La Clase Media en el Ascenso de la Nueva Derecha

Intro



Durante las últimas décadas, se ha verificado un desplazamiento político de grandes porciones de las clases medias globales hacia la derecha radical (neoliberal, populista o nacionalista), un fenómeno que amenaza la estabilidad democrática tradicional y redefine el mapa político global.

Lejos de ser homogéneo, este comportamiento político es una respuesta a transformaciones estructurales de la economía y capitalismo global, a una crisis de representación política en la cambiante estructura social, y, a nuevas dinámicas político-culturales que atraviesan distintas regiones del mundo.

El acontecimiento no se explica con (no se trata de) líderes carismáticos aislados; Trump, Bolsonaro, Milei, Kast, Le Pen, Narendra Modi en India o Tobias Rausch, diputado de Alternativa para Alemania (AfD). La materia relevante de estudio. es la migración estructural del voto de la clase media a nivel mundial que se vuelca (en alta proporción) a fuerzas reaccionarias y extremas. Las preocupaciones que sirvieron de hitos como promesas a cumplir en cada país que subyugaron a la burguesía, son distintas, pero todas estimulantes desde la ilusión [emoción] para los votantes.

Así, a modo de clivajes en las preferencias de los sectores medios mudando de tradicionales posiciones progresistas, vemos: la cuestión de la desindustrialización de EE.UU., el “problema migratorio” y la falta de seguridad económica en Francia, el deterioro crónico y alta inflación de Argentina, la demanda de orden y rechazo al progresismo tanto en Brasil como en Chile, el nacionalismo cultural en la India o las metas incumplidas de la reunificación alemana.


No obstante, los cambios estructurales que provocó la globalización con fuerte impronta neoliberal de los 2000, derivó en ciertos desencadenantes de malestar que se presentan común a todas las sociedades afectadas. El descontento de los sectores medios, se puede esquematizar en un puñado de “fuentes” o, en rigor, causales del viraje de sus apoyos electorales:

– La precarización económica, el estancamiento salarial por la reconcentración de los ingresos, y la inflación producto de crisis financieras globales y guerras que disparan precios de insumos básicos y el miedo al descenso social generan una profunda angustia en sectores que antes eran económicamente estables.

– La ansiedad cultural e identitaria, la inmigración y el mercado globalizado, presenta amenazas a la estabilidad tanto del estilo de vida [burguesa] como a las jerarquías sociales establecidas. La brecha educativa, por primera vez desde la posguerra, existe una fractura interna en la clase, con eje en el nivel educacional, la mesocracia universitaria mantiene valores tradicionales y tienden al centro, mientras que la clase media no universitaria se inclina cada vez más a la derecha radical.

– La desconfianza institucional, motorizada por la percepción de una corrupción generalizada en todas las órbitas [los compromisos éticos se deshacen impunemente en las legislaturas, la arbitrariedad es moneda corriente en la Justicia, el descreimiento en la protección de los partidos políticos, cuyos perfiles históricos son desdibujados por las conductas de sus propias dirigencias]. El fracaso de opciones populares progresistas por incapacidad o irresponsabilidad de sus funcionarios para resolver problemas cotidianos (o desatender demandas), dejó un vacío que la derecha llenó con discursos emocionales y culpas dirigidas hacia el Estado, la “casta” o las minorías.

Estas preferencias electorales de las clases medias, traen aparejados efectos en las sociedades y los sistemas políticos, tales como la fragmentación de los sistemas partidarios, el debilitamiento de los consensos tradicionales, y, generando profundas polarizaciones sociales.


¿De qué se trata la «Nueva Derecha»?

Antes de avanzar, tratando de develar la estrategia común de esta expansiva corriente política de Derecha radicalizada, convendría –esquemáticamente– exponer su comparación con la que podemos llamar “derecha tradicional”, la que los ciudadanos de todos los países democráticos conocen, o al menos en los sistemas acreditados como «Poliarquías» al decir de Robert Dahl:

En síntesis, digamos que para la Derecha típica el escenario de la lucha política (1) es el institucional (parlamentarios, ministeriales, el debate formal, etc.), en contraste, el de la Nueva Derecha es pre-político, dado que se da previamente en el plano cultural, trata de ganar en el sentido común de la sociedad.

Para la conquista del poder (2), la tradicional opta por canales institucionales y su dominio sobre el Estado será siempre post electoral. La nueva, no avanza hasta ganar (al menos parcialmente) la batalla cultural en la que se empeña previamente. Las urnas son el último paso para el acceso al poder.

Respecto a los canales de comunicación e interacción con el público (3) [ciudadanía] en el desarrollo de la tradicional, su propaganda, posturas y propuestas, son siempre difundidas a través de medios masivos habituales, tales como TV, radiofonía, diarios. En tanto que la “moderna” derecha empleará preferentemente plataformas como YouTube, podcasts, memes, foros online, es decir; redes sin mediación.

En cuanto a sus oponentes (4), mientras que los conservadores definen a los adversarios políticos, aquellos que no comulgan con la preminencia del libre mercado, de la propiedad privada, del orden social y la autoridad establecidos, priorizando la iniciativa individual frente a la intervención del Estado, la derecha radical, presenta como «enemigos» a la Casta, el establishment progresista, los zurdos en general.

Visión estratégica de la Nueva Derecha

A diferencia de la derecha tradicional —que operaba a través de canales institucionales—, la nueva derecha entendió que la hegemonía cultural precede al poder político: No se toman los Estados, se construye el consentimiento primero. Esta derecha radical aprendió a ganar paradójicamente usando las herramientas conceptuales de un autor marxista como Antonio Gramsci. Un archienemigo ideológico, a quien –por ejemplo– el asesor presidencial Agustín Laje suele citar en sus exposiciones pedagógicas ante adeptos y operadores de la batalla cultural.

Otro adoctrinador que emplea ideas gramscianas para ganar el poder es Filip Dewinter, dirigente del partido flamenco de extrema derecha [Vlaams Belang], él enseña a sus partidarios que buscar la mayoría ideológica es más importante que la mayoría parlamentaria.

La nueva derecha entendió la premisa gramsciana que lograr escaños o asientos ejecutivos con mandatos acotados en el tiempo, no alcanza, así también que el poder institucional sin hegemonía cultural es frágil, pues puede perderse en la siguiente elección.



Evolución histórica de la radicalización

Con tales proposiciones del filósofo italiano, las élites occidentales formularon una suerte de inversión “pre-política”. Se construyó una infraestructura global financiada por grandes capitales (como la Red Atlas, America First Policy Institute o la Fundación Disenso de Vox) para cambiar el “sentido común” de la sociedad antes de las elecciones.

Durante décadas, construyeron el clima de ideas en el que la nueva derecha prospera.



Ese «entramado de soporte intelectual» se conforma no solo con las organizaciones nombradas, sino con una amplia red de patronatos, laboratorios de ideas y coloquios. Se destaca naturalmente la Red Atlas con sede en Washington y vinculada sin disimulo al gobierno estadounidense de turno. Con más de 500 organizaciones en 90 países, habría financiado campañas (o gastos operativos) de presidentes latinoamericanos como Macri, Piñera, Duque y Lasso.

El America First Policy Institute, formado por ex funcionarios de Trump, es un think tank de referencia para Javier Milei. En cuanto a la Fundación Disenso, auspicia el Foro de Madrid, que funge como una Internacional de Derecha, y que se contrapone al Foro de Sao Paulo / Puebla.

Estas redes no producen conspiraciones, pero sí producen el lenguaje con el que la clase media procesará su malestar mucho antes de que aparezcan candidatos.



Como otra categoría gramsciana, debemos destacar que algunas figuras tales como Agustín Laje, Ben Shapiro [comentarista conservador de EE.UU.] o Jordan Peterson [autor anti-woke y conspiranoico canadiense], actúan en el rol de los intelectuales orgánicos, han sido los encargados de instalar diagnósticos [lenguaje] en plataformas digitales (el Estado es el problema o: el enemigo; la cultura está ‘secuestrada’; el progresismo persigue al que piensa distinto, etc.) mucho antes de que surgieran candidaturas competitivas.

Líderes como Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele, Giorgia Meloni o Marine Le Pen no convencieron a las masas; no traen nuevas ideas. Cada uno opera sobre un malestar preexistente que las redes de intelectuales orgánicos de la nueva derecha llevan años construyendo como el centro del “sentido común” de la clase media local. Simplemente llegaron a encarnar y dar rostro a un malestar difuso que ya había sido sembrado, no es el ideario de un «outsider» que desafía al poder.

Es el producto más sofisticado que el poder ha fabricado para mantener la hegemonía en un momento en que la hegemonía tradicional ya no alcanza. Por eso decimos que los candidatos de la nueva derecha son el síntoma, son la consecuencia lógica del clima, no sus creadores.

El ecosistema algorítmico de Derecha

En una suerte de Colonización digital la derecha radicalizada trasladó tempranamente la batalla cultural a las redes sociales, aventaja 10 a 1 a la izquierda en cuanto a suscriptores, mediante el empleo de granjas de bots, como conocimos a través del proceso de Fernando Cerimedo, agente de propaganda al servicio de esa corriente y en la nómina de la CIA, plataformas de broadcasting, podcasts y streamings. Al anticiparse con esta táctica, ganaron “mercado” por no contar – al principio – con contrapuntos ideológicos.

Los algoritmos actúan como incubadoras que radicalizan de forma masiva e individualizada (por ejemplo, derivando contenido de entrenamiento físico hacia discursos sobre “marxismo cultural”).



En la Internet, el fenómeno no es aislado; funciona como una “Internacional de la Nueva Derecha” donde los líderes coordinan mensajes, comparten plataformas y se validan mutuamente. Estamos frente a una red global coordinada. Las redes sociales como infraestructura de producción hegemónica a escala masiva e individual simultáneamente, es más reciente y poderoso. Construyen sentido común individuo por individuo, directo a su teléfono, sin la mediación de la escuela, la iglesia o medios tradicionales. Desde lo inocuo de una búsqueda trivial, van (automatizadamente) derivando mediante recomendaciones, sugerencias, hasta un contenido «formativo». Esta herramienta es un “arma”.

Preservación del sistema e impacto sobre la clase media

Ya desmitificamos la pretensión de que estos líderes sean verdaderos outsiders antisistema, sino productos sofisticados del poder económico.

Su función es explicarle a la clase media que el origen de su frustración no es el capitalismo ni la desigualdad estructural, sino el Estado y la gestión de la izquierda [populismo, progresismo, nacionalismo], logrando que el descontento social proteja, en última instancia, al mismo modelo que lo genera. Este esquema discursivo, y las acciones políticas concretas para tomar al poder, se reafirman en épocas críticas, donde el “sistema” debe protegerse de sus propias fallas económicas.

Cuando la clase media encauza su rabia exactamente en la dirección contraria a sus intereses materiales, la paradoja está completa, y hablamos de la «Inmunología del Sistema».

El suicidio electoral del «medio pelo»

Aquella paradoja material, se concreta cuando las clases medias votan por plataformas que aplican recortes al gasto público y desregulaciones [laborales, servicios públicos, alquileres, etc.] que perjudican directamente sus propios intereses económicos, priorizando el voto como un acto de identidad, rabia y pertenencia.

Para el sociólogo y filósofo francés Didier Eribon, se produce un “suicidio electoral”, al optar por fuerzas perjudiciales a los intereses de su clase y condición. Para él, es una respuesta emocional al abandono cultural [frustración] del progresismo o populismo.

Nosotros coincidimos que el voto ya no es un cálculo puramente económico sino un trance motivado por otras variables psico-sociológicas.

Roberto Candelaresi

Politólogo. Lic. en Adm. Pública. Mg Defensa Nacional