Mientras Estados Unidos y China disputan tecnología, energía, finanzas y cadenas de suministro, las guerras revalorizan la industria y la geografía, y las potencias intermedias ensayan nuevas formas de autonomía. En ese mundo más fragmentado, Nuestra América enfrenta una oportunidad histórica: dejar de ser sólo proveedora de recursos y convertir su peso material en capacidad de decisión.
La semana que pasó dejó una imagen bastante más inquietante que la de siete días anteriores. El mundo continúa buscando aquellas “segundas puertas” de las que hablábamos en nuestra última editorial, pero empieza a quedar claro por qué las necesita: las interdependencias que durante décadas hicieron más eficiente a la globalización están convirtiéndose, una tras otra, en instrumentos de presión política.
No estamos asistiendo simplemente al reemplazo de Estados Unidos por China ni al nacimiento ordenado de un sistema multipolar. Estamos viendo algo más desprolijo y, por eso mismo, más interesante: las grandes potencias continúan necesitándose mientras intentan reducir la capacidad del adversario para aprovechar esa necesidad. Las potencias intermedias, mientras tanto, buscan relacionarse con todos sin quedar encerradas por ninguno, y los países periféricos corren el riesgo de descubrir que poseer recursos estratégicos no equivale necesariamente a poseer poder. La palabra que atraviesa esta semana es, entonces, dependencia.
Washington y Beijing: dialogar mientras se construyen las trincheras
La relación entre United States y China ofrece una escena que resume perfectamente este tiempo. Washington y Beijing preparan para mediados de septiembre sus primeras conversaciones oficiales sobre seguridad de la inteligencia artificial, antes del encuentro previsto entre Donald Trump y Xi Jinping el 24 de septiembre. El objetivo es discutir riesgos asociados con sistemas avanzados de IA, incluidos potenciales ciberataques dirigidos por inteligencia artificial.
Podría parecer una señal de distensión. Sin embargo, casi simultáneamente algunos proveedores chinos de tierras raras están dejando de enviar determinados materiales a Estados Unidos por temor a represalias de Beijing. Las dos noticias no se contradicen. Definen la relación.
Estados Unidos y China necesitan construir reglas mínimas para evitar que una tecnología potencialmente disruptiva escape a cualquier control, mientras continúan disputándose aquello que permite construirla: semiconductores, minerales críticos, centros de datos, energía, conocimiento y capacidad industrial.
La inteligencia artificial suele presentarse como una nube abstracta de algoritmos, pero detrás de cada modelo existen toneladas de cobre, tierras raras, enormes cantidades de electricidad, chips extraordinariamente complejos y centros de datos que cuestan miles de millones de dólares. La economía aparentemente más inmaterial de la historia está produciendo una formidable competencia por recursos materiales.
China lo sabe y esta semana anunció un nuevo plan quinquenal destinado a fortalecer miles de pequeñas y medianas empresas tecnológicas —sus llamados little giants— en robótica, nuevos materiales, energía, computación cuántica e inteligencia artificial. El objetivo declarado es aumentar innovación y empleo; el objetivo estratégico resulta igualmente evidente: disminuir vulnerabilidades externas y fortalecer la autosuficiencia tecnológica. Estados Unidos persigue algo parecido desde el otro lado del Pacífico.
El resultado no es todavía un desacople. Es una interdependencia armada: comerciamos con vos, negociamos con vos y quizás hasta cooperemos con vos, pero al mismo tiempo procuramos que aquello que tú controlas nunca pueda paralizarnos. Ése puede ser uno de los rasgos fundamentales del nuevo orden.
Ucrania: negociar mientras se destruye la capacidad del otro
La guerra entre Russia y Ukraine ofrece ahora otra paradoja. Los enviados estadounidenses llegaron a Kyiv después de mantener conversaciones con Vladimir Putin en Moscú, dentro de un nuevo intento de Washington por explorar una salida al conflicto. Mientras los diplomáticos hablan, sin embargo, los drones continúan volando. Esa misma madrugada Ucrania volvió a atacar instalaciones rusas, incluida la refinería de Riazán.
Y ahí aparece una transformación profunda de la guerra contemporánea. Cada vez importa menos distinguir claramente entre “frente” y “retaguardia”, porque la infraestructura que sostiene al combatiente se convierte ella misma en objetivo: refinerías, centrales eléctricas, ferrocarriles, depósitos, fábricas y redes logísticas.
Incluso la central nuclear de Zaporizhzhia necesitó esta semana una tregua específica negociada por el Organismo Internacional de Energía Atómica para permitir reparaciones críticas después de quedar sin alimentación eléctrica externa y depender de generadores diésel de emergencia. La imagen resulta extraordinariamente potente: en pleno siglo XXI, una instalación nuclear gigantesca depende durante una guerra de que llegue suficiente combustible para mantener encendidos sus generadores. La sofisticación tecnológica vuelve a encontrarse con la fragilidad material.
Ormuz: el mundo digital todavía navega en petroleros
Pero el punto más peligroso del tablero internacional sigue estando hoy en Medio Oriente. Durante las últimas horas, fuerzas estadounidenses e iraníes intercambiaron ataques contra embarcaciones alrededor del estrecho de Ormuz. Estados Unidos afirmó haber atacado tres petroleros iraníes después de que la Guardia Revolucionaria lanzara misiles contra buques de la Armada norteamericana; Teherán respondió anunciando nuevos ataques y advirtiendo contra embarcaciones que utilicen rutas no autorizadas. El Brent supera los US$101,20 su nivel más alto desde finales de julio. Ormuz vuelve así a ofrecernos una metáfora casi perfecta de nuestro tiempo.
Podemos desarrollar inteligencia artificial capaz de producir imágenes, escribir programas informáticos o analizar millones de documentos en segundos, pero una porción considerable de la economía mundial todavía puede alterarse porque un petrolero no consigue atravesar un estrecho. La geografía nunca desapareció. Simplemente quedó escondida debajo de la tecnología. Y la energía sigue siendo política condensada.
El Fondo Monetario Internacional calcula actualmente un crecimiento mundial de alrededor del 3% para 2026 y 3,4% para 2027, pero advierte que la desinflación global se ha frenado y que los países importadores de energía están soportando especialmente el impacto de los conflictos, mientras las economías integradas a las cadenas de inteligencia artificial reciben una parte desproporcionada de los beneficios tecnológicos. Ahí encontramos otra fractura del nuevo orden: algunos países venden energía, otros fabrican chips, otros producen inteligencia artificial y muchos simplemente pagan la factura.
India y el nacimiento de una política de múltiples puertas
Si Estados Unidos y China representan la competencia central, India empieza a representar algo diferente: la búsqueda deliberada de autonomía mediante la diversificación. Esta semana Nueva Delhi frenó una posible integración entre su sistema de pagos UPI y Alipay+ por preocupaciones vinculadas con seguridad y manejo de datos relacionados con China. Al mismo tiempo, India profundizó acuerdos con Bélgica y Francia en defensa, semiconductores, minerales críticos, energía limpia e investigación tecnológica. No hay allí una alineación sencilla.
India puede participar del Quad junto con Estados Unidos, integrar BRICS junto con China y Rusia, desarrollar tecnología con Europa, comprar energía rusa y limitar simultáneamente la penetración china en sectores financieros sensibles. Ésta es la autonomía por diversificación que venimos observando. No mantenerse lejos de todos, sino acercarse a varios sin permitir que ninguno se vuelva imprescindible. Para las potencias intermedias, la soberanía comienza a parecerse menos a una muralla y más a una red.
Nuestra América: de poseer recursos a construir poder
Y aquí llegamos a nuestra región. La declaración firmada el 28 de agosto por Argentina, Chile, Bolivia y Perú para cooperar en litio, cobre y otros minerales estratégicos adquiere todavía mayor importancia vista desde los acontecimientos de esta semana. Los cuatro países buscan coordinación, inversión, investigación e innovación alrededor de recursos esenciales para la transición energética y tecnológica mundial. La oportunidad es enorme, pero también lo es el riesgo.
Porque podemos convertirnos en una gran estación de servicio mineral del siglo XXI: extraer litio, cobre y otros recursos para alimentar la transición energética y digital de Estados Unidos, China y Europa mientras importamos desde allí las tecnologías construidas con nuestras propias materias primas. Sería una versión extraordinariamente moderna de una historia muy antigua. Raúl Prebisch reconocería perfectamente el problema.
Por eso la discusión estratégica en nuestros paises no debería limitarse a cuánto litio exportaremos, sino a cuánto conocimiento, industria, infraestructura y tecnología lograremos construir alrededor de él. La verdadera riqueza no está solamente debajo de la cordillera. Está en aquello que seamos capaces de construir sobre ella.
Para Argentina existe además otra dimensión que esta semana volvió inesperadamente al centro de la agenda: el proyecto petrolero alrededor de las Islas Malvinas volvió a tensionar la relación con el Reino Unido y a colocar los recursos del Atlántico Sur dentro de la discusión estratégica nacional. Más allá de la coyuntura política doméstica, el episodio recuerda algo esencial: Argentina debe pensarse geopolíticamente como país bicontinental, con intereses que conectan el territorio continental, el Atlántico Sur y nuestra presencia antártica. Cuando energía, rutas marítimas y recursos vuelven al centro de la política internacional, esa geografía adquiere una importancia que excede ampliamente cualquier gobierno.
Cuatro caminos hacia 2030
Desde aquí podemos imaginar cuatro escenarios.
El primero es una competencia administrada, en la que Washington y Beijing continúan disputándose tecnología y cadenas estratégicas pero mantienen suficiente comercio y diálogo para evitar una ruptura. Para América Latina sería el escenario que ofrecería mayor margen de negociación.
El segundo es una bipolarización tecnológica: una crisis alrededor de Taiwán o una escalada económica termina obligando a los países a elegir sistemas de inteligencia artificial, telecomunicaciones, pagos, semiconductores y cadenas productivas incompatibles. Nuestra soberanía de opciones se reduciría dramáticamente.
El tercero es una multipolaridad de redes, donde India, Brasil, Turquía, Arabia Saudita, Indonesia y otros actores adquieren suficiente capacidad como para impedir que Estados Unidos y China organicen completamente el sistema alrededor de ellos. Éste sería probablemente el escenario más favorable para el Sur Global.
Pero existe un cuarto camino que cada semana parece un poco más plausible: una policrisis administrada, en la que ninguna guerra desencadena una conflagración mundial, ninguna potencia consigue imponerse y ningún conflicto termina completamente. Ucrania continúa, Ormuz se abre y se cierra, la rivalidad tecnológica se intensifica, las finanzas atraviesan turbulencias y los Estados aprenden simplemente a vivir dentro de una inestabilidad permanente. No sería un nuevo orden. Sería un desorden funcional.
La soberanía de las opciones
En el artículo anterior planteábamos que el mundo estaba buscando una segunda puerta. Los acontecimientos de estos últimos siete días permiten avanzar un paso más. Las potencias no buscan alternativas simplemente porque deseen tenerlas. Las buscan porque entienden que toda dependencia excesiva contiene una relación potencial de poder. China puede utilizar tierras raras. Estados Unidos puede utilizar semiconductores, finanzas o tecnología. Irán puede utilizar Ormuz. Rusia puede utilizar energía. Los países productores pueden utilizar minerales. Y quien carece de alternativas termina negociando desde la necesidad.
Por eso la soberanía del siglo XXI quizá deba medirse también por algo mucho más sencillo: cuántas veces un país puede decir que no sin poner en riesgo aquello que necesita para seguir funcionando. Para América del Sur ésta es una oportunidad extraordinaria. Tenemos alimentos, energía, agua, biodiversidad, cobre, litio, hidrocarburos, dos océanos y una posición estratégica excepcional sobre el Atlántico Sur. Pero nuestra historia ofrece una advertencia. Durante siglos tuvimos cosas que el mundo necesitaba. Eso no siempre significó que pudiéramos decidir qué mundo queríamos. La diferencia entre ambas situaciones se llama poder.
Y el desafío de esta nueva época será precisamente ése: transformar recursos en capacidades, capacidades en alternativas y alternativas en decisión. Porque quizás la verdadera autonomía en el mundo que viene no consista en no depender de nadie —algo prácticamente imposible—, sino en lograr algo bastante más inteligente: no depender nunca demasiado de uno solo.
