Las elecciones en Brasil y la disputa geopolítica por Nuestra América se han convertido en claves para intentar comprender la transformación política que esta ocurriendo en la región. La primera vuelta brasileña dejó mucho más que una elección abierta entre Flávio Bolsonaro, que obtuvo el 47,03% de los votos, y Lula da Silva, que alcanzó el 45,16%.
Detrás de esos números aparece una sociedad atravesada por el malestar económico, la demanda de seguridad, el crecimiento político y territorial de las iglesias evangélicas y una profunda transformación de las identidades populares.
Al mismo tiempo, Estados Unidos reivindica una política hemisférica inspirada en la vieja Doctrina Monroe y China consolida una presencia económica que ya forma parte de la realidad suramericana.
Brasil obliga entonces a mirar la geopolítica desde otro lugar: no solamente desde las cancillerías y las grandes potencias, sino desde los barrios, las iglesias, las redes sociales y la vida cotidiana donde finalmente se construye el poder político.
Que sucede
Últimamente analizábamos el orden mundial siguiendo la competencia entre Estados Unidos y China, la guerra de Ucrania, la crisis de Medio Oriente, los BRICS, la inteligencia artificial, las disputas comerciales y la reorganización de las cadenas productivas.
Es lógico que lo hiciéramos porque allí se están moviendo algunas de las grandes placas tectónicas del sistema internacional, pero la elección brasileña del domingo 4 de octubre introduce una perspectiva diferente y quizás más cercana a nosotros: los órdenes internacionales no cambian solamente cuando una potencia desplaza a otra, cuando se modifica una frontera o cuando aparece una tecnología disruptiva; también cambian cuando las sociedades transforman la manera en que interpretan el mundo, eligen a sus dirigentes y definen aquello que esperan de la política.
Brasil acaba de ofrecer una demostración formidable de ese proceso. Flávio Bolsonaro consiguió 56,1 millones de votos mientras Luiz Inácio Lula da Silva reunió 53,9 millones. La diferencia es estrecha y la elección se resolverá en segunda vuelta el próximo 25 de octubre, pero el resultado adquirió una significación especial porque Bolsonaro terminó por encima de Lula después de haber aparecido detrás en buena parte de las encuestas previas.
Al mismo tiempo, el bolsonarismo avanzó en el Congreso: el Partido Liberal pasó de 15 a 28 senadores y de 98 a 121 diputados, convirtiéndose en la mayor fuerza de ambas cámaras. No estamos, por lo tanto, solamente frente a una elección presidencial competitiva, sino ante una modificación bastante más profunda de la representación política brasileña.
Lo primero que deberíamos evitar es explicar semejante resultado mediante una única causa. Más de 56 millones de brasileños no pueden ser convertidos en una categoría homogénea ni interpretados como si hubieran tomado la misma decisión por idénticos motivos.
Entre ellos existen empresarios y trabajadores, jóvenes y adultos, habitantes de grandes ciudades y pequeñas localidades, sectores religiosos y votantes sin pertenencia confesional, personas preocupadas por la economía, otras por la seguridad y muchas que simplemente expresaron rechazo al gobierno actual o desconfianza hacia el sistema político. La política democrática siempre contiene esa complejidad, aunque nuestras explicaciones posteriores intenten muchas veces reducirla a una frase. Por eso resulta más interesante preguntarse qué elementos diferentes lograron confluir en una misma opción electoral.
No se vota pensando en una estadística
Brasil llegó a las elecciones con indicadores que permitían al gobierno mostrar avances en empleo y reducción de la desigualdad, pero simultáneamente una parte importante de la sociedad continuaba manifestando preocupación por el costo de vida, la inseguridad y la corrupción.
Esa aparente contradicción merece atención porque se repite en muchas democracias contemporáneas: una economía puede mejorar en términos agregados mientras una familia continúa sintiendo que su salario alcanza menos de lo necesario, que endeudarse resulta demasiado fácil y salir de la deuda demasiado difícil, que determinados servicios se deterioran o que caminar por algunas calles produce una inseguridad que ninguna estadística consigue disipar.
Las personas no entran al cuarto oscuro llevando debajo del brazo una planilla de indicadores macroeconómicos. Llegan después de haber pagado el supermercado, viajado al trabajo, esperado un turno médico, conversado con sus vecinos, escuchado a sus hijos, mirado videos en el teléfono y recorrido un barrio que puede haber mejorado o empeorado.
La política se encuentra allí con un problema antiguo que hoy adquiere una intensidad especial: entre aquello que un gobierno consigue demostrar y aquello que una sociedad siente existe una distancia que ninguna campaña puede ignorar.
Los seguidores de Bolsonaro consiguieron trabajar sobre esa distancia y particularmente sobre una demanda que buena parte del progresismo regional todavía encuentra dificultades para incorporar a su lenguaje: la necesidad de orden.
No solamente orden entendido como autoridad policial, sino también como previsibilidad económica, seguridad cotidiana, estabilidad familiar, referencias morales y cierta sensación de que alguien comprende hacia dónde debería dirigirse una sociedad que cambia demasiado rápido.
La elección de Guilherme Derrite como senador por São Paulo, después de haber construido buena parte de su trayectoria política alrededor de una agenda de seguridad de línea dura, es una señal de esa transformación.
La cuestión no consiste en aceptar que cualquier respuesta punitiva sea eficaz ni mucho menos en renunciar a las garantías democráticas, sino en reconocer que cuando una persona teme por su seguridad, la discusión deja de ser abstracta.
Si las fuerzas populares responden solamente explicando por qué determinadas soluciones son incorrectas, pero no consiguen construir una alternativa capaz de reducir ese miedo, dejan libre un territorio político que alguien inevitablemente ocupará.
Las iglesias entendieron algo que los partidos fueron olvidando
Ese territorio no es únicamente electoral. También es social, cultural y afectivo, y allí aparece uno de los fenómenos más importantes para comprender el Brasil contemporáneo: el crecimiento de las iglesias evangélicas. Los datos previos a la elección mostraban una diferencia muy marcada.
Flávio Bolsonaro alcanzaba alrededor del 52% entre los votantes evangélicos, mientras Lula se ubicaba cerca del 26%; entre los católicos la relación prácticamente se invertía, con una ventaja clara para el presidente. También sabemos que una proporción significativa de los electores evangélicos reconoce alguna influencia de sus líderes religiosos sobre sus decisiones políticas. Sin embargo, sería demasiado sencillo concluir que millones de personas votan de determinada manera porque un pastor les indica qué boleta colocar en la urna. El fenómeno es mucho más profundo y, por eso mismo, mucho más interesante políticamente.
Las iglesias evangélicas hicieron algo que una parte importante de los partidos dejó de hacer durante las últimas décadas: permanecieron físicamente en el territorio y construyeron comunidad. En barrios donde desapareció una unidad básica, un comité político, una asociación vecinal o incluso determinados servicios públicos, muchas veces permaneció abierta una iglesia pequeña, con sus luces encendidas cuando alguien necesitaba hablar. Allí no se ofrece solamente una interpretación religiosa del mundo. Puede encontrarse ayuda frente a una adicción, acompañamiento ante una separación, alimentos cuando una familia atraviesa dificultades, contactos para conseguir trabajo, actividades para los hijos, reconocimiento personal y, sobre todo, pertenencia. Una persona deja de ser simplemente un individuo aislado dentro de una gran ciudad y vuelve a formar parte de una comunidad donde alguien conoce su nombre.
Eso tiene una enorme importancia política, aunque la política no aparezca inmediatamente. Porque antes de organizar un voto hay que organizar un sentido de pertenencia y, cuando una institución logra hacerlo durante años, termina construyendo confianza. Después pueden aparecer los dirigentes, los discursos, las consignas y finalmente las preferencias electorales, pero debajo de todo eso existe una trama comunitaria que no puede explicarse solamente mediante manipulación o propaganda. La política tradicional debería observar este fenómeno con menos prejuicio y más curiosidad, porque probablemente encuentre allí una explicación de su propia pérdida de territorialidad.
Dios, familia, seguridad y libertad: una narrativa antes que un programa
El neo conservadurismo brasileño comprendió además que una sociedad fragmentada no busca solamente propuestas económicas. También busca relatos capaces de ordenar la experiencia cotidiana y darle un significado. Dios, familia, seguridad, libertad, mérito, patria y autoridad forman un conjunto de palabras que pueden contener contradicciones cuando se las examina detenidamente, pero que poseen una enorme capacidad para producir identidad. No describen solamente políticas públicas; ofrecen una manera de interpretar el mundo y, sobre todo, permiten distinguir quién pertenece a una comunidad y quién aparece situado fuera de ella.
Ese elemento resulta fundamental porque las elecciones contemporáneas son cada vez menos una competencia entre programas completos y cada vez más una disputa entre formas de pertenencia. Mucha gente ya no vota únicamente preguntándose qué candidato administrará mejor la economía, sino también quién representa a personas como ella, quién respeta sus valores, quién comprende sus temores y quién parece hablar un lenguaje reconocible.
La política de identidades no pertenece exclusivamente a los progresismos, como durante años sostuvo cierta crítica conservadora. Las nuevas derechas construyeron algunas de las identidades políticas más eficaces de nuestro tiempo y aprendieron a conectarlas con instituciones territoriales, comunidades religiosas y plataformas digitales que funcionan simultáneamente como espacios de información, sociabilidad y movilización. Brasil está mostrando hasta qué punto esas dimensiones pueden combinarse.
La elección brasileña también se juega fuera de Brasil
Pero sería un error interpretar todo esto exclusivamente como un fenómeno interno. Brasil vota mientras nuestra región vuelve a convertirse en un espacio de competencia estratégica entre las grandes potencias, y en ese contexto Estados Unidos está recuperando un lenguaje que muchos considerábamos definitivamente archivado en los manuales de historia diplomática.
La Doctrina Monroe nació en 1823 con la idea de impedir nuevas intervenciones europeas en el continente americano, pero con el tiempo terminó legitimando una concepción mucho más amplia de la primacía estadounidense sobre el hemisferio. Dos siglos después, la administración Trump ha vuelto a reivindicar explícitamente esa tradición mediante una fórmula deliberadamente provocadora, la llamada “Donroe Doctrine”, presentada como una actualización de la política hemisférica estadounidense frente a la presencia creciente de actores extrarregionales, especialmente China.
No estamos hablando solamente de retórica. Washington observa con preocupación la expansión china sobre sectores que considera estratégicos: puertos, minerales críticos, telecomunicaciones, energía, infraestructura digital y cadenas productivas. La nueva mirada estadounidense sobre Nuestra América a surge precisamente cuando China dejó de ser una presencia distante para convertirse en uno de los principales socios comerciales de buena parte de América del Sur. Por eso conviene ser extremadamente cuidadosos cuando hablamos de injerencia.
Hasta ahora no existe evidencia que permita afirmar responsablemente que Estados Unidos haya determinado el resultado de las elecciones brasileñas, y hacerlo convertiría un fenómeno social extraordinariamente complejo en una explicación conspirativa demasiado cómoda. Pero tampoco podemos ignorar que la propia inteligencia brasileña informó a representantes europeos sobre presuntas acciones estadounidenses de interferencia, acusaciones que Washington ha rechazado, ni podemos separar ese episodio de una estrategia hemisférica que la administración estadounidense expresa públicamente.
La cuestión importante no consiste entonces en imaginar que millones de brasileños votaron como votaron porque alguien desde Washington consiguió manipularlos. Sería además una forma bastante paternalista de interpretar al propio electorado brasileño. La cuestión consiste en comprender que una elección profundamente nacional se desarrolla simultáneamente dentro de una competencia internacional por la orientación futura del país más importante de América del Sur.
La Doctrina Monroe regresa porque China ya habia llegado
La razón de ese renovado interés estadounidense resulta bastante sencilla: Washington vuelve a mirar intensamente hacia nuestra región porque Beijing lleva años haciéndolo. China compra soja brasileña, cobre chileno, minerales peruanos, alimentos argentinos y materias primas provenientes de buena parte del continente; además financia infraestructura, participa en sectores energéticos y construye vínculos políticos que exceden ampliamente una relación comercial convencional. Estados Unidos, que durante décadas consideró asegurada su primacía hemisférica, descubre ahora que la geografía no garantiza automáticamente influencia.
Esta situación crea una paradoja extraordinaria para América del Sur. Cuanto mayor es la competencia entre Estados Unidos y China, mayor puede ser nuestra capacidad negociadora, pero también mayor es el riesgo de que volvamos a convertirnos en territorio donde otros disputan sus intereses.
Brasil resulta decisivo porque representa aproximadamente la mitad del territorio y de la población suramericana, posee una enorme economía, participa de los BRICS, mantiene una relación comercial fundamental con China y al mismo tiempo conserva vínculos económicos, financieros, culturales y militares muy importantes con Estados Unidos y Occidente. La orientación brasileña nunca afecta solamente a Brasil; modifica inevitablemente el margen de acción del conjunto regional.
Por eso la segunda vuelta tendrá una dimensión internacional evidente. Una eventual presidencia de Flávio Bolsonaro probablemente favorecería un acercamiento mucho mayor a Washington, mientras una continuidad de Lula preservaría una política exterior más diversificada entre Estados Unidos, China, Europa, los BRICS y el Sur Global. Pero incluso esa descripción corre el riesgo de reducir nuestra política a una elección entre potencias ajenas.
La discusión verdaderamente importante debería ser otra: cómo impedir que la América al sur del rio Bravo vuelva a convertirse en una periferia cuyo destino internacional dependa de cuál de las grandes potencias consiga mayor influencia sobre ella.
Nuestra América vuelve al tablero
Nuestra América consideraba su relación con Estados Unidos alrededor de conceptos como dependencia, imperialismo, autonomía o soberanía nacional. Después de la Guerra Fría, muchas de esas categorías parecieron perder centralidad porque la globalización prometía reemplazar las viejas áreas de influencia por una economía internacional crecientemente integrada.
Ahora redescubrimos que la geopolítica nunca había desaparecido. Simplemente estaba esperando. La competencia entre Estados Unidos y China vuelve a colocar a nuestra región dentro de una disputa por recursos, infraestructura, mercados, tecnología y alineamientos políticos, pero encuentra sociedades muy diferentes de aquellas del siglo XX. Tenemos democracias consolidadas en numerosos países, electorados fragmentados, redes sociales que modificaron radicalmente la comunicación política, iglesias evangélicas convertidas en actores territoriales, partidos debilitados y ciudadanos mucho menos dispuestos a mantener fidelidades políticas durante toda la vida.
Eso vuelve la disputa más compleja. Las grandes potencias pueden presionar gobiernos, ofrecer inversiones, imponer sanciones o construir alianzas, pero la orientación de nuestros países también depende de sociedades que cambian desde abajo. Brasil acaba de recordárnoslo.
¿Por qué Brasil votó como votó?
Probablemente nunca podamos reducir la respuesta a una sola explicación y sería bueno que no lo intentáramos. Hubo voto económico, voto religioso, voto conservador, voto por seguridad, voto antipetista, voto favorable al mercado, voto contra las instituciones y seguramente también una parte importante de voto emocional. Los mercados reaccionaron con entusiasmo al resultado: el Bovespa llegó a subir más del 8% y el real se fortaleció más del 4%, mostrando que los actores financieros interpretaron el resultado como favorable a sus expectativas.
Pero debajo de esas motivaciones diversas parece existir un hilo común. Una parte significativa de la sociedad brasileña está buscando orden y previsibilidad en medio de una época que ofrece exactamente lo contrario.
Quiere saber que podrá llegar a fin de mes, que podrá caminar por su barrio sin miedo, que sus hijos tendrán oportunidades, que determinadas referencias culturales no desaparecerán y que existe alguna autoridad capaz de gobernar un mundo que parece cambiar demasiado rápido. La derecha brasileña consiguió interpretar esa ansiedad y convertirla en una identidad política. Eso no significa que pueda resolverla. Significa que consiguió representarla. Y en una democracia, representar un temor suele ser el primer paso para convertirlo en poder.
Una lección incómoda para las fuerzas populares
Aquí Brasil empieza a hablarnos directamente a los argentinos y, en términos más amplios, a las fuerzas populares de nuestra región.
Estimábamos que mejorar salarios, ampliar derechos, reducir desigualdades y desarrollar políticas sociales generaría naturalmente una mayoría política relativamente estable. Esos objetivos continúan siendo fundamentales, pero las sociedades contemporáneas parecen exigir algo más complejo: necesitan también seguridad, comunidad, horizonte, autoridad democrática y una explicación comprensible acerca de hacia dónde se dirigen.
Cuando esas respuestas no aparecen desde una propuesta democrática y socialmente integradora, el vacío no permanece así durante mucho tiempo. Las iglesias pueden ofrecer comunidad donde la política dejó de hacerlo. Las redes sociales pueden proporcionar identidad donde los partidos perdieron pertenencia. Los algoritmos pueden seleccionar enemigos donde antes existía debate político. Y un liderazgo autoritario puede ofrecer la promesa de orden cuando el sistema democrático aparece incapaz de organizar la incertidumbre.
La respuesta más cómoda consiste en afirmar que esos electores fueron manipulados. La más difícil consiste en preguntarse por qué encontraron más reconocimiento en esos espacios que en las organizaciones que históricamente pretendieron representarlos. Esa segunda pregunta duele bastante más. Pero también enseña mucho más.
La segunda vuelta brasileña del 25 de octubre será importante, pero independientemente de quién la gane, la primera vuelta ya dejó una advertencia que merece ser escuchada en toda la región.
La soberanía no comienza en las fronteras, sino en la capacidad de un pueblo para construir su propio destino.
Nuestra América podrá sentirse verdaderamente autónoma cuando deje de disputar dependencias y construya poder, comunidad y recupere el sentido histórico y trascendente de nuestros pueblos.

