logística. De la presencia antártica a ciencia, tecnología y capacidad permanente de investigación.
La Argentina bicontinental adquiere desde esta perspectiva un significado mucho más interesante. No es solamente ampliar el mapa, sino de comprender que nuestro territorio puede conectar recursos, océanos, ciencia, energía y logística dentro de una misma estrategia.
Cuatro escenarios, pero una pregunta diferente
Podemos seguir imaginando cuatro grandes trayectorias para el sistema internacional. Una bipolaridad administrada entre Estados Unidos y China; una bipolaridad cerrada provocada por una crisis grave; una multipolaridad relativamente cooperativa con mayor protagonismo de las potencias intermedias; o una multipolaridad conflictiva caracterizada por guerras regionales, proteccionismo y crisis recurrentes.
Pero esta semana agregaría algo. Quizá ninguno de esos escenarios aparezca en estado puro. Podríamos vivir en un mundo bipolar en tecnología, multipolar en energía, dominado por el dólar en finanzas, fragmentado en seguridad y profundamente globalizado en comercio.
Es decir, varios órdenes internacionales funcionando simultáneamente. Ésa podría ser la verdadera novedad. No un nuevo orden mundial. Varios órdenes superpuestos.
Una mirada desde el Sur
Si esa hipótesis es correcta, la estrategia de nuestra región tampoco debería construirse buscando una única pertenencia. Nuestra América no necesita decidir si pertenece a Occidente, al Sur Global, a los BRICS o a una esfera económica china. Puede mantener vínculos con varios espacios siempre que disponga de suficiente capacidad propia para hacerlo. Asi adquieren profundidad algunos de los conceptos expresados.
Soberanía decisional como la capacidad de tomar decisiones sin que otro actor posea un poder de veto decisivo. Soberanía de las opciones que consiste en disponer de alternativas reales cuando una relación se vuelve demasiado condicionante. Poder de articulación que agrega una tercera dimensión: conseguir que esas alternativas se conecten a través de nosotros y que nuestra participación tenga valor para los demás.
El objetivo estratégico para Suramerica no debe ser convertirse en un nuevo polo mundial. Eso requeriría capacidades que hoy no posee y probablemente nos conduciría nuevamente hacia grandes declaraciones con pocos instrumentos concretos. Hay que ser más realista y, al mismo tiempo, más ambicioso: convertirnos en una región difícil de ignorar y costosa de excluir.
Una región que produzca alimentos pero también tecnología alimentaria; que posea minerales pero también conocimiento sobre ellos; que genere energía y construya infraestructura para transportarla; que tenga dos océanos y desarrolle logística; que tenga presencia antártica y produzca ciencia. El siglo XXI probablemente no pertenezca exclusivamente a quien acumule más territorio o incluso más riqueza.
Puede pertenecer también a quienes sepan conectar mundos que necesitan seguir relacionándose aun cuando compitan entre sí. Y ahí aparece una oportunidad diferente para nuestra región. Durante mucho tiempo Nuestra América intentó encontrar su lugar en el mundo. Ahora reflexionemos:
En un planeta organizado por redes superpuestas, el desafío ya no consiste solamente en encontrar un lugar dentro del mapa, sino en conseguir que algunos de los caminos importantes del nuevo mundo tengan razones para pasar por nosotros.

