Este artículo pertenece a Silvia Triñanes y toma como referencia el libro de Ariel Goldstein “La Nueva Oligarquía Tecnológica”.
Alex Karp concibe a la sociedad, surgida del tecnocapitalismo, en una meritocracia extrema donde los que no se adaptan son considerados residuales. El mundo que imaginan Karp y Thiel no puede darse en el marco de una democracia. Thiel va más allá y coincide con Yarvin en implantar un gobierno tecnocrático dirigido por elites eficientes y por máquinas con IA. Las ultimas alertas apocalípticas de los CEOS de las tecnológicas, a las que Karp y Thiel no adhirieron, conspiran contra este propósito. El caso Maven, de Palantir, y la escuela de Minab en Irán
La realidad aunque duela
Alex Karp se ve a sí mismo como un adulto en un mundo infantilizado. A su criterio hay que observar la realidad tal cual es y actuar en consecuencia. “Aunque duela”, dice Karp sin remordimiento alguno. Porque es consciente de que ese proceder significará sufrimiento para muchas comunidades e individuos.
Alex Karp es socio de Peter Thiel en Palantir. Obtuvo un doctorado en Filosofía Social en la Universidad de Frankfurt. Él y Thiel son dos intelectuales que comparten una misma visión del mundo.
Karp es un excéntrico que sueña con una sociedad en la que solo los más aptos logran sobrevivir. Adscribe a un darwinismo social donde la meritocracia es aplicada hasta el paroxismo.
Aquellas comunidades que no logran adaptarse a las nuevas exigencias del mercado son calificadas por Karp como “residuales” y en absoluto cuentan con un red de contención que las proteja de la caída.
Tecnocapitalismo
En el tecnocapitalismo, el antagonismo no se expresa entre ricos y pobres sino entre rezagados y adaptados. Sin embargo, la lucha de clases no es desplazada por otro tipo de conflicto emergente.
En la sociedad a la que aspira Karp, la despolitización es total y no existen las contiendas colectivas. Nadie le atribuye a la política la causa de sus males. Todo queda circunscripto a la responsabilidad individual, a lo sumo comunitaria. El conflicto social desaparece.
Las extremas derechas del mundo asignan a esta nueva filosofía social desgranada por Karp y la anteponen a las ideas progresistas, aunque se cuidan bien de que sea tildada de fascista.
Lo interesante es que Karp no se ve a sí mismo como un autoritario. Él está convencido que la dominación tecnopolítica es una forma de responsabilidad moral.
Ahora bien, esa dominación no se puede dar en el marco de la polis ateniense donde los hombres eran libres e iguales, donde había debate público y no intervenía el rey o el tirano.
Thiel rechaza tanto como Karp el debate público. Para ambos la democracia es un estorbo. Thiel asegura a quien quiera oírlo que la regulación y la disputa de intereses ralentizan la innovación y la toma de decisiones.
Reemplazar la democracia liberal
Thiel admira a Curtis Yarvin quien pretende reemplazar la democracia liberal por un gobierno tecnocrático dirigido por elites eficientes. Ve al Estado como una empresa privada y al país comandado por un CEO-monarca. Es decir, un ejecutivo con poder absoluto pero no electo por la población: en definitiva un director general de empresas.
Para los tecnócratas, en la nueva configuración del gobierno las máquinas con IA desempeñarían un rol fundamental en el proceso de toma de decisiones.
Claro que, dadas las advertencias apocalípticas que hicieron Sam Altman, Dario Amodei y Jensen Huang sobre la necesidad de regular la IA —porque actúa fuera de supervisión humana, puede superarnos en inteligencia, crear armas biológicas o incluso destruir la humanidad en el 2030—, habría que pensarlo dos veces antes de darle el control de cualquier Estado.
Ni Thiel ni Karp se unieron a este reclamo desesperado a Donald Trump para que imponga regulaciones a la IA, a lo que el presidente de Estados Unidos se negó rotundamente.
Claudio Martinez, divulgador científico y tecnológico me dijo en su momento que “estos reclamos esconden un objetivo que tienen las tecnológicas: que no entre nadie más al mercado a competir con ellas”.
Otros analistas también coincidieron en que los dueños de las tecnológicas tienen como propósito derribar la ley antimonopolios que rige en USA o directamente buscar apoyo de los inversores en la Bolsa.
Sam Altman insistió ante la ONU acerca de la necesidad de controlar la IA, así que el debate sobre el potencial destructivo de la tecnología queda abierto y vigente.
Estragos de la IA
Lo que sí quedó comprobado es que la IA mal utilizada por los humanos puede causar estragos cuando de la guerra se habla. Maven es la empresa de análisis de datos que trabaja para el Pentágono y es propiedad de Palantir.
Saltó a la luz porque tuvo influencia en el bombardeo de la escuela primaria Shajareh Tayyaebeh en Minab, al sur de Irán en la que murieron 123 niñas.
En el análisis de datos Maven registró que el terreno donde se construyó la escuela pertenecía a una base de la Guardia Revolucionaría Iraní. Lo que no detectó es que luego se elevó un muro que separó la escuela del ámbito militar
El algoritmo tomó todo el predio como objetivo militar y los analistas humanos no tuvieron tiempo de revisar si la información era errónea. Esta falla fue letal, ya que la escuela resultó bombardeada.
Mientras tanto, Thiel sueña con “eregir ciudades flotantes en alta mar, enclaves para millonarios que escapen al control de los Estados, en los que las fantasías libertarias naveguen en lujosos yates a la deriva en aguas sin bandera”, nos advierte Ariel Goldstein.

