Estados Unidos de la mano de Trump pretende preservar su primacía y China, con Xi Xinping a la cabeza busca amplíar su radio de influencia. Las guerras y conflictos exponen las fragilidades de una economía mundial profundamente interdependiente. Nuestra América debe enfrentar el desafío de construir un lugar propio desde donde posicionarse.
«La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados» Antonio Gramsci, 1930, Cuadernos de la cárcel
El nuevo orden mundial y la disputa entre Estados Unidos y China
Estados Unidos mantiene su superioridad militar y el dólar sigue siendo la principal moneda de reserva del planeta. Las empresas norteamericanas tienen dominio sobre las tecnologías más avanzadas, así y todo, Washington no logra convertir esas ventajas en imposición política. China, entretanto, se ha transformado en una potencia industrial arrolladora, aunque su creciente influencia económica no le garantiza la imposición de su voluntad en el ámbito internacional. Es un mundo donde el poder se reparte de forma desigual, donde ninguna potencia consigue organizarlo a su medida.
Con la globalización avizorábamos una mayor integración económica y menos conflictos. La interdependencia, que contribuia a la estabilidad ahora puede generar vulnerabilidad. Una economía nacional puede sufrir por hechos que suceden a miles de kilometros de sus fronteras o por decisiones tomadas por terceros paises.
La contienda ya no se limita solo a los territorios
Entre Estados Unidos y China la rivalidad es evidente y un claro ejemplo de aquella transformación. Ambos paises se necesitan mutuamente pero el uno y el otro procuran reducir dependencias que afecten su seguridad aunque deban conservar intercambios comerciales. Washington mantiene sus ventajas tecnológicas y financieras y Beijing busca reforzar sus capacidades científicas y asegurarse el abastecimiento de recursos estratégicos mientras amplia mercados.
No es una nueva Guerra Fría. China prosperó dentro de la economía mundial que Estados Unidos contribuyó a organizar, y esa integración hace que una ruptura completa resulte demasiado onerosa para ambos. La competencia por controlar los resortes de la estructura económica es feroz pero ninguno puede equivocarse.
La última tecnologia, la más sofisticada necesita de condiciones materiales muy precisas y quien posee esas capacidades tiene ventajas económicas con las cuales puede condicionar las decisiones de otras naciones. La inteligencia artificial es el nuevo campo de disputa ya que por detrás de los algoritmos hay producción de semiconductores, reservas de materias primas, centrales eléctricas, centros de datos y enormes demandas de recursos económicos.
La guerra entre Ucrania y Rusia muestra que destruir infraestructura energética y usar drones producen un desgaste industrial tan importante como avanzar en el territorio. El conflicto armado en Medio Oriente expone la vulnerabilidad de las rutas marítimas y de las instalaciones petroleras; asimismo, nos demuestra que una crisis regional altera precios internacionales, inversiones y expectativas económicas hasta en los puntos más alejados del planeta.
Los conflictos en curso evidencian que la seguridad de una sociedad o nación depende también de su capacidad para sostener el abastecimiento, las comunicaciones y la infraestructura.
Un mundo con más actores
Los BRICS no constituyen una alianza homogénea, pero sí demuestran que los países buscan alternativas y plataformas desde donde negociar, financiarse y comerciar sin la tutela de una única arquitectura internacional. Aunque sus intereses no son los mismos y sus posibilidades de éxito tampoco, las potencias intermedias como India, Brasil, Turquía, Indonesia y Arabia Saudita, junto a algunos otros estados, procuran ampliar sus márgenes de negociación aprovechando las tensiones existentes entre los principales centros de poder.
Una diversificación de los centros de poder en teoría permitiría ampliar las opciones de los países periféricos, aunque la multipolaridad no es garantía de un orden más democrático y equilibrado ya que también podría dar lugar a una multiplicación de presiones y conflictos.
Nuestra América: con recursos y sin poder
Argentina y Brasil cuentan con condiciones para avanzar en proyectos de integración productiva a gran escala. Tenemos alimentos, agua, energía, minerales estratégicos y capacidades científicas para impulsar el desarrollo. Sin embargo debemos desconfiar de las promesas de prosperidad asociadas con la abundancia de recursos. Historicamente exportamos materias primas e importamos buena parte de los bienes industriales y las tecnologías. Si nos limitamos a reemplazar antiguos productos de exportación por litio, cobre o nuevas fuentes de energía la transición energética podría reproducir esa estructura dependiente.
La verdadera diferencia estará en quién desarrolla el conocimiento, quién controla los procesos industriales, dónde se genera el empleo calificado y qué capacidad conservan nuestros Estados para orientar el desarrollo.
Argentina necesita pensar estas cuestiones junto con su proyección atlántica, su condición bicontinental, la Antártida y las Malvinas. La soberanía territorial, la infraestructura, la ciencia y la política industrial forman parte de una misma discusión, aunque con demasiada frecuencia se las trate como asuntos independientes. Tampoco alcanza con diversificar socios comerciales si cada nueva relación reproduce las mismas asimetrías. Sustituir una dependencia por otra puede modificar nuestros interlocutores, pero no necesariamente nuestra posición en el mundo.
El orden que todavía no existe
Los próximos años podrían conducir hacia una competencia relativamente administrada entre Estados Unidos y China, con potencias intermedias negociando espacios propios. También podrían profundizarse la fragmentación comercial, las crisis energéticas y los conflictos regionales, mientras las instituciones multilaterales pierden capacidad para contenerlos. Una tercera posibilidad sería la construcción gradual de acuerdos más amplios, capaces de reconocer el peso de los nuevos actores sin destruir los mecanismos de cooperación existentes.
Estas trayectorias pueden incluso coexistir. Habrá sectores tecnológicos cada vez más divididos, mercados que continuarán integrados y regiones sometidas a conflictos prolongados. El mundo que viene probablemente no tendrá una arquitectura tan reconocible como la que conocimos durante el siglo pasado.
Para Nuestra América, esperar a que las grandes potencias resuelvan sus disputas sería una forma de renunciar anticipadamente a intervenir en el resultado. Necesitamos fortalecer nuestras capacidades productivas, recuperar instrumentos de integración y construir acuerdos que nos permitan negociar sin convertirnos en piezas de estrategias ajenas.
La soberanía del siglo XXI no consistirá en aislarnos del mundo, sino en disponer de capacidades suficientes para participar de él sin perder el derecho a decidir. Porque cuando un país carece de un proyecto propio, termina ocupando algún lugar en el proyecto de otro.

