La transformación del orden mundial no está produciendo todavía un sistema nuevo y estable. Lo que aparece es algo más complejo: un mundo que intenta reducir dependencias mientras continúa necesitando de aquello de lo que quiere independizarse. Estados Unidos y China compiten sin poder separarse completamente; las guerras devuelven centralidad a la energía y a la capacidad industrial; las finanzas comienzan a formar parte de la disputa estratégica y las potencias intermedias descubren que su autonomía depende de multiplicar relaciones. En ese escenario, Suramérica posee recursos extraordinarios, pero sigue enfrentando su viejo problema: transformar importancia económica en capacidad política.
Hay momentos históricos en los que el orden internacional cambia mediante un acontecimiento fácilmente reconocible. Una guerra termina, un imperio desaparece, una potencia derrota a otra y las nuevas reglas comienzan a organizarse alrededor del vencedor. Ocurrió en 1945, cuando Estados Unidos emergió de la Segunda Guerra Mundial con una superioridad económica, tecnológica y militar excepcional; volvió a ocurrir en 1991, cuando la desaparición de la Unión Soviética dejó al sistema internacional durante algunos años bajo una hegemonía norteamericana prácticamente indiscutida.
Nuestro tiempo parece estar siguiendo otro camino. No hay una fecha precisa que marque el final del viejo orden ni existe todavía una arquitectura capaz de reemplazarlo. Lo que observamos es una transformación más lenta, contradictoria y probablemente más profunda, en la que las instituciones creadas durante el siglo XX continúan funcionando mientras las relaciones de poder que les dieron origen empiezan a modificarse.
La semana que terminó ofrece una imagen particularmente clara de ese proceso. Estados Unidos volvió a atacar posiciones iraníes junto al estrecho de Ormuz; Rusia y Ucrania profundizaron una guerra que se libra cada vez más contra infraestructuras, sistemas energéticos y capacidades industriales; Washington y Beijing continuaron disputándose el control de tecnologías estratégicas mientras empresas de ambos países siguen buscando acuerdos comerciales; los mercados volvieron a mirar con preocupación la deuda estadounidense y las tensiones monetarias internacionales; India se prepara para recibir en septiembre una nueva cumbre de los BRICS y, casi sin ocupar las primeras páginas de los diarios, Argentina, Chile, Bolivia y Perú firmaron el viernes una declaración para coordinar políticas alrededor del litio, el cobre y otros minerales estratégicos.
Parecen acontecimientos diferentes. Sin embargo, detrás de ellos aparece una misma preocupación que comienza a organizar el comportamiento de los Estados: qué ocurre cuando aquello de lo que depende una economía, una industria o una defensa nacional deja de estar disponible precisamente en el momento en que más se lo necesita. Ésa puede ser una de las preguntas centrales de la geopolítica contemporánea.
De la globalización eficiente a la globalización segura
Durante aproximadamente cuatro décadas, la economía mundial estuvo organizada alrededor de una idea relativamente sencilla: producir allí donde resultara más eficiente. Si una pieza podía fabricarse más barata en China que en Estados Unidos, se fabricaba en China; si Europa podía obtener energía rusa a menor costo que desarrollando fuentes alternativas, la compraba; si las empresas podían reducir inventarios porque los componentes llegarían puntualmente desde fábricas ubicadas a miles de kilómetros, hacerlo era considerado una virtud administrativa. La eficiencia económica terminó convirtiéndose en una verdadera filosofía de organización del mundo.
El problema apareció cuando los Estados descubrieron que muchas de aquellas cadenas que reducían costos también generaban dependencias estratégicas. La pandemia mostró la vulnerabilidad de cadenas logísticas demasiado concentradas; la guerra de Ucrania recordó a Europa el costo político de la dependencia energética; la rivalidad entre Washington y Beijing reveló hasta qué punto la industria tecnológica estadounidense dependía de cadenas productivas asiáticas, mientras China comprobaba que una parte importante de su desarrollo tecnológico podía ser condicionada mediante restricciones sobre semiconductores, maquinaria avanzada y capacidad informática.
Desde entonces, la palabra decisiva dejó de ser solamente eficiencia. Ahora también importa la resiliencia. Eso significa aceptar algo que habría parecido económicamente irracional hace veinte años: duplicar proveedores, mantener capacidad industrial propia aunque resulte más costosa, acumular reservas estratégicas, asegurar minerales críticos, proteger puertos, subsidiar fábricas de semiconductores o construir rutas comerciales alternativas. En otras palabras, las potencias están dispuestas a pagar una prima económica para reducir su vulnerabilidad política. El mundo está comenzando a construir segundas puertas.
Estados Unidos y China: competir sin poder separarse
La relación entre Estados Unidos y China constituye el laboratorio más importante de esta transformación porque allí aparece una paradoja que probablemente acompañará al sistema internacional durante muchos años: las dos mayores potencias compiten por la supremacía tecnológica y estratégica, pero continúan profundamente conectadas.
Esta misma semana apareció un ejemplo extraordinario. La empresa china Moonshot AI negocia con Microsoft, Amazon y Google acuerdos para que sus plataformas de nube puedan ofrecer Kimi K3, uno de los nuevos modelos chinos de inteligencia artificial. Las conversaciones se desarrollan mientras Washington mantiene restricciones sobre el acceso chino a determinados chips avanzados y discute nuevas medidas relacionadas con inteligencia artificial.
Algo similar ocurre con ChangXin Memory Technologies, principal fabricante chino de memorias DRAM. La empresa demandó esta semana al Pentágono para intentar ser retirada de la lista de compañías consideradas vinculadas con el aparato militar chino, mientras simultáneamente avanza tecnológicamente y acaba de comenzar a producir memorias LPDDR6 destinadas, entre otros usos, a teléfonos, servidores y sistemas de inteligencia artificial. Sus ingresos aumentaron 874% interanual durante el primer semestre.
Incluso Huawei, uno de los símbolos de la confrontación tecnológica entre Washington y Beijing, acaba de firmar con HP un acuerdo mundial de licencias cruzadas sobre patentes Wi-Fi. HP aclaró que no se trata de una alianza estratégica sino de un acuerdo de propiedad intelectual derivado de patentes esenciales para el estándar, una precisión importante que, lejos de quitarle interés geopolítico al episodio, lo vuelve todavía más revelador: aun cuando los gobiernos intentan separar determinados ecosistemas tecnológicos, los estándares, las patentes y las cadenas industriales acumuladas durante décadas continúan atravesando las fronteras políticas.
Ésta es una diferencia fundamental respecto de la Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética dirigían sistemas económicos relativamente separados; Estados Unidos y China intentan construir espacios estratégicos parcialmente diferenciados después de cuarenta años de integración productiva.
Por eso probablemente no veremos un desacople absoluto sino algo más irregular: restricciones en semiconductores, inteligencia artificial, telecomunicaciones, defensa y minerales críticos conviviendo con comercio, inversiones, licencias y cooperación en otras áreas. La disputa central no consistirá necesariamente en eliminar toda dependencia, algo extraordinariamente costoso y quizá imposible, sino en determinar qué dependencias pueden tolerarse y cuáles representan una vulnerabilidad estratégica.
Las guerras devuelven la economía al centro del poder
La guerra entre Rusia y Ucrania está demostrando otra dimensión del mismo fenómeno. Después de más de cuatro años de conflicto, el frente militar sigue siendo decisivo, pero la capacidad de sostenerlo comienza a depender cada vez más de elementos que durante décadas parecieron secundarios frente a la sofisticación tecnológica de las armas: producción industrial, disponibilidad de municiones, energía, infraestructura, financiamiento y capacidad social para soportar una guerra prolongada.
Este fin de semana volvió a quedar brutalmente expuesto. Un ataque ruso contra un depósito cercano a Kyiv dejó decenas de muertos, mientras Moscú anunció preparativos para nuevos ataques contra la infraestructura energética ucraniana y Ucrania continuó utilizando drones para golpear instalaciones y sistemas militares rusos. Al mismo tiempo, Washington intenta reactivar algún canal diplomático: el director de la CIA, realizó una visita reservada a Moscú y planteó la posibilidad de una reunión entre Donald Trump, Vladimir Putin y Volodímir Zelenski, aunque el Kremlin sostiene que un encuentro de ese nivel solamente tendría sentido cuando existiera previamente un acuerdo sustancial.
La contradicción es evidente: mientras se exploran conversaciones de paz, ambos contendientes continúan preparándose para una guerra más larga. Ucrania confirma así una antigua verdad que el mundo posterior a la Guerra Fría había comenzado a olvidar. El poder militar no consiste únicamente en disponer del arma más sofisticada, sino en poder fabricar, financiar, reparar y reemplazar miles de sistemas durante años. La guerra industrial ha regresado, aunque ahora acompañada por drones, satélites, inteligencia artificial y guerra electrónica. La tecnología no reemplazó a la industria. La volvió más compleja.
Si Ucrania muestra el retorno de la capacidad industrial, Medio Oriente acaba de recordarnos algo todavía más elemental: la geografía nunca desapareció. Este domingo Estados Unidos atacó lanzadores iraníes ubicados en la isla de Larak, junto al estrecho de Ormuz, en la primera acción militar estadounidense conocida dentro de Irán desde finales de julio. El episodio interrumpió una breve reducción de las hostilidades y volvió a colocar al corredor energético más sensible del planeta en el centro de la crisis. El petróleo reaccionó inmediatamente al alza.
Ormuz constituye una de esas pequeñas porciones del mapa capaces de afectar la economía mundial. Por allí circula normalmente una parte sustancial del petróleo transportado internacionalmente y cualquier interrupción prolongada afecta precios energéticos, seguros marítimos, transporte, inflación y finalmente crecimiento económico.
Existe aquí una paradoja fascinante de nuestra época. Hemos construido una economía basada en inteligencia artificial, satélites, centros de datos, algoritmos financieros y comunicaciones instantáneas, pero buena parte de esa sofisticada arquitectura continúa dependiendo de que enormes barcos cargados de petróleo puedan atravesar sin problemas unos pocos kilómetros de agua. La tecnología no abolió la geografía. En algunos aspectos, incluso la volvió más importante.
Los centros de datos necesitan electricidad; la electricidad necesita redes; las redes necesitan cobre; las baterías necesitan litio; los semiconductores requieren minerales, maquinaria y enormes cantidades de energía; los barcos necesitan rutas seguras y las economías continúan dependiendo de puertos, estrechos y canales.
Ormuz, Malaca, Bab el-Mandeb, Suez y Panamá vuelven así a ocupar un lugar central en la cartografía estratégica mundial. Son mucho más que rutas comerciales. Son puntos donde la geografía puede transformarse instantáneamente en poder político.
Las finanzas también se convierten en geopolítica
Pero existen otros estrechos que no aparecen en los mapas. El sistema financiero internacional es uno de ellos. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, llega esta semana a la reunión de ministros de Finanzas del G20 enfrentando simultáneamente las consecuencias económicas de la guerra con Irán, las tensiones comerciales generadas por los aranceles y una creciente inquietud de los mercados respecto de la deuda pública estadounidense y los rendimientos de los bonos del Tesoro.
Nada de esto significa que el dólar esté a punto de perder su centralidad. Estados Unidos continúa poseyendo el mercado financiero más profundo del planeta, la moneda de reserva dominante y una capacidad excepcional para financiarse internacionalmente. Pero hegemonía financiera no significa invulnerabilidad.
Las discusiones alrededor de las recompras de deuda estadounidense, la relación entre el Tesoro y la Reserva Federal y las tensiones monetarias internacionales muestran que incluso el corazón financiero del sistema comienza a sentir las consecuencias de un mundo más fragmentado. Los banqueros centrales europeos que participaron esta semana del encuentro de Jackson Hole expresaron precisamente preocupación por el deterioro de algunos mecanismos tradicionales de coordinación con Washington.
Este proceso ayuda a comprender mejor el comportamiento de los BRICS. El objetivo más realista de las potencias emergentes no consiste necesariamente en reemplazar mañana al dólar por una nueva moneda común. Eso requeriría niveles de integración financiera, institucional y política que actualmente no existen. Lo verdaderamente relevante es la construcción gradual de mecanismos alternativos de pagos, comercio en monedas nacionales, sistemas digitales interoperables y nuevas instituciones financieras.
India, que ejercerá de anfitriona de la próxima cumbre de los BRICS en Nueva Delhi, ha colocado precisamente la resiliencia, la innovación, la cooperación y la diversificación de las cadenas globales de valor entre los temas centrales de su presidencia. Nuevamente aparece la misma lógica. No necesariamente reemplazar la primera puerta. Construir una segunda.
El ascenso silencioso de las potencias intermedias
En este contexto adquieren especial importancia India, Brasil, Turquía, Arabia Saudita, Indonesia y otras potencias intermedias que parecen haber comprendido algo que todavía cuesta aceptar desde las viejas miradas binarias: en un mundo fragmentado, la autonomía puede surgir menos del aislamiento que de la multiplicación de relaciones.
India puede profundizar su cooperación con Estados Unidos mientras integra los BRICS junto con China y Rusia. Arabia Saudita puede mantener su histórica relación estratégica con Washington mientras amplía vínculos económicos con Beijing. Turquía puede pertenecer a la OTAN y simultáneamente desarrollar políticas regionales propias. Brasil puede cooperar tecnológicamente con empresas estadounidenses y chinas sin aceptar necesariamente que una relación excluya a la otra.
No estamos ante una repetición exacta del Movimiento de Países No Alineados. Aquellos países intentaban preservar distancia respecto de dos bloques relativamente definidos; las potencias intermedias contemporáneas parecen intentar algo diferente: estar suficientemente conectadas con varios centros de poder como para evitar que cualquiera de ellos pueda transformar una relación económica en subordinación estratégica.
Podríamos llamar a este comportamiento autonomía por diversificación. Es una idea particularmente importante para comprender el Sur Global, porque ese Sur no constituye un bloque homogéneo ni comparte necesariamente una misma visión política. India y China compiten; Arabia Saudita e Irán mantienen profundas diferencias; Brasil posee intereses distintos de Indonesia o Sudáfrica. Lo que los aproxima no es una ideología común, sino una aspiración más pragmática: aumentar el margen de maniobra dentro de un sistema internacional que ya no desean organizado exclusivamente desde un único centro.
América Latina vuelve al tablero
La competencia entre Estados Unidos y China comienza inevitablemente a proyectarse sobre la América al sur del Rio Bravo. China es actualmente un socio comercial central para buena parte de Suramérica y ha desarrollado posiciones importantes en infraestructura, energía, minería y telecomunicaciones. Washington, por su parte, ha vuelto a presentar explícitamente la presencia china en el hemisferio como una cuestión estratégica.
La disputa ya no es solamente comercial. Esta semana diplomáticos estadounidenses y chinos intercambiaron acusaciones relacionadas con tecnología, telecomunicaciones y presencia económica en nuestra América, una señal de que la región está dejando de ser periferia pasiva para convertirse en uno de los espacios donde comienza a proyectarse la competencia entre las grandes potencias.
Incluso la percepción social empieza a reflejar ese cambio. Una encuesta de Pew Research Center publicada en julio mostró que en seis grandes países las opiniones sobre Estados Unidos y China se encuentran hoy mucho más próximas que en el pasado, mientras China aparece en algunos casos como un socio considerado tan confiable o incluso más confiable que Washington.
Esto no significa que nuestra América deba sustituir una dependencia por otra. Precisamente lo contrario. Si la región interpreta la nueva competencia internacional simplemente como una invitación a elegir entre Washington y Beijing, habrá desperdiciado nuevamente una oportunidad histórica.
Litio y cobre: una noticia pequeña que podría contener una idea grande
Por eso quizá una de las noticias geopolíticamente más interesantes de esta semana para nosotros ocurrió en Santiago de Chile. El viernes 28 de agosto, Argentina, Chile, Bolivia y Perú firmaron una declaración conjunta destinada a profundizar la cooperación en minerales estratégicos, especialmente cobre y litio. El acuerdo contempla coordinación, investigación, innovación, fortalecimiento institucional, búsqueda de financiamiento y desarrollo de cadenas de suministro más seguras.
Todavía es solamente una declaración y sería prematuro convertirla en algo que aún no existe. Nuestra América posee una larga historia de acuerdos ambiciosos que posteriormente encuentran dificultades para convertirse en políticas permanentes. Pero la idea que contiene merece atención.
Durante demasiado tiempo nuestros países negociaron recursos estratégicos individualmente frente a compradores globales mucho más poderosos. Cada gobierno buscando inversiones por separado, cada yacimiento negociando condiciones particulares y cada país compitiendo incluso con sus vecinos por atraer capital. Sin embargo, desde una perspectiva geopolítica, el litio argentino, boliviano y chileno forma parte de una misma gran estructura de recursos. Lo mismo ocurre con el cobre chileno y peruano.
Juntos interesan simultáneamente a China, Estados Unidos, Europa, India, Japón y Corea. Separados somos proveedores. Coordinados podemos comenzar a ser interlocutores.
El recurso verdadero no está debajo de la tierra
Aquí aparece una cuestión todavía más importante. Poseer recursos naturales estratégicos no garantiza poder. Nuestra propia historia latinoamericana ofrece demasiadas demostraciones. Potosí tuvo plata; Venezuela posee petróleo; Argentina alimentos; Chile cobre; Brasil hierro y una extraordinaria diversidad mineral. La abundancia de recursos puede generar riqueza, pero también puede consolidar especializaciones primarias y nuevas dependencias.
El verdadero recurso estratégico no es simplemente el mineral. Es la capacidad construida alrededor del mineral. Una tonelada de litio puede salir de la cordillera convertida en materia prima y recorrer miles de kilómetros hasta una batería fabricada en otro continente. O puede convertirse en el punto de partida de una cadena regional que incorpore procesamiento, química avanzada, materiales, investigación científica, almacenamiento energético, fabricación de componentes y conocimiento tecnológico.
La diferencia entre ambas alternativas no está en la geología. Está en la política. Éste debería ser uno de los grandes debates estratégicos argentinos y suramericanos de las próximas décadas: cómo convertir nuestra extraordinaria dotación de recursos en capacidades productivas, científicas y tecnológicas que permanezcan cuando el mineral haya sido extraído.
Argentina bicontinental y la ampliación de nuestra mirada estratégica
Existe además una dimensión que suele quedar relegada cuando pensamos la posición argentina en el mundo. Argentina no termina en Tierra del Fuego. Nuestra condición bicontinental, nuestra presencia permanente en la Antártida y nuestra proyección sobre el Atlántico Sur obligan a pensar la geopolítica nacional en una escala mucho mayor que la del territorio continental tradicional.
El cambio climático, las nuevas tecnologías, la competencia por recursos, las rutas marítimas y la creciente importancia estratégica de los espacios polares harán que el Atlántico Sur y la Antártida adquieran probablemente mayor relevancia durante el siglo XXI. No se trata de trasladar mecánicamente al continente antártico las lógicas de competencia territorial que rigen otras regiones. El Sistema del Tratado Antártico continúa constituyendo una arquitectura jurídica y política fundamental que Argentina debe preservar.
Pero precisamente por eso nuestra presencia científica, logística y diplomática allí constituye una forma concreta de soberanía de largo plazo. En un mundo que vuelve a valorar la geografía, abandonar la mirada bicontinental sería reducir voluntariamente nuestra propia dimensión estratégica.
Cuatro mundos posibles
Nada garantiza que esta transición desemboque en un único modelo de orden internacional. Podemos imaginar, al menos, cuatro escenarios plausibles para la próxima década.
El primero sería una rivalidad administrada entre Estados Unidos y China, en la que ambas potencias protejan tecnologías críticas y determinadas cadenas productivas pero preserven suficiente comercio e inversión como para impedir una ruptura completa. Sería probablemente el escenario más favorable para las potencias intermedias y para Nuestra América, porque permitiría mantener relaciones simultáneas con varios centros.
El segundo sería una bipolarización tecnológica acelerada, posiblemente desencadenada por una crisis alrededor de Taiwán o por una escalada mucho mayor de la confrontación económica. En ese escenario, los países podrían verse obligados a elegir estándares tecnológicos, proveedores de inteligencia artificial, sistemas de telecomunicaciones, arquitecturas financieras y cadenas productivas incompatibles. Nuestro margen de autonomía se reduciría considerablemente.
El tercer escenario sería una multipolaridad de redes, donde India, Brasil, Turquía, Arabia Saudita, Indonesia y otras potencias intermedias consiguieran suficiente densidad económica y diplomática para impedir la consolidación de dos bloques completamente cerrados. Los BRICS funcionarían entonces menos como una alianza tradicional que como una plataforma de negociación y diversificación. Desde una perspectiva sudamericana, probablemente sería el escenario que ofrecería mayores márgenes de autonomía.
Finalmente existe un cuarto escenario, quizá menos espectacular pero también más probable: una policrisis prolongada, donde Ucrania, Medio Oriente, tensiones asiáticas, disputas comerciales, endeudamiento, cambio climático y conflictos tecnológicos se superpongan sin que ninguno reorganice completamente el sistema. No habría una nueva Guerra Fría perfectamente estructurada ni una multipolaridad equilibrada, sino un mundo permanentemente inestable.
Ese mundo valoraría extraordinariamente los alimentos, la energía, los minerales, el agua, la tecnología y las rutas logísticas. Es decir, muchas de las cosas que nuestra región posee.
Una mirada desde el Sur: de la soberanía territorial a la soberanía de las opciones
Llegamos entonces al problema central. Durante buena parte del siglo XX pensamos la soberanía principalmente como control del territorio. Esa dimensión continúa siendo indispensable, pero el siglo XXI obliga a ampliarla.
Un país puede controlar jurídicamente su territorio y, sin embargo, depender completamente de otro para financiarse, producir energía, acceder a tecnología, procesar datos, fabricar medicamentos, utilizar sistemas de inteligencia artificial o comercializar sus principales exportaciones.
Por eso quizá debamos incorporar otra dimensión: la soberanía de las opciones. Un país posee mayor autonomía cuanto mayor sea su capacidad de elegir entre alternativas reales. No significa producir todo dentro de las fronteras ni aislarse de la economía mundial. Tampoco significa mantener idéntica distancia respecto de todas las potencias.
Significa evitar que una dependencia determinada se vuelva tan profunda que otro actor pueda transformar esa dependencia en poder de veto sobre nuestras decisiones. Aquí la idea de soberanía decisional adquiere una expresión concreta.
Soberanía es poder negociar con Estados Unidos sin tener que romper con China; comerciar con China sin quedar subordinados a sus necesidades; vincularnos con Europa, India, Brasil y los BRICS sin convertir ninguna relación en exclusividad; atraer inversiones sin renunciar a desarrollar capacidades nacionales; explotar recursos naturales sin resignarnos a permanecer exclusivamente en el primer eslabón de la cadena productiva. Es construir suficientes puertas para que nadie pueda encerrarnos detrás de una sola.
El mundo que viene
La transformación del orden mundial probablemente no producirá un nuevo sistema perfectamente ordenado en el corto plazo. Estados Unidos seguirá siendo durante mucho tiempo una potencia extraordinaria; China continuará aumentando su capacidad económica, tecnológica y militar; India crecerá en importancia; Rusia conservará capacidad estratégica; Europa intentará recuperar autonomía y las potencias intermedias buscarán aprovechar las grietas abiertas entre los grandes centros.
El resultado será menos parecido a un tablero de ajedrez que a una red cambiante de dependencias, alianzas y competencias. Y allí reside nuestra oportunidad. Suramérica posee acceso a dos océanos, una extraordinaria capacidad alimentaria, agua, biodiversidad, petróleo, gas, cobre, litio, energía hidroeléctrica y renovable, además de una posición singular sobre el Atlántico Sur y una histórica presencia antártica.
El mundo que está naciendo necesita buena parte de aquello que nosotros tenemos. Pero nuestra historia contiene una advertencia que conviene no olvidar: muchas veces fuimos importantes para el mundo sin conseguir que esa importancia nos hiciera más poderosos. Exportamos aquello que otros necesitaban y compramos aquello que necesitábamos para producirlo.
La oportunidad de esta época consiste precisamente en intentar romper ese círculo. Porque la gran disputa geopolítica del siglo XXI no será solamente por territorios. Será también por las dependencias: quién necesita a quién, para qué, cuánto y, sobre todo, con cuántas alternativas disponibles. Estados Unidos y China ya lo comprendieron. Las potencias intermedias están aprendiendo rápidamente y el Sur Global comienza a experimentar nuevas formas de autonomía.
Puede no ocurrir nada. Esta semana, mientras drones atravesaban los cielos de Ucrania, misiles volvían a sacudir el estrecho de Ormuz, Washington y Beijing continuaban su compleja disputa tecnológica y los mercados miraban con inquietud los movimientos de la deuda y las monedas, cuatro países sudamericanos decidieron comenzar a hablar conjuntamente sobre los minerales que el nuevo mundo necesita.
O puede ser una pequeña señal de algo que nuestra región lleva demasiado tiempo postergando: comprender que poseer recursos no alcanza, que integrarse no significa encerrarse y que la autonomía no consiste en elegir entre potencias sino en construir capacidad propia para relacionarse con todas ellas. En un mundo que busca desesperadamente una segunda puerta, el desafío del Sur no debería ser decidir por cuál de las puertas ajenas quiere entrar, sino comenzar, finalmente, a construir los propios portales.
