Estados Unidos y China se preparan para una cumbre decisiva mientras inauguran, paradójicamente, un diálogo formal sobre los riesgos de la inteligencia artificial. La guerra de Ucrania demuestra al mismo tiempo que la tecnología está ampliando la profundidad del campo de batalla, y Brasil, Canadá y Kenia ensayan una nueva coalición para defender el multilateralismo por fuera de las divisiones tradicionales entre Norte y Sur. Quizás la transformación más interesante del orden mundial ya no sea solamente la aparición de nuevos centros de poder, sino algo más difícil: la búsqueda de reglas mínimas que permitan competir sin que la competencia termine destruyendo el sistema que todos necesitan.
Hay una fotografía que todavía no existe, pero que probablemente veremos esta semana y que podría convertirse en una de las imágenes políticas más significativas de 2026. Donald Trump recibirá a Xi Jinping durante la visita que el presidente chino realizará a Estados Unidos entre el 23 y el 25 de septiembre. Habrá comercio, aranceles, minerales críticos, seguridad internacional y seguramente muchas diferencias sobre la mesa. Sin embargo, detrás de esa agenda aparece un asunto que hace apenas algunos años habría parecido ciencia ficción: las dos principales potencias del planeta están comenzando a discutir cómo evitar que sistemas de inteligencia artificial desarrollados por ellas mismas produzcan una crisis que ninguna de las dos pueda controlar.
La paradoja merece detenerse un momento porque dice mucho más sobre nuestro tiempo que otra discusión acerca de quién está ganando la competencia entre Washington y Beijing.
Estados Unidos y China disputan liderazgo tecnológico, restringen exportaciones, protegen industrias estratégicas y consideran a la inteligencia artificial un componente fundamental de su poder económico y militar. Pero precisamente porque ambos avanzan rápidamente sobre esa frontera tecnológica comienzan a reconocer que existen riesgos que ya no pueden administrar exclusivamente desde la competencia. Después de las conversaciones entre el secretario del Tesoro estadounidense Scott Bessent y el viceprimer ministro chino He Lifeng, ambos gobiernos acordaron continuar dentro de aproximadamente dos meses, en Shenzhen, un diálogo específico sobre seguridad de la inteligencia artificial y trabajar sobre un mecanismo de comunicación para incidentes graves.
No estamos ante una alianza tecnológica ni frente al comienzo de una distensión general entre las dos potencias. Las diferencias continúan siendo profundas y los controles estadounidenses sobre tecnologías avanzadas siguen formando parte de la competencia. Lo verdaderamente novedoso es otra cosa: los rivales empiezan a admitir que existen terrenos donde ganar sin reglas puede resultar más peligroso que aceptar algún límite compartido.
La tecnología obliga a recuperar la política
Normalmente pensabamos que la inteligencia artificial transformaría la economía, el trabajo, la educación, la comunicación y probablemente la guerra. Todo eso continúa siendo cierto, pero ha aparecido una consecuencia menos discutida: también puede obligar a reconstruir mecanismos de gobernanza internacional que la rivalidad entre las grandes potencias había ido debilitando.
La historia ofrece antecedentes. Estados Unidos y la Unión Soviética desarrollaron arsenales nucleares capaces de destruirse mutuamente y, precisamente por eso, terminaron construyendo teléfonos rojos, tratados de control de armamentos, protocolos de notificación y reglas destinadas a evitar que un error de cálculo desencadenara una catástrofe. Nunca dejaron de ser adversarios. Lo que comprendieron fue que había una diferencia fundamental entre competir y perder el control de la competencia.
Con la inteligencia artificial estamos todavía muy lejos de una arquitectura comparable, y sería exagerado establecer una equivalencia directa con las armas nucleares. Pero comienza a aparecer una lógica semejante. Washington y Beijing están discutiendo riesgos relacionados con agentes autónomos, ciberataques, amenazas contra infraestructuras críticas y utilización maliciosa de sistemas avanzados por actores no estatales. El dato relevante no es que hayan resuelto esos problemas —claramente no lo hicieron— sino que hayan reconocido la necesidad de empezar a hablar sobre ellos.
Aquí aparece una primera transformación conceptual. Durante buena parte de la última década pensamos la inteligencia artificial como una competencia entre empresas y luego como una carrera entre Estados. Quizás estemos entrando ahora en una tercera etapa: la inteligencia artificial como problema de gobernanza internacional.
Si una tecnología obliga a dos grandes rivales a sentarse alrededor de una mesa para discutir qué no deberían hacer, esa tecnología ya ha dejado definitivamente de ser solamente tecnología. Se ha convertido en geopolítica.
Ucrania (en realidad OTAN) muestra la otra cara
Mientras Washington y Beijing exploran límites para una tecnología emergente, la guerra entre Rusia y Ucrania muestra qué ocurre cuando una innovación tecnológica amplía más rápidamente las capacidades militares que las reglas destinadas a contenerlas.
Durante este fin de semana Ucrania lanzó una ofensiva de más de mil drones contra territorio ruso. Moscú fue uno de los principales objetivos y el ataque afectó, entre otras instalaciones, una importante refinería. Rusia respondió golpeando Zaporizhzhia y otras regiones ucranianas. Después de más de cuatro años de guerra, el frente terrestre permanece relativamente estabilizado, pero la profundidad geográfica del conflicto continúa ampliándose gracias a sistemas no tripulados y armas de largo alcance.
La transformación es profunda. Habitualmente, la distancia ofrecia una forma elemental de seguridad. Cuanto más lejos estaba una ciudad del frente, mayor era su protección relativa. Los drones baratos y las nuevas armas de largo alcance están erosionando esa relación entre distancia y seguridad. Infraestructuras situadas a cientos o incluso miles de kilómetros del campo de batalla pueden convertirse ahora en objetivos potenciales. Eso modifica la guerra, pero también modifica la política.
Porque cuanto mayor es la profundidad del campo de batalla, más difícil resulta distinguir entre infraestructura militar, energética, industrial y civil. Una refinería produce combustible para la economía y también puede producirlo para las fuerzas armadas; una red eléctrica alimenta hogares y simultáneamente industrias relacionadas con la defensa; una red de telecomunicaciones conecta familias y también unidades militares. La tecnología no está haciendo desaparecer la guerra. Está haciendo desaparecer algunas de sus fronteras. Y ésa es precisamente la razón por la que la discusión sobre límites vuelve a adquirir importancia.
La energía introduce otro límite: el que impone la economía
Medio Oriente ofrece una tercera dimensión. El tránsito de buques de materias primas por el estrecho de Ormuz continúa severamente afectado: Reuters contabilizó diecisiete embarcaciones durante el último fin de semana frente a treinta y siete una semana antes. Al mismo tiempo, el precio internacional del petróleo retrocedió hoy hacia los 100 dólares por barril ante expectativas de una posible vía diplomática entre Washington y Teherán y una recuperación parcial de las exportaciones sauditas.
El movimiento del mercado resulta interesante porque demuestra algo que muchas veces olvidamos cuando observamos conflictos internacionales exclusivamente desde la dimensión militar. Las guerras también encuentran límites económicos. Un petróleo persistentemente caro beneficia a determinados productores, pero perjudica el crecimiento mundial, alimenta inflación, altera costos industriales y termina generando presiones políticas incluso dentro de los países que participan directa o indirectamente de la confrontación.
La economía internacional funciona entonces como un gigantesco sistema de transmisión. Una escalada militar en Medio Oriente puede modificar el costo del combustible en Brasil, el transporte en Argentina, la inflación europea o las decisiones de tasas de interés de la Reserva Federal. Eso no garantiza moderación. La historia está llena de guerras económicamente irracionales. Pero introduce costos. Y los costos también forman parte de la política.
Cambia el significado del Sur Global
Hay, sin embargo, otra novedad de esta semana que merece mucha más atención de la que probablemente recibirá. Brasil, Canadá y Kenia acaban de impulsar una iniciativa denominada Partners for Multilateralism (socios para el multilateralismo), destinada a reunir países interesados en fortalecer instituciones internacionales, defender la solución negociada de conflictos y preservar determinados mecanismos multilaterales. India y Australia aparecen entre los países que han mostrado interés en la iniciativa. La combinación es mucho más interesante que el nombre. Brasil pertenece a los BRICS. Canadá pertenece al G7 y a la OTAN. Kenia representa una potencia africana emergente. India pertenece a los BRICS y simultáneamente participa del Quad junto con Estados Unidos, Japón y Australia.
Si esa iniciativa adquiere continuidad —algo que todavía debe comprobarse— podría estar señalando una transformación que venimos observando desde hace tiempo: las coaliciones del mundo que viene quizá no se construyan alrededor de identidades geopolíticas permanentes, sino alrededor de problemas concretos.
Un país puede cooperar con China en comercio, con Estados Unidos en seguridad, con Europa en cambio climático, con los BRICS en reforma financiera y con Canadá y Kenia en defensa del multilateralismo. Esto hace cada vez menos útil imaginar al mundo dividido simplemente entre Occidente y Sur Global. Porque el Sur Global tampoco constituye un bloque. India y China compiten. Brasil y Arabia Saudita tienen estructuras económicas diferentes. Indonesia posee intereses propios. Sudáfrica mira simultáneamente hacia África, los BRICS y los mercados occidentales.
Lo que los reúne no necesariamente es una visión común del mundo, sino la aspiración compartida a disponer de mayor capacidad para participar en la construcción de sus reglas.
Hacia una geometría variable
Quizás necesitemos entonces abandonar también otra palabra que utilizamos con demasiada facilidad: multipolaridad. Decir que el mundo se vuelve multipolar describe una parte del fenómeno, pero puede ocultar otra. Un sistema multipolar clásico supone varios centros relativamente definidos de poder. Lo que estamos viendo parece bastante más flexible. Podríamos estar entrando en una geometría variable del poder.
Estados Unidos puede continuar siendo central en finanzas y seguridad militar. China puede serlo en industria y determinadas cadenas productivas. India puede convertirse en un actor indispensable para el equilibrio asiático. Los países del Golfo pueden aumentar su capacidad de intermediación financiera y energética. Brasil puede adquirir gravitación en alimentos, energía, clima y diplomacia del Sur. Y ninguno necesita dominar todas las dimensiones simultáneamente. El poder empieza a distribuirse por capas.
No todos pesan igual. No todos son lo mismo. Y ésa es una diferencia decisiva. Nuestra América necesita dejar de preguntarse a qué mundo pertenece.
Hemos estado habituados a discutir sobre política exterior organizados alrededor de una pregunta que esta envejeciendo: ¿debemos acercarnos a Estados Unidos, a China, a Europa o al Sur Global? La geometría variable permite formular algo bastante más interesante. ¿En qué cuestiones puede América del Sur convertirse en un actor necesario?
No estamos hablando simplemente de poseer litio, cobre, petróleo, gas, alimentos, agua o biodiversidad. Eso ya lo sabemos y repetirlo cada semana no construye estrategia. La cuestión es identificar aquellos ámbitos donde nuestras capacidades pueden permitirnos participar en la elaboración de reglas.
Brasil ya posee escala suficiente para hacerlo en clima, alimentos y determinadas discusiones financieras. Chile puede adquirir relevancia alrededor del cobre y de la transición energética. Argentina posee capacidades científicas, nucleares, agroindustriales y satelitales que exceden ampliamente la imagen simplificada de país exportador de materias primas. Nuestra condición bicontinental agrega además otra dimensión: Atlántico Sur, Antártida, ciencia, recursos marinos y logística austral constituyen espacios donde las reglas de las próximas décadas todavía no están completamente escritas. Ahí existe una oportunidad. No solamente vender algo. Ser parte de la decisión de cómo se organizará aquello que vendemos, investigamos o producimos.
Una nueva capa de la soberanía decisional
Y aquí podemos recuperar nuestros conceptos sin repetirlos. La soberanía decisional sigue siendo el objetivo: conservar capacidad propia para definir intereses y actuar en función de ellos. La soberanía de las opciones continúa siendo una condición necesaria: disponer de alternativas para que ninguna relación se transforme en subordinación.
Pero esta semana aparece una tercera dimensión diferente de las anteriores. Podríamos llamarla soberanía normativa. No significa que un país pueda imponer unilateralmente sus reglas al resto del mundo. Eso está reservado a muy pocas potencias. Significa poseer suficiente capacidad diplomática, científica, tecnológica o económica para sentarse en la mesa donde se escriben las reglas antes de que esas reglas estén escritas.
La diferencia parece pequeña pero no lo es. Durante gran parte de la historia, Nuestra América siguió normas comerciales, financieras, tecnológicas y productivas elaboradas en otros centros de poder y después discutió cómo adaptarse a ellas. El mundo que está naciendo abre espacios donde muchas de esas normas todavía se encuentran en construcción. Inteligencia artificial. Minerales críticos. Transición energética. Hidrógeno. Datos. Biotecnología. Antártida. Océanos. Cambio climático. Comercio de carbono. Allí existe una disputa menos espectacular que una guerra, pero probablemente mucho más importante para nuestra posición durante las próximas décadas.
El poder de poner límites
Por eso esta semana no proyectamos escenarios futuros. No ocurrió todavía un acontecimiento suficientemente importante como para modificar las trayectorias estructurales que venimos siguiendo. La guerra de Ucrania continúa dentro de su dinámica de escalada tecnológica; Medio Oriente permanece extremadamente inestable; la competencia entre Estados Unidos y China sigue siendo la relación central del sistema y los BRICS continúan desarrollándose como plataforma heterogénea del Sur Global.
Lo nuevo está en otro lugar. Por primera vez se puede ver con cierta claridad que la siguiente etapa de la competencia internacional puede consistir también en negociar los límites de la competencia.
Estados Unidos y China descubren que pueden disputar la inteligencia artificial y, simultáneamente, necesitar un canal para avisarse si algo sale mal. Países pertenecientes a espacios geopolíticos diferentes descubren que pueden cooperar para sostener instituciones multilaterales sin necesidad de compartir todas sus posiciones internacionales. Las potencias intermedias descubren que no necesitan pertenecer completamente a un bloque para tener influencia. Y nosotros deberíamos extraer una conclusión. Creiamos que tener poder significaba conseguir que otros aceptaran nuestras decisiones. Quizás en el mundo que viene exista otra forma, menos visible pero igualmente importante: tener poder también será participar en la definición de aquello que nadie debería poder hacer.
Ésa es la discusión que comienza alrededor de la inteligencia artificial. Será también la discusión sobre los océanos, los minerales, los datos, el clima, la biotecnología y probablemente el espacio. Y allí Nuestra América tiene una elección estratégica mucho más profunda que decidir entre Washington y Beijing. Puede esperar que las nuevas reglas sean escritas y después adaptarse a ellas. O puede desarrollar conocimiento, diplomacia, tecnología y coordinación regional suficientes para estar presente cuando comiencen a delinearse.

