Sinopsis: La sociedad está fragmentada, al igual que el sistema de representación política. Este fenómeno no se limita a Argentina. Zygmunt Bauman lo describió hace veinte años como el paso de una política de estructuras fijas a una de vínculos fluidos e inestables, en la que las identidades colectivas se desvanecen y la desconfianza hacia las instituciones crece en gran parte de Occidente. Ante esta fragmentación, la derecha argentina ha logrado lo que la propia oposición aún no ha conseguido: se ha convertido en la primera en unirse en torno a un único líder. Esta unidad es un requisito fundamental para una gobernanza eficaz. Sin ella, ningún proyecto es posible.

Resumen de la Parte I
Al abordar la temática, sostuvimos que el capitalismo contemporáneo ha neutralizado las demandas sociales al transicionar de una lucha económica basada en la clase, a una fragmentación de luchas identitarias, lo que debilitó la confrontación contra el poder económico y facilitó el ascenso de fuerzas de derecha y ultraderecha.
Este fenómeno, acentuado tras la caída de la Unión Soviética, desplazó el debate de la distribución de la riqueza hacia el reconocimiento de identidades y minorías. Las corporaciones y élites neutralizan las demandas sociales mediante el “transformismo”, un proceso que vacía de contenido económico las consignas identitarias para convertirlas –incluso– en un negocio rentable.
Para consolidar esta hegemonía, los gobiernos neoconservadores implementan un dogma neoliberal basado en la meritocracia, la cultura del rendimiento, la discriminación inversa y la estigmatización de la acción colectiva.

La economía de plataformas redefine la explotación laboral mediante una narrativa de libertad y emprendedurismo, que transforma al trabajador en su propio explotador invisible. Apoyado en el solucionismo tecnológico y la gamificación, el sistema elimina los lazos de solidaridad, reemplaza los espacios de organización colectiva y atomiza a los individuos en una competencia constante y desregulada.
La economía de plataformas y los gobiernos de derecha consolidan su hegemonía transformando la precariedad laboral en una supuesta victoria del sentido común.
Para asegurar la acumulación económica, en esta nueva era, el capital abandonó el disfraz progresista y adoptó un discurso de darwinismo social y eficiencia fría, normalizando la desregulación y la pérdida de derechos básicos.
Es evidente, que tal como verificamos hoy en Argentina, hay al menos dos procesos globales concurrentes en marcha: uno de despolitización de la política y otro de deshumanización de lo social.
Por último, y a modo esperanzador, aludimos a la existencia de movimientos globales que desafían la fragmentación identitaria y el capitalismo cognitivo, al articular demandas materiales con luchas de identidad para construir una contrahegemonía digital. En el ámbito laboral, se destacan experiencias como el cooperativismo de plataformas, donde los trabajadores gestionan sus propias aplicaciones colectivamente, y el sindicalismo algorítmico, que utiliza herramientas digitales para transparentar los algoritmos corporativos, organizar huelgas digitales y reconstruir la solidaridad de clase.

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Como complemento a nuestro análisis anterior sobre la fragmentación sociopolítica actual y la potencialidad de consolidar un bloque opositor (capaz de disputar el poder a la derecha reaccionaria oficialista), en esta segunda entrega, profundizamos conceptos de los elementos –siempre desde una perspectiva gramsciana– que se conjugan para generar hegemonía en las sociedades, y a la vez, nos atrevemos a hipotetizar el empleo de algunas herramientas, para resistir al neoliberalismo y su capitalismo desbordado, e intentar reponer los principios humanistas y democráticos, en el sistema político.

Veamos:
Nuevos Intelectuales Orgánicos del Capital y la Derecha
Entendamos inicialmente, que, un intelectual orgánico no es solo un filósofo; es cualquier profesional que le da coherencia, homogeneidad y dirección a los intereses de una clase, estamento o fracción social específica. En el siglo XXI, debemos identificar lo que podemos considerar como una nueva burocracia cultural:

Así tenemos que, en el mundo corporativo, existen aún directores, gerentes y consultores DEI, que auditan o señalan comportamientos y lenguajes como los más adecuados ante la sociedad (proveedores, clientes, medios de prensa, público en general) proyectando una imagen de vanguardia, pero jamás debatiendo [ni habilitando el tópico de] los márgenes de ganancia ni -por ejemplo- los salarios de sus operarios de limpieza.
En el ámbito académico –fundamentalmente, pero no excluyentemente, el privado– hay Departamentos universitarios que híper analizan las microagresiones o la representación en pantalla, financiados por fundaciones corporativas. Traducen la opresión sistémica a un lenguaje técnico y académico que no ofrece herramientas de organización sindical o disputa económica. A esto le podemos llamar la «academia financiada».
Y qué decir de los mass media, donde abundan los comunicadores que –entre otros tantos ‘vicios’– denuncian con vehemencia las brechas de género, la estigmatización o la exclusión de minorías, pero omiten debatir los monopolios de los medios de comunicación donde trabajan, o las políticas públicas manifiestamente antipopulares. Nos referimos al «Periodismo de Agenda».
En definitiva, cerrando el círculo podemos expresar que el progresismo identitario terminó proveyendo al capitalismo y su derecha del siglo XXI, de los intelectuales que necesitaba para justificar su dominio en una era de crisis.
De cualquier modo, la reciente irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) generativa está provocando una de las mutaciones estructurales más profundas del capitalismo del siglo XXI y, en consecuencia, en la estructura de los gobiernos que fundamentalmente lo representan. Ese fenómeno, respecto a los intelectuales tradicionales, no representa una “democratización de la creatividad”, como se vende, sino la proletarización digital y la pérdida de control material de tales eruditos que son (o eran) el sostén «docto» del sistema.

De tal forma que, los redactores, traductores, programadores, ilustradores y diseñadores —sectores que históricamente gozaban de cierto prestigio, autonomía laboral y salarios relativamente estables— están sufriendo el mismo proceso de disciplinamiento y degradación que vivieron los artesanos textiles frente al telar mecánico durante la Revolución Industrial.
La Fuerza de la Buena Fe
El núcleo del argumento gramsciano, es que el sistema es más fuerte cuando sus defensores actúan con honestidad intelectual. Los directivos [personas con autoridad en las instituciones u organizaciones] cuando actúan sobre sus ambientes, lo hacen conforme a lo que genuinamente creen que es lo válido y legítimo para conducir hacia lo más justo para todos. No son actores simplemente pagados y consciente de un engaño, porque de serlo, serían fácilmente desenmascarables.
Lo que los vuelven ultra eficientes, es su «sinceridad» respecto de lo que creen. Lo que hacen en realidad, no es cambiar el mundo para mejor, sino legitimar la existencia de un ente o corporación ante la sociedad. Produce el “sentido común” de –por ejemplo– que el capitalismo puede ser justo si se vuelve inclusivo, ocultando que el capitalismo es, por definición, la explotación de la fuerza de trabajo ajena.

En su tratado El HOMBRE UNIDIMIENSIONAL de 1964, Herbert Marcuse ya advertía: «El pensamiento unidimensional es promovido sistemáticamente por los creadores de la política y sus proveedores de información de masas»

La “emancipación política” y el “hombre egoísta” son dos términos con los que se forja una estructura de dominación social impersonal en la modernidad. Esa emancipación, que es el fruto de la aplicación de la igualdad universal, y clave para que operen las nuevas formas de dominación [y enajenación dirían los marxistas] en la esfera pública moderna, giran en torno de la lógica del mercado y del capital, antes que los principios de una sociedad democrática: la desigualdad es un hecho creciente en todo Occidente.
El pecado de la “Educación” en los países centrales
Es un lugar común sostener que la educación anglosajona es superior a otras tradiciones formativas, y, por tanto, en la periferia, se adoptan sus avances y acervo en general, ratificando ese supuesto rango preferente.
Sin embargo, sus desarrollos investigativos parecen responder, no a alguna selección natural de ideas o inquietudes de sus estudiosos, sino a la lógica del mercado: el mercado académico.
En efecto, se verifica en las grandes –y prestigiosas– universidades del mundo angloparlante, un financiamiento selectivo. Dado que se sostienen económicamente con el arancelamiento al alumnado y donaciones, pero también conceden becas de estudio y realizan investigaciones especialmente culturales (lingüísticos, antropológicos, etc.), a partir del financiamiento de corporaciones y fundaciones privadas, que naturalmente orientan sus objetos de estudio.

En esta órbita, se produce una suerte de «marginalización de lo material», ya que –por ejemplo– las investigaciones sobre huelgas, historia del movimiento obrero o distribución de la riqueza, no reciben fondos privados, porque sus conclusiones atacan la línea de flotación de las ganancias de esas mismas fundaciones.
Usualmente, los egresados de esas instituciones, se perciben como la vanguardia de la revolución cultural, pero su analfabetismo en economía política los vuelve, sin saberlo, los guardianes del “sentido común” del que ya hablamos, y que el capital necesita para que la élite y el 1% siga acumulando riqueza y poder.

En otras latitudes, como la nuestra, aunque se absorba mucho de aquel contenido, también se problematizan otras situaciones y se teoriza sobre diagnósticos y ‘soluciones’ a esas contingencias. En todo caso, acá el riesgo es de caer en la Trampa de la Pureza Ortodoxa, es decir; aplicar al asunto de interés, enfoques meramente dogmáticos (como podría ser el marxismo ortodoxo vulgar) o incurrir en el reduccionismo económico. Todos los elementos y variables de un fenómeno (sin perjuicio de su aparente irrelevancia o singularidad), deben ser considerados como fragmentos y a la vez como conjunto al formular su crítica.
Las demandas de los individuos acerca de un asunto que despierta su interés, deben ser éticamente tenidos en cuenta, pues ha de comprenderse que la cultura y la ideología tienen una eficacia real y material en la historia.
Del simulacro a la disputa real.
Hemos referido a la adopción de una cierta narrativa del poder, que emplea términos caros a los movimientos populares democráticos tales como “equidad” o “inclusión”, que no hacen sino operar un vaciado de sentido. Los términos humanistas, progresistas y de liberación, se vuelven fetiches que adornan [camuflan] el mismo modelo de exclusión económica. De allí la advertencia atento esa apropiación sobre el lenguaje.

Para detectar ese ocultamiento [simulacro] en el discurso de los factores de poder, necesitamos herramientas de análisis crítico del discurso adaptadas a la economía política. Se trata de perforar la superestructura discursiva para exponer la base material e institucional que la sostiene.

Existen estudios semiológicos muy idóneos para ese cometido, que excede largamente el expertise de quien esto escribe, pero podemos formularnos algunas preguntas básicas, cuyas respuestas nos pueden orientar hacia la genuinidad o su inautenticidad del lenguaje empleado. Tengamos presente, que la hegemonía funciona haciendo invisible su propia producción.
Las preguntas serían tales como: ¿quién paga el micrófono? [la difusión del mensaje]; ¿toca alguna ganancia? [altera el modelo?]; ¿se emplean nuevos términos para describir antiguas prácticas? [se presentan como innovaciones inevitables del progreso humano, pero esconden explotaciones]; ¿busca romper lazos comunitarios? [procura impacto social de dispersión]; ¿se usan conceptos simplistas, limpios, virtuales y muy abstractos sin conexión con la ‘geografía’ física? [“la nube”, “datos”, “conectividad”].


Cerrando este inciso, aclaramos que practicar este análisis crítico no implica adoptar una postura antimoderna o anti tecnológica, es solo el paso necesario para disputar el sentido común desde un posicionamiento auténticamente democrático. Siendo su objetivo el desmantelar el simulacro de los gobiernos oligárquicos, autoritarios, etc., es un principio de liberación para las mayorías. En cuanto a la tecnología de nueva generación, debe ser gestionada colectivamente como infraestructura, para para que deje de ser una herramienta de alienación al servicio de ninguna «mesa política» o cenáculo de poderes corporativos.
Algunas consideraciones politológicas
Para un Estado elitista dentro del capitalismo, los movimientos sociales, aquellos que reivindican para sí mejores (o posibles) condiciones de desarrollo, crecimiento, y buen vivir, cuando adquieren cierta densidad (consenso, repercusión, adhesión de independientes, etc.) pueden ser considerados “problemáticos”, y si toman más dimensión, se convierten en “amenazas existenciales”.

Pero el Poder puede gestionar su coexistencia sin mayores problemas –si cuenta con los necesarios recursos presupuestarios– aún aquellas corrientes de retórica radical, o fuertemente identitaria, lo que realmente teme el establishment es a la articulación de estas minorías (por vía de alianzas o luchas coordinadas) tomando consciencia de su condición de clase social en común [trabajadora, media, excluida] es decir, de su situación de mayoría. El bloque dominante, ante esa realidad, siempre activa la represión y la persecución.

Otro tanto ocurre cuando desde los movimientos sociales se organiza y coordina asistencia o ayuda social, o más aún, se crean organismos autogestionados para administrar programas. No se trata de obras de caridad, por ello, la derecha reaccionaria los mira como instituciones contrahegemónicas. Disputando el “sentido común” de la dependencia y la marginalidad, al demostrar en la práctica que la comunidad podía resolver sus necesidades materiales sin el Estado clientelar.
Cuando la derecha accede al gobierno ataca y destruye la obra, o al menos trata de apropiarse de sus activos. En nuestro país, el caso de la Coop. Tupac Amaru y la suerte de su lideresa Rosario Sala es paradigmático. La élite provincial concurriendo con la instancia nacional del mismo tenor, para su aniquilación o destierro de la memoria popular.

Volviendo a Gramsci, para el gran teórico, una verdadera revolución no cambia solo los gobernantes, cambia la estructura psíquica de la sociedad. En ese orden postuló la necesidad de una Reforma Intelectual y Moral para concretarla.
Actualizando esa demanda para el siglo XXI, el lenguaje contrahegemónico actual no debe elegir entre denunciar la segregación/machismo o denunciar la explotación del trabajador, sino explicar como la discriminación o el machismo, son funcionales a abaratar (invisibilizadamente) la fuerza de trabajo.

La contrahegemonía requiere de medios de comunicación independientes, sindicatos de base autogestionados y redes comunitarias financiadas por los propios trabajadores. Mientras los laboratorios de ideas, ONGs y cátedras universitarias privadas dependan de subsidios de corporaciones o fundaciones filantrópicas de multimillonarios, sus críticas estarán ‘acotadas’.
Finalmente, en este acápite incluimos una enseñanza de oro de la ciencia política; una dicotomía que suele plantearse en la práctica política, la que procuraremos operativizar frente a nuestro contexto real. Admitiendo que las sociedades aún padecen de un “progresismo fragmentado”, una deriva que parece eficiente, sería la de Sumar a los distintos grupos oprimidos en una misma corriente de acción; un Frente, pero manteniendo sus demandas separadas. Se trata de una lógica de coalición superficial. Estas experiencias suelen desbordar en “competencia de opresiones” (¿quién sufre más?) y en peleas por la representatividad en el micrófono, en el podio o en el Congreso.
Su complemento binario sería la opción de Articular, que en nuestro caso implicaría soldar las diferencias a través de un aglutinante común: su posición en las relaciones de producción, es decir; realizar su condición de clase trabajadora que amerita mayores derechos y mejores condiciones materiales. Actuar frente al poder real y sus representantes en el gobierno, como bloque,es la única forma de imponer condiciones, y hasta desplazar a la élite de las posiciones de autoridad del Estado.

Para ilustrar el precepto, tomamos un ejemplo histórico preciso. El de Martin Luther King Jr. y la Poor People’s Campaign (Campaña de los Pobres) en 1968. King no dejó de ser un líder negro que luchaba contra la segregación. Sin embargo, entendió que el fin de las leyes racistas no daría de comer a las familias negras si no se reestructuraba la economía estadounidense. Al unir a mineros blancos de los Apalaches, trabajadores agrícolas latinos en California, nativos americanos y desempleados negros de los guetos, King amenazó directamente al bloque dominante.
No los unió borrando sus identidades, sino articulándolos bajo la premisa de que la pobreza y la explotación económica eran el enemigo común. No fue una coincidencia que fuera asesinado precisamente cuando consolidaba este giro materialista.
Armando la Almagama Contrahegemónica
La hegemonía se agrieta cuando el sistema ya no puede cumplir sus promesas de ascenso social. Como vimos en el apartado de los «intelectuales orgánicos», la proletarización de los profesionales creativos y tecnológicos destruye el mito neoliberal de que “el capital humano y el estudio garantizan el éxito económico.

El intelectual tradicional, al descubrir que sus condiciones de existencia son tan precarias como las de un repartidor de plataforma o un obrero fabril, pierde sus ilusiones de clase media. El desafío para la oposición a la dictadura del mercado, consiste en promover que los sectores ‘pensantes’ articulen su lucha con el resto de la mayoría perjudicada, abandone su lealtad al corporativismo elitista, o solo se refugie en la nostalgia de un pasado que lo valorizaba más. La disputa ya no es si la IA debe existir o no, sino quién es el dueño del modelo, con qué datos se entrena y quién se apropia de la gigantesca ganancia de productividad que genera.
Recuérdese que sostuvimos que la hegemonía es invisible para quienes la reproducen. El gran triunfo del capitalismo tardío es haber generado una fenomenal distracción; la preeminencia de la diversidad en el lenguaje [que forja el pensamiento] de la «libertad», ocultando la verdadera propiedad de los medios y a quienes imponen condiciones a todo el resto de la sociedad [humanidad].
Gramsci sostuvo –y concordamos– que; un bloque histórico no es una simple alianza política temporal. Es el acoplamiento perfecto entre la base económica (la estructura) y la superestructura cultural e ideológica (donde se libra la batalla del sentido).
En la Argentina de hoy, para reconstruir la fragmentada oposición en un bloque reconstruido, ha de unificarse la agenda económica y la identitaria en un mismo proyecto político, que articule todas las demandas y las enraíce en relaciones materiales definidas.

El Neoliberalismo (o su expresión “libertaria”) utiliza la identidad sectorial y la individualización, para precarizar la economía [divide et impera]. Sin perjuicio de la escala de ingresos, o su condición étnica o educativa, los Profesionales, Obreros, Empleados y Autónomos, pertenecen a la misma clase real, no aspiracional, que es la de los trabajadores. Si no están agrupados o colectivizados, su posición relativa de fuerza es asimétrica frente al Capital y al Poder.
A nivel sindical, y cuando el discurso hegemónico parece decir que es una institución en decadencia y rumbo a desaparecer, debe darse una adaptación al siglo XXI. Es cierto que, diseñado para el obrero industrial o empleado de servicio del siglo pasado, fallan en representar la diversidad actual. Hoy se trata de Unión en la atomización para la nueva organización. En otros términos: Desplazar la competencia interna entre trabajadores (fomentada por las app

s) hacia la demanda colectiva contra el algoritmo dueño del capital, ese es el verdadero enemigo común.
La mejor herramienta contra la fragmentación es la demanda de bienes públicos y derechos universales. Las políticas focalizadas dividen; las políticas universales unifican. Los servicios públicos primordiales, tales como Salud, Educación, Seguridad, Defensa Civil, etc. cuando funcionan con excelencia benefician a todos los habitantes por igual. Su demanda construye la noción de que existen derechos básicos que están fuera del mercado (a despecho de Javier Milei), unificando a las mayorías bajo una misma bandera.
Por último, el campo Nac. & Pop. Debería abocarse a crear realmente, “Intelectuales Orgánicos” de las Clases Populares. Su producción ‘interna’ previene (al menos relativamente) la cooptación de estas personas por parte del establishment. Además de la formación partidaria de cada corriente, debería apuntalarse la capacitación de: Líderes comunitarios, Activistas vecinales y Comunicadores digitales que provengan de los sectores precarizados, lo que se llama formación de base.

Una postrera recomendación para considerar sería Desmitificar el lenguaje técnico, es decir, traducir los análisis sociológicos y económicos complejos a un lenguaje accesible y cotidiano, devolviendo la discusión al terreno de la dignidad laboral y la justicia distributiva. Ello será tarea de cientistas sociales y académicos en general, que adhieran a este proyecto.
Concluyendo
Hemos repasado algunas ‘recomendaciones’ que nos parecen pertinentes para la construcción de un verdadero bloque antagónico a la actual fuerza dominante inscripta en la extrema derecha elitista, que campea hoy por gran parte de las Américas, incluyendo –desde ya– a nuestro país.
En la primera parte de este artículo, hicimos referencia a algunas experiencias exitosas que se verificaron en Europa, con la reorganización de trabajadores de apps y otros autónomos, que bien podrían ser tomadas como guías en nuestras latitudes, si la voluntad política de las masas es la autonomía y la emancipación.
Conforme nuestro análisis, las bases de ese suceso serían las siguientes:
a). – Evitaron la “competencia de sufrimiento”: En lugar de discutir en una asamblea “quién sufre más”, identificaron al algoritmo, al verdadero dueño o a la corporación como el antagonista común.
b). – Politizaron lo cotidiano: Llevaron la discusión de la identidad al terreno de la supervivencia material (el alquiler, el salario, la comida, la salud).
c). – Crearon instituciones propias: No esperaron que una marca de ropa financiara su causa; crearon sindicatos, cooperativas, comedores populares y redes de apoyo que sostienen su hegemonía alternativa en el tiempo.

La conclusión de todo este recorrido sociológico es clara: la lucha contrahegemónica no se disputa en los departamentos de recursos humanos, en las pantallas de streaming ni en las cumbres de filantropía global. Ocurre en el terreno material de la organización colectiva, allí donde los personeros del capital [1%] necesitan fragmentar a los trabajadores para evitar que descubran que, sumando todas sus diversidades, siguen siendo el 99%.
Agosto de 2026

Roberto R. Candelaresi
Politologo & Lic. Adm. Púb.
