Durante décadas se afirmó que la interdependencia económica reduciría la posibilidad de las guerras. La idea parecía razonable: cuanto más comerciaran dos países, mayor sería el costo de enfrentarse. Sin embargo, el mundo de 2026 ofrece una conclusión diferente. La interdependencia no eliminó los conflictos. Los trasladó hacia el interior de las cadenas productivas, los sistemas financieros, las redes energéticas y las infraestructuras tecnológicas.
Hoy las potencias no se preparan únicamente para ganar una guerra. Se preparan para sobrevivir a una interrupción.
Acumulan petróleo, gas, minerales críticos, alimentos, chips y divisas. Subsidian industrias que antes dejaban en manos del mercado. Protegen puertos, cables submarinos, satélites, centros de datos y fábricas de semiconductores. Buscan proveedores alternativos y reducen su dependencia de adversarios potenciales.
Estamos ingresando en la era de la geopolítica de las reservas.
El conflicto con Irán cambia la economía mundial
La escalada entre Estados Unidos e Irán ocupa hoy el centro inmediato del tablero. Washington amplió sus operaciones contra objetivos iraníes, mientras Teherán respondió con drones y misiles contra países aliados de Estados Unidos en el Golfo.
El conflicto tiene varias dimensiones. Está en juego el programa nuclear iraní, pero también el equilibrio regional, la seguridad de Israel, la presencia estadounidense, las redes militares vinculadas con Irán y el control de las rutas energéticas.
El estrecho de Ormuz es especialmente sensible. Por allí circula una parte considerable del petróleo y del gas comercializados internacionalmente. No es necesario que el paso quede completamente cerrado para producir una crisis. Basta con que aumenten los riesgos, los seguros marítimos, los costos de transporte y la incertidumbre.
El petróleo Brent se ubicaba el 16 de julio alrededor de los 84,50 dólares por barril, luego de acumular una suba semanal cercana al 11 %. El aumento presiona nuevamente sobre la inflación y complica las decisiones de los bancos centrales, que podrían verse obligados a mantener o elevar las tasas de interés.
La gran contradicción es que Estados Unidos e Irán parecen buscar objetivos limitados, pero utilizan instrumentos que pueden producir resultados ilimitados. Washington quiere debilitar la capacidad militar iraní sin quedar atrapado en una ocupación. Irán pretende demostrar que puede castigar a sus adversarios sin provocar su propia destrucción.
El riesgo es una escalada por acumulación. Cada ataque que intenta restaurar la disuasión genera una represalia que exige un nuevo ataque.
China se preparó para la tormenta energética
La respuesta china a la crisis merece especial atención porque revela una transformación más profunda.
China fue durante muchos años uno de los grandes puntos débiles del sistema energético mundial. Su extraordinaria expansión industrial aumentó su dependencia del petróleo importado y de las rutas marítimas controladas, directa o indirectamente, por Estados Unidos y sus aliados.
Beijing respondió construyendo reservas estratégicas, incrementando la producción interna, electrificando el transporte e impulsando vehículos eléctricos, energía nuclear, solar y eólica.
Durante la actual crisis, China pudo reducir sus compras externas, recurrir a sus reservas y limitar temporalmente las exportaciones de combustibles refinados. Según un análisis de Reuters, el país habría acumulado reservas que podrían alcanzar los 1.500 millones de barriles.
La importancia política de este dato supera al mercado petrolero.
China está demostrando que su estrategia no consiste únicamente en alcanzar a Estados Unidos en tecnología o capacidad militar. También busca reducir los mecanismos mediante los cuales Washington podría estrangular su economía en una crisis.
La acumulación de reservas energéticas forma parte de la misma lógica que explica sus inversiones en semiconductores, alimentos, tierras raras, flota mercante, infraestructura ferroviaria y rutas terrestres hacia Asia Central.
La nueva competencia entre grandes potencias es una competencia por la resistencia.
Estados Unidos y China: desacoplarse sin poder separarse
La rivalidad sino-estadounidense continúa siendo el eje estructural del sistema internacional. Pero no es una nueva Guerra Fría en sentido clásico.
Durante la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética existían dos sistemas económicos relativamente separados. Hoy Washington y Beijing compiten dentro de una economía mundial construida sobre décadas de integración.
Estados Unidos domina segmentos fundamentales de las finanzas, el diseño de chips, el software y las alianzas militares. China posee una capacidad industrial difícilmente reemplazable y ocupa posiciones decisivas en minerales críticos, baterías, paneles solares, vehículos eléctricos, maquinaria y componentes.
Ambos intentan reducir vulnerabilidades, pero ninguno puede separarse completamente del otro sin asumir costos enormes.
Las restricciones estadounidenses sobre semiconductores buscan limitar el acceso chino a la computación avanzada y a la inteligencia artificial. China responde acelerando su sustitución tecnológica y utilizando su posición en tierras raras y materiales críticos como instrumento de presión.
Especialistas consultados por CSIS -Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales- consideran que la relación se estabilizó parcialmente después de los acuerdos alcanzados a finales de 2025, pero continúan intactas las diferencias sobre comercio, tecnología y Taiwán.
Esto produce un desacople selectivo: se mantiene el comercio general, pero se militarizan los sectores estratégicos.
Taiwán y el peligro del bloqueo gradual
Taiwán sigue siendo el punto de mayor riesgo entre las dos potencias.
La lectura más habitual imagina una invasión china a gran escala. Pero existen alternativas menos espectaculares y posiblemente más probables: inspecciones marítimas, bloqueos parciales, ejercicios militares prolongados, ciberataques, presión económica o interrupciones selectivas de rutas.
Un bloqueo permitiría a Beijing aumentar la presión sin asumir desde el primer momento el costo de una invasión anfibia. También obligaría a Estados Unidos y sus aliados a decidir si rompen físicamente el cerco, con el riesgo de iniciar una guerra directa.
La posición taiwanesa en la industria de semiconductores convierte cualquier crisis en un problema mundial. Una interrupción significativa afectaría automóviles, telecomunicaciones, defensa, inteligencia artificial, industria médica y electrónica de consumo.
Taiwán no es importante únicamente por su territorio. Es importante porque concentra una capacidad productiva que el resto del mundo aún no puede reemplazar rápidamente.
La paradoja es que esa centralidad funciona como protección y como vulnerabilidad. Nadie desea destruir la principal fuente de chips avanzados, pero todos saben que su control tendría consecuencias estratégicas extraordinarias.
Ucrania: de la guerra territorial a la guerra logística
La guerra de Ucrania continúa sin una salida próxima.
El Kremlin afirmó el 16 de julio que no existen perspectivas inmediatas de retomar las negociaciones, aunque mantuvo formalmente abierta la posibilidad de conversar. Las partes siguen separadas por objetivos incompatibles: Ucrania exige un cese del fuego y garantías de seguridad; Rusia pretende un acuerdo que reconozca sus conquistas y limite la capacidad militar ucraniana.
Mientras tanto, el conflicto se desplaza progresivamente hacia la logística, las rutas marítimas, la energía y la industria.
Rusia y Ucrania atacaron embarcaciones en el mar Negro y el mar de Azov. Los incidentes interrumpieron parte del tráfico cerealero ruso y redujeron la capacidad exportadora de los puertos ucranianos. Los precios del trigo reaccionaron inmediatamente.
Esto muestra que la guerra no se limita al frente militar. También se libra sobre la capacidad de exportar alimentos, financiar al Estado, producir drones, conseguir municiones y sostener a la población.
Las víctimas civiles siguen aumentando. Naciones Unidas registró 1.272 civiles muertos y 6.871 heridos entre diciembre de 2025 y mayo de 2026, un incremento interanual del 40 %. Los ataques con drones y misiles de largo alcance son la principal causa.
Rusia no ha conseguido una victoria decisiva, pero conserva profundidad territorial, capacidad militar y recursos para prolongar la guerra. Ucrania ha demostrado una extraordinaria capacidad de adaptación tecnológica, aunque depende de asistencia externa, defensas aéreas y estabilidad política interna.
El escenario más probable es una guerra de desgaste acompañada por negociaciones intermitentes, sin una paz definitiva.
Gaza: una tregua que no construyó un orden político
La situación en Gaza demuestra que un cese parcial de las operaciones no equivale a una solución.
Las cuestiones fundamentales permanecen abiertas: quién gobernará el territorio, qué ocurrirá con las armas de Hamas, cuándo y hasta dónde se retirará Israel, quién garantizará la seguridad y cómo se financiará la reconstrucción.
Israel controla más del 60 % del territorio, incluidos los pasos de entrada. La mayoría de la población continúa desplazada y vive en tiendas o edificios dañados.
Las operaciones israelíes no cesaron completamente y continúan produciendo víctimas. Hamas, a su vez, rechaza las acusaciones de interferir en la distribución de ayuda y sostiene que algunas de sus intervenciones buscaban impedir el contrabando. Naciones Unidas denunció intimidaciones y ataques contra trabajadores humanitarios.
La falta de un acuerdo político puede generar una fragmentación territorial prolongada: zonas controladas por Israel, áreas administradas por estructuras internacionales, espacios bajo influencia local y una reconstrucción desigual.
El peligro es que Gaza deje de ser una guerra abierta sin convertirse en una paz. Podría quedar reducida a una emergencia permanente, administrada pero no resuelta.
La economía mundial paga el precio de la inseguridad
La suma de guerras, sanciones, aranceles y costos energéticos está reduciendo el crecimiento mundial.
El Banco Mundial prevé una expansión global de apenas 2,5 % durante 2026, el ritmo más débil fuera de una recesión en casi dos décadas. Dos tercios de las economías recibieron revisiones negativas respecto de las previsiones de enero.
La preocupación principal es la combinación de bajo crecimiento e inflación energética. Si el conflicto de Medio Oriente produce interrupciones más severas y tensión financiera, el crecimiento podría caer al 1,3 % y la inflación mundial alcanzar el 4,4 %.
La inteligencia artificial es la principal promesa positiva. Puede elevar la productividad, mejorar procesos industriales y generar nuevas actividades. Pero también exige grandes cantidades de energía, chips, centros de datos, capital y personal especializado.
Por eso la competencia tecnológica no está separada de la competencia energética. Quien quiera dominar la inteligencia artificial necesitará electricidad abundante, redes estables, minerales, agua para refrigeración y capacidad de fabricación.
La economía digital no elimina la materialidad. La intensifica.
Las potencias intermedias descubren el valor de no elegir
India, Turquía, Arabia Saudita, Brasil, Indonesia y otros actores buscan evitar el alineamiento automático.
India es un caso especialmente importante. Nueva Delhi coopera con Estados Unidos en seguridad, mantiene relaciones con Rusia, comercia con China y busca desarrollar su propia base industrial.
El gobierno indio identificó unos 51.000 millones de dólares en importaciones críticas que pretende sustituir mediante producción doméstica. El programa incluye vehículos eléctricos, componentes solares, textiles y otros bienes estratégicos. China sigue siendo su principal proveedor, con exportaciones a India por unos 132.000 millones de dólares.
La estrategia india muestra una tendencia mundial: la autonomía ya no significa aislamiento, sino diversificación.
Las potencias intermedias quieren comprar armamento a un país, energía a otro, tecnología a un tercero y financiamiento a un cuarto. No buscan neutralidad moral. Buscan libertad de maniobra.
Estados Unidos y China intentarán atraerlas, pero cuanto mayor sea la competencia entre las grandes potencias, mayor será el poder de negociación de quienes puedan ofrecer mercados, rutas, minerales, alimentos o posiciones estratégicas.
El Sur Global entre la oportunidad y una nueva dependencia
El llamado Sur Global dispone de recursos que el mundo necesita: alimentos, energía, cobre, litio, níquel, tierras raras, agua, biodiversidad y territorios aptos para infraestructura.
Pero poseer recursos no equivale a controlar su valor.
La transición energética puede abrir una nueva etapa de desarrollo o reproducir una vieja estructura colonial: materias primas exportadas desde el Sur, tecnología y ganancias concentradas en el Norte o en Asia.
El desafío consiste en negociar no solamente inversiones, sino procesamiento local, transferencia tecnológica, empleo, infraestructura y participación en las cadenas de valor.
China ofrece financiamiento, mercados e infraestructura, pero también puede consolidar relaciones asimétricas. Estados Unidos y Europa presentan alternativas, aunque frecuentemente acompañadas por condiciones políticas, financieras o regulatorias.
La autonomía no se consigue sustituyendo una dependencia por otra.
América Latina: recursos abundantes, estrategia escasa
América Latina podría beneficiarse de la reconfiguración mundial. La región cuenta con alimentos, energía, minerales, agua y distancia respecto de los principales escenarios bélicos.
Sin embargo, el Banco Mundial proyecta un crecimiento regional de apenas 2,2 % en 2026.
El problema no es la falta de recursos. Es la dificultad para convertirlos en capacidades tecnológicas, industriales y políticas.
Argentina posee alimentos, energía, litio, cobre, capacidad nuclear, conocimiento científico y una posición geográfica favorable. Pero sin una estrategia de desarrollo puede quedar reducida a proveedora de materias primas y territorio para proyectos diseñados en otros centros.
La pregunta central no debería ser si conviene alinearse con Estados Unidos o China. Debería ser qué relación con cada uno permite ampliar la capacidad nacional.
Eso requiere continuidad institucional, infraestructura, crédito productivo, universidades, empresas tecnológicas y una política exterior capaz de negociar sin gestos ideológicos innecesarios.
Cuatro escenarios para los próximos años
Inestabilidad administrada
Estados Unidos y China mantienen una competencia intensa, pero evitan la guerra directa. Ucrania y Medio Oriente atraviesan ciclos de escalada y negociación. El comercio mundial continúa, aunque con mayores controles.
Es el escenario más probable.
Fragmentación en bloques
Se consolidan sistemas tecnológicos, financieros y comerciales parcialmente separados. Los países deben elegir proveedores de telecomunicaciones, plataformas digitales, monedas de pago y armamento.
El costo económico sería elevado, especialmente para las economías periféricas.
Crisis conectadas
Una interrupción prolongada en Ormuz, una escalada en Taiwán y una intensificación en Ucrania podrían coincidir. La combinación produciría inflación, desabastecimiento, recesión y presión financiera.
Es menos probable, pero constituye el principal riesgo sistémico.
Nuevo equilibrio negociado
Las grandes potencias reconocen que ninguna puede imponer completamente sus condiciones y acuerdan reglas mínimas sobre comercio, tecnología, energía, ciberseguridad y conflictos regionales.
Es el escenario más deseable, pero todavía no existen las condiciones políticas para alcanzarlo.
Señales que debemos observar
Hay cinco indicadores que permitirán anticipar un cambio de tendencia.
El primero es el tránsito por el estrecho de Ormuz. Una caída prolongada elevaría fuertemente los precios energéticos.
El segundo es la utilización china de sus reservas y controles de exportación. Mostrará hasta qué punto Beijing puede protegerse trasladando costos al resto de Asia.
El tercero es la actividad en el mar Negro. Una interrupción mayor de granos repercutiría sobre precios alimentarios y países importadores.
El cuarto es la evolución de las restricciones sobre chips y minerales críticos entre Estados Unidos y China.
El quinto es la conducta de India, Arabia Saudita, Turquía y Brasil. Si coordinan posiciones, las potencias intermedias podrían convertirse en un polo más autónomo.
Conclusión: ya no alcanza con ser eficiente
El mundo de la globalización confiaba en la eficiencia. El mundo que está naciendo privilegia la resiliencia.
Una empresa eficiente reducía inventarios. Una empresa resiliente acumula componentes.
Un país eficiente importaba energía barata. Un país resiliente diversifica proveedores y construye reservas.
Una economía eficiente se especializaba. Una economía resiliente conserva capacidades industriales que quizá no sean las más baratas, pero resultan esenciales durante una crisis.
El nuevo poder internacional se medirá por la capacidad de resistir bloqueos, sanciones, guerras, interrupciones digitales y escasez energética.
La gran disputa del siglo XXI no será solamente por controlar territorios. Será por decidir quién puede seguir funcionando cuando el sistema se interrumpe.
Para América Latina, esta transformación representa una advertencia y una oportunidad. La región posee muchos de los recursos que las potencias necesitan. Lo que todavía debe construir es la voluntad política y la capacidad industrial necesarias para administrarlos en función de sus propios intereses.
