Poder y obediencia en el nuevo orden mundial
Considerando la transformación geopolítica actual: ¿cómo está cambiando la relación entre poder y obediencia en el nuevo orden mundial? Las grandes potencias conservan capacidades militares, económicas y tecnológicas extraordinarias, pero encuentran crecientes dificultades para convertir esas capacidades en resultados políticos duraderos.
Estados Unidos y China concentran recursos económicos, tecnológicos y militares como pocas potencias en la historia, Rusia lleva años intentando imponer sus objetivos en Ucrania, Washington despliega su poder sobre Irán pero no logra doblegarlos y los mercados financieros continúan dependiendo de las decisiones de un puñado de bancos centrales. Sin embargo, ninguna de esas capacidades parece traducirse fácilmente en control político. La paradoja del mundo contemporáneo es que existe más poder acumulado, pero resulta cada vez más difícil convertirlo en obediencia. Para las potencias intermedias y para América del Sur, esa brecha abre un espacio que merece ser comprendido.
Hay una forma bastante tradicional de observar la política internacional: contar recursos. Cuántos soldados tiene un país, cuánto produce su economía, cuántas armas nucleares posee, qué participación tiene en el comercio mundial, cuánto invierte en tecnología o qué moneda utiliza el resto del planeta. Son datos indispensables y permiten comprender buena parte de la distribución internacional del poder. Pero los acontecimientos de esta semana sugieren que quizá debamos hacer una reflexión sencilla y al mismo tiempo bastante más incómoda: ¿qué consigue realmente un país con todo ese poder?
Parece algo elemental, pero cambia bastante la perspectiva. Estados Unidos continúa siendo la mayor potencia militar del planeta, posee una formidable capacidad tecnológica y el dólar conserva un papel central en las finanzas internacionales. China se convirtió en una potencia industrial de escala extraordinaria y ocupa posiciones fundamentales en numerosas cadenas productivas. Rusia conserva uno de los mayores arsenales nucleares del mundo y una considerable capacidad militar. Sin embargo, Washington no consigue imponer completamente sus condiciones a Beijing; Beijing tampoco logra obligar a Washington a abandonar sus vínculos militares con Taiwán; Rusia no ha conseguido transformar años de guerra en una resolución definitiva de su conflicto con Ucrania, y Estados Unidos tampoco ha logrado convertir su enorme superioridad militar sobre Irán en una solución política estable en Medio Oriente.
No estamos frente a una desaparición del poder. Sería absurdo afirmarlo. Un portaaviones continúa siendo un portaaviones, una sanción financiera puede destruir empresas, un arancel puede modificar decisiones de inversión y una bomba continúa teniendo consecuencias terriblemente concretas. Lo que parece estar cambiando es la relación entre disponer de poder y conseguir resultados políticos duraderos.
Trump y Xi: dos gigantes que pueden dañarse, pero no ordenarse mutuamente
La cumbre celebrada en Washington entre Donald Trump y Xi Xinping ofrece una buena puerta de entrada. La reunión estuvo precedida por una enorme expectativa porque sobre la mesa había prácticamente un inventario de las grandes tensiones del siglo XXI: comercio, inteligencia artificial, semiconductores, Taiwán, inversiones, agricultura e incluso la guerra con Irán. Sin embargo, el encuentro terminó confirmando una realidad menos espectacular: Washington y Beijing consiguieron preservar el diálogo y administrar algunas tensiones, pero no resolvieron ninguna de las contradicciones fundamentales que organizan su relación.
Esto no significa que la cumbre haya sido irrelevante. Evitar que una rivalidad de semejante magnitud escape de control es, en sí mismo, un resultado importante. Pero precisamente por eso la relación entre Estados Unidos y China resulta tan reveladora. Cada uno dispone de instrumentos extraordinarios para perjudicar al otro y, sin embargo, ninguno posee suficientes instrumentos para obligarlo a aceptar plenamente sus preferencias.
Estados Unidos puede restringir el acceso chino a determinadas tecnologías avanzadas, pero no puede borrar varias décadas de acumulación industrial china. Beijing puede utilizar su posición en minerales, manufacturas y cadenas de suministro, pero no puede prescindir fácilmente de los mercados, las finanzas y determinados conocimientos tecnológicos occidentales. Washington puede vender armas a Taiwán pese a las protestas chinas, mientras Beijing puede aumentar la presión militar alrededor de la isla sin conseguir que Estados Unidos abandone sus compromisos. La consecuencia es una relación bastante distinta de aquella que suele imaginarse cuando hablamos de hegemonía: dos potencias capaces de imponerse costos enormes, pero incapaces de imponerse completamente una a la otra.
Tal vez por eso la palabra adecuada ya no sea simplemente competencia. Estamos viendo una especie de coexistencia coercitiva. Cada potencia intenta modificar el comportamiento de la otra mediante presiones económicas, tecnológicas, diplomáticas y militares, pero ambas descubren continuamente que existe un límite a aquello que pueden conseguir sin provocar daños sobre sí mismas. La interdependencia, en este sentido, no produce armonía. Produce límites.
La inteligencia artificial revela una contradicción todavía mayor
La competencia tecnológica permite observar esta paradoja con extraordinaria claridad. Estados Unidos intenta preservar su ventaja sobre China mediante restricciones a los semiconductores avanzados y políticas destinadas a consolidar un ecosistema tecnológico propio. Beijing responde acelerando la sustitución tecnológica y fortaleciendo sus capacidades nacionales. Hasta aquí, el relato parece el de dos sistemas que progresivamente se separan. Pero las finanzas cuentan una historia bastante diferente.
Mientras los gobiernos levantan barreras alrededor de la inteligencia artificial, inversores estadounidenses continúan financiando empresas tecnológicas chinas y capitales chinos siguen manteniendo una enorme exposición a compañías estadounidenses vinculadas con semiconductores y tecnología. Reuters señaló la última semana que bancos estadounidenses participaron durante 2026 en colocaciones de empresas tecnológicas chinas por unos 17.200 millones de dólares, mientras inversores de China continental y Hong Kong mantienen cientos de miles de millones de dólares invertidos en acciones estadounidenses del sector.
La política intenta separar aquello que el capital continúa encontrando rentable conectar. Y hay un ejemplo todavía más ilustrativo. Una empresa estadounidense de baterías surgida de investigaciones de Stanford decidió instalar su primera fábrica en China después de abandonar un proyecto previsto en Kentucky. La explicación empresarial fue bastante terrenal: proveedores, ingenieros, costos y una cadena industrial que permitía fabricar allí con mayor facilidad.
Esto nos obliga a abandonar explicaciones demasiado simples. Los Estados pueden definir estrategias, aprobar subsidios y establecer restricciones, pero las economías contemporáneas contienen millones de decisiones descentralizadas tomadas por empresas, inversores, universidades, consumidores y trabajadores. Una gran potencia puede orientar ese sistema; controlarlo completamente resulta mucho más difícil.
Quizá una parte de la transformación del orden mundial consista precisamente en eso: los Estados han regresado con fuerza a la economía, pero descubren que la economía que intentan gobernar es mucho más compleja que aquella del siglo XX.
La guerra entre Rusia y Ucrania y el límite de la superioridad militar
La guerra entre Rusia y Ucrania ofrece una versión mucho más dramática de la misma cuestión. Los recientes ataques rusos volvieron a golpear Kyiv, Dnipro, Kharkiv y otras ciudades ucranianas, causando víctimas y daños materiales. Después de años de conflicto, Rusia continúa disponiendo de una capacidad militar muy superior a la de Ucrania en numerosos ámbitos y, sin embargo, esa diferencia no se ha convertido en una resolución política de la guerra.
La explicación no reside únicamente en la resistencia ucraniana. Ucrania forma parte de una estructura mucho más amplia de asistencia financiera, tecnológica y militar occidental (OTAN), mientras Rusia mantiene relaciones económicas y políticas con China, India, Corea del Norte y otros actores. La guerra que ocurre territorialmente entre dos países está sostenida por una trama internacional mucho mayor.
Esto produce una consecuencia importante. El poder de un Estado ya no puede medirse exclusivamente por sus capacidades individuales, porque esas capacidades se insertan en redes externas que pueden amplificarlas o reducirlas. Un país relativamente menor puede resistir durante mucho más tiempo cuando consigue conectar su supervivencia con los intereses de otros actores. Y una potencia considerable puede descubrir que aquello que parecía una relación profundamente asimétrica resulta mucho más difícil de transformar en victoria política.
La tecnología profundiza todavía más esa situación. Los drones permiten atacar objetivos a grandes distancias por una fracción del costo de los sistemas militares tradicionales. Las imágenes satelitales comerciales reducen ventajas que antes estaban reservadas a unas pocas potencias. Las comunicaciones digitales permiten dispersar información y conocimiento. Nada de esto elimina las diferencias entre grandes y pequeños, pero modifica el precio de resistir. Y si resistir se vuelve más barato, obligar resulta más caro.
Irán: destruir no es lo mismo que resolver
Medio Oriente presenta probablemente el ejemplo más crudo de esta diferencia entre capacidad militar y resultado político. Estados Unidos posee una superioridad tecnológica y militar abrumadora sobre Irán. Sin embargo, el conflicto continúa afectando el estrecho de Ormuz, las negociaciones siguen abiertas y cualquier escalada repercute inmediatamente sobre los mercados energéticos internacionales.
El petróleo volvió a subir después que Washington rechazara una propuesta iraní destinada a avanzar hacia la reapertura del estrecho y una negociación más amplia. El Brent volvió a situarse alrededor de los 106 dólares por barril, aunque continúan los esfuerzos de mediación.
Aquí aparece una distinción fundamental que muchas veces se pierde en el análisis geopolítico: destruir capacidad es relativamente sencillo para una gran potencia; construir un orden político posterior es muchísimo más difícil.
Estados Unidos puede atacar instalaciones iraníes. Irán puede amenazar la navegación y elevar los costos de la confrontación. Pero ninguno de esos instrumentos resuelve la ecuación: ¿cómo termina políticamente el conflicto?
Y si la guerra no dirime el conflicto, la economía comienza a hacerlo de otra manera. El petróleo sube, reaparecen presiones inflacionarias, aumentan las expectativas sobre tasas de interés y el costo del enfrentamiento empieza a distribuirse entre países que jamás participaron de la decisión original. La guerra demuestra así que el poder puede viajar muy lejos, pero también que sus consecuencias regresan.
Y aparecieron los bonos
Quizá la noticia geopolítica más interesante de estos días no haya ocurrido en Washington, Beijing, Kyiv o Teherán. Ocurrió en el mercado de bonos.
El rendimiento de los títulos estadounidenses de largo plazo alcanzó niveles que no se veían desde hacía más de dos décadas, en medio de preocupaciones por la inflación, el aumento del gasto público y el enorme volumen de deuda gubernamental. El mercado de bonos del Tesoro estadounidense ronda los 29 billones de dólares, de modo que cualquier movimiento importante en sus tasas repercute sobre prácticamente toda la estructura financiera internacional. Aquí la paradoja del poder adquiere una dimensión fascinante.
Estados Unidos emite la principal moneda internacional y posee el mercado financiero más profundo del planeta. Sin embargo, ni siquiera Washington puede ignorar indefinidamente el precio que los inversores exigen para financiarlo. El Estado más poderoso del sistema también tiene acreedores.
Y esos acreedores no forman un gobierno rival al que pueda negociarse diplomáticamente. Son fondos de inversión, bancos, aseguradoras, fondos soberanos, bancos centrales, empresas y millones de inversores distribuidos por el mundo. La geopolítica clásica nos enseñó a mirar ejércitos. Ahora necesitamos aprender también a mirar rendimientos financieros.
Porque un aumento sostenido del costo de financiamiento puede restringir el margen político de una potencia de una manera que ningún adversario podría conseguir directamente. Esto no representa que “los mercados gobiernen al mundo”. Eso sería otra simplificación. Significa que el poder contemporáneo está rodeado de restricciones que incluso las grandes potencias deben negociar.
Las potencias intermedias descubrieron esa grieta
Y aquí aparecen India, Brasil, Canadá, Turquía, Arabia Saudita, Indonesia y otros actores que durante décadas fueron analizados principalmente por su relación con las grandes potencias. Conviene invertir la mirada. Su creciente margen de maniobra no surge solamente porque hayan acumulado más poder. Surge también porque las grandes potencias poseen menos capacidad para exigir alineamientos absolutos.
India puede cooperar militarmente con Estados Unidos y simultáneamente participar de los BRICS junto con China y Rusia. Brasil puede mantener una relación económica fundamental con China mientras negocia sus diferencias comerciales con Washington. El gobierno brasileño decidió esta semana no aplicar inmediatamente medidas de reciprocidad frente a los aranceles estadounidenses mientras continúen las conversaciones bilaterales. No se trata de neutralidad ni de equidistancia. Es negociación.
Y la negociación resulta posible precisamente porque existen varias relaciones que preservar. Las potencias intermedias comienzan a comprender que, en un mundo donde nadie puede ordenar completamente a los demás, existe valor político en no entregar anticipadamente la propia obediencia.
El Sur Global no es un bloque, y quizá ésa sea su fortaleza
Esto permite también mirar de otra manera al llamado Sur Global. Intentabamos encontrar allí una unidad ideológica que probablemente nunca existió. China, India, Brasil, Arabia Saudita, Indonesia, Sudáfrica, Irán o Emiratos Árabes Unidos poseen sistemas políticos, economías e intereses estratégicos profundamente diferentes.
Los BRICS lo demuestran perfectamente. En su reciente cumbre de Nueva Delhi consiguieron acuerdos sobre representación internacional, mecanismos financieros y cooperación económica, pero continúan existiendo diferencias importantes entre sus integrantes, incluso sobre las propias plataformas de pagos que deberían utilizar. India, por ejemplo, mantiene reservas respecto de determinados sistemas impulsados por China.
Quizá estemos buscando cohesión donde deberíamos buscar otra cosa. La importancia del Sur Global podría no consistir en convertirse en un nuevo bloque disciplinado. Podría consistir precisamente en hacer más difícil que cualquier potencia organice nuevamente el mundo alrededor de un único centro. Eso es menos épico que anunciar un nuevo orden aunque probablemente sea bastante más real.
América del Sur: otro enfoque
Si damos por valido el diagnostico, deberíamos modificar también el enfoque histórico en nuestros debates: ¿con quién debe alinearse América del Sur?
Esa idea supone que la política internacional continúa funcionando como una serie de grandes campos magnéticos y que nuestro destino consiste en decidir cuál ejercerá mayor atracción sobre nosotros. Por el contrario el nuevo contexto permita otra formulación. ¿Qué podemos conseguir precisamente porque nadie puede ordenar completamente el sistema? La diferencia es enorme.
Brasil ya intenta negociar simultáneamente con Estados Unidos, China, Europa y los BRICS. Chile mantiene una economía profundamente integrada al Pacífico mientras conserva instituciones y relaciones occidentales. Argentina necesita inversiones, mercados, tecnología y financiamiento procedentes de distintos lugares y posee, además, capacidades agroindustriales, energéticas, nucleares, científicas y satelitales que permiten relacionarse con varios centros.
No necesitamos convertir cada recurso en una epopeya geopolítica. Tener litio no nos transforma en Arabia Saudita. Poseer Vaca Muerta no convierte automáticamente a Argentina en potencia energética. Y mencionar cada semana el Atlántico Sur tampoco construye por sí mismo una estrategia. Lo importante es otra cosa. Tenemos que aprender a negociar desde aquello que realmente podemos hacer, no desde aquello que imaginamos representar. Eso exige conocer nuestras fortalezas, pero también nuestros límites.
La paradoja de la potencia asimétrica
Aquí aparece una idea que puede servirnos y entonces podríamos hablar de una paradoja de la potencia asimétrica. Las grandes potencias poseen una capacidad extraordinaria para producir consecuencias, pero una capacidad mucho menor para controlar todas las consecuencias que producen.
Estados Unidos puede sancionar, pero no decidir completamente cómo responderán los demás. China puede utilizar su enorme mercado, pero no determinar todas las decisiones de quienes comercian con ella. Rusia puede escalar militarmente, pero no garantizar el resultado político de esa escalada. Los mercados pueden castigar una política fiscal, pero tampoco pueden gobernar directamente un Estado.
Y los países medianos poseen menos recursos, pero pueden aumentar su margen de maniobra aprovechando esas limitaciones cruzadas. El poder deja entonces de ser una línea vertical donde uno manda y otro obedece. Se convierte en una negociación permanente.
Una mirada desde el Sur
Analizábamos el orden internacional considerando quién sería el próximo hegemón. Estados Unidos, China, un mundo multipolar, los BRICS. Tal vez esa búsqueda de un sucesor esté equivocada. Quizás la característica principal del sistema que está apareciendo sea precisamente la dificultad creciente para construir una hegemonía completa.
Estados Unidos sigue siendo enormemente poderoso, pero no puede ordenar solo. China crece, pero tampoco puede hacerlo. Rusia puede alterar el equilibrio, pero no organizarlo. Las potencias intermedias pueden bloquear, negociar y asociarse, pero ninguna puede reemplazar a los grandes centros.
Y los mercados, la tecnología, las empresas y las sociedades agregan nuevas restricciones que ningún gobierno controla completamente. Esto no significa que el mundo se haya vuelto más democrático. Tampoco significa que los países pequeños tengan el mismo poder que los grandes. Significa algo más modesto y, quizá, más importante: la distancia entre poder y obediencia se está ampliando.
Para Nuestra América, comprender esa distancia puede ser más útil que discutir interminablemente cuál será la próxima potencia dominante. Porque cuando nadie puede imponer completamente su voluntad, aparece espacio para negociar. Pero ese espacio no se aprovecha con discursos.
Necesita conocimiento, instituciones, capacidad productiva, diplomacia profesional, coordinación y una idea bastante precisa de los propios intereses. Nuestra oportunidad no consiste en imaginar que el debilitamiento relativo de las grandes potencias nos convierte automáticamente en protagonistas.
Consiste en comprender que un mundo donde resulta más difícil mandar también puede ser un mundo donde resulte más posible negociar. Y quizás allí esté una diferencia fundamental respecto del orden que dejamos atrás. Durante el siglo XX, el tema era quién tenía poder suficiente para establecer las reglas. En el mundo que comienza a aparecer, el asunto puede ser cuánto poder hace falta para conseguir que los demás las acepten.
Entre uno y otro se abre un espacio. Ese espacio se llama política.

