EL PETRÓLEO EN LA GEOPOLÍTICA ACTUAL

Introducción

El petróleo, como recurso no renovable, continúa siendo un pilar fundamental de la geopolítica mundial, tanto como fuente primaria de energía como instrumento de influencia política. Hay economías que sin energía barata; no son viables o al menos no son competitivas, quienes poseen o controlan sus fuentes, en este caso el petróleo, la emplean como importante herramienta política internacional [ventaja] o arma energética [amenaza]. Como atestiguamos en nuestra época, el “tema petróleo” se decide en un Juego Global en el que cada acuerdo o conflicto, impacta.

En este sentido, su relevancia se encuentra estrechamente vinculada a la política exterior de potencias en declive —como ha ocurrido históricamente con imperios precedentes—, lo que exige analizarlo dentro del contexto geopolítico contemporáneo, caracterizado por tensiones crecientes.



Asimismo, la geopolítica del petróleo está profundamente relacionada con la noción del “pico petrolero”, es decir, la conciencia por parte de las grandes potencias de los límites geológicos de este recurso. En consecuencia, el control de los yacimientos, así como de infraestructuras estratégicas como oleoductos, puertos y rutas marítimas, se convierte en un factor central de disputa, generando tensiones que en muchos casos derivan en conflictos armados.

Por otra parte, los países productores y exportadores utilizan el denominado “oro negro” como herramienta para proyectar poder e influir en el escenario internacional, consolidando alianzas y persiguiendo objetivos diplomáticos. Un ejemplo significativo a nivel colectivo es la acción coordinada de la OPEP+ —que incluye a países como Rusia y Kazajistán—, la cual regula cuotas de producción con el fin de estabilizar o influir en los precios del crudo.

Los países importadores netos de energía —incluso grandes potencias industriales como la Unión Europea, China, Japón o Corea del Sur— dependen estructuralmente de proveedores externos. Esta dependencia no impide que, en determinados contextos geopolíticos, apliquen sanciones a países exportadores (como Rusia o Venezuela), lo que implica un riesgo significativo, ya que tales medidas pueden revertirse en perjuicio de quienes las imponen.

A pesar del avance de la transición energética, el petróleo continúa ocupando un lugar central en el transporte y la industria. Asimismo, la persistente incertidumbre en torno al denominado “pico del petróleo” —momento a partir del cual la producción mundial alcanza su máximo y comienza a declinar— sigue condicionando las estrategias de las principales potencias. En consecuencia, el petróleo no solo actúa como motor económico, sino también como un factor determinante de la seguridad nacional y la política exterior de los Estados.

En este marco, adquieren especial relevancia los llamados “cuellos de botella”del comercio energético, es decir, los estrechos y canales estratégicos que concentran el tránsito global de hidrocarburos. Entre ellos destacan el estrecho de Ormuz y el de Malaca, cuya eventual interrupción podría afectar gravemente el suministro mundial. Por ello, las potencias consumidoras buscan garantizar el control o la seguridad de estas rutas críticas.

Breve historia geopolítica del petróleo

La Segunda Revolución Industrial, iniciada hacia 1870, marcó un punto de inflexión en el modelo de crecimiento capitalista. La incorporación de nuevas fuentes de energía —como el petróleo y el gas—, junto con el desarrollo de la electricidad, transformó profundamente la organización económica y social. Este proceso incrementó la presión sobre los recursos naturales y estimuló la expansión de las potencias industriales en busca de su control.

Desde fines del siglo XIX, el petróleo fue reconocido como un recurso estratégico,
especialmente por el Reino Unido, que modernizó su flota naval sustituyendo el carbón por combustibles líquidos. Esta transición impulsó la competencia entre potencias por el acceso a regiones ricas en hidrocarburos, particularmente en Oriente Próximo y Asia Central.


Tras la Primera Guerra Mundial, el desmembramiento del Imperio Otomano permitió a Francia y Gran Bretaña asegurar el control de territorios petroleros clave. Durante la Segunda Guerra Mundial, el acceso al combustible fue un factor decisivo en las campañas militares, contribuyendo incluso a la derrota de las potencias del Eje [Alemania/Japón] por su escasez de recursos energéticos.

En la posguerra, Estados Unidos emergió como potencia hegemónica y definió su esfera de influencia global, consolidando el vínculo entre energía y poder.

Dinámica actual

En la actualidad, la dependencia de los hidrocarburos continúa siendo un factor estructural del sistema internacional. Como señalaba el geógrafo James Fairgrieve, el control de la energía constituye un elemento central del poder global. En este sentido, los recursos energéticos no solo tienen valor económico, sino también estratégico, al convertirse en instrumentos de presión política y económica.


Además de la disponibilidad de reservas, la geopolítica del petróleo está fuertemente condicionada por las rutas de transporte. El estrecho de Ormuz, por ejemplo, concentra aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de crudo, lo que lo convierte en un punto neurálgico cuya estabilidad impacta directamente en los mercados globales.

Otros pasos estratégicos, como el canal de Suez [vía fluvial que conecta el Mar Rojo con el Mediterráneo],el estrecho de Bab el-Mandeb [separa la Península Arábiga del Cuerno de África, a la entrada del Mar Rojo], el canal de Panamá [vía interoceánica entre Atlántico y Pacífico], y el ya mencionado estrecho de Malaca [corredor marítimo entre Malasia e Indonesia] en la ruta hacia China y Japón, también desempeñan un papel clave en el flujo energético internacional. La seguridad de estas rutas es una prioridad para las potencias, dado que cualquier interrupción puede generar aumentos significativos en los precios del petróleo.

El mercado petrolero y la conflictividad

Desde la creación de la OPEP en 1960, los países productores han buscado coordinar sus políticas para influir en los precios del mercado internacional e imponerse a las pretensiones de las grandes corporaciones petroleras, que hasta entonces habían fijado precios y condiciones globales, apropiándose de gran parte de la renta del sector. Posteriormente, la conformación de la OPEP+ amplió esta capacidad de regulación, concentrando una parte sustancial de las reservas mundiales.

Sin embargo, el equilibrio del mercado se ha visto alterado en el siglo XXI, especialmente por el auge de la producción de hidrocarburos no convencionales en Estados Unidos. A ello se suman las sanciones internacionales impuestas a grandes productores como Rusia, Irán y Venezuela, lo que ha incrementado la volatilidad del sistema energético global.

El petróleo sigue siendo, además, un factor de conflictividad internacional. Desde el acuerdo de 1945 entre Estados Unidos y Arabia Saudita, que garantizó el suministro energético a cambio de seguridad militar [particularmente a su casta real], hasta las crisis contemporáneas en Medio Oriente, la energía ha sido un eje central de la política internacional.

Perspectivas futuras

Si bien la transición hacia energías renovables está en marcha, el proceso será prolongado. La dependencia global de los combustibles fósiles continúa siendo elevada, y cualquier interrupción significativa en su suministro tiene efectos inmediatos sobre la economía mundial.

En este contexto, la República Popular China emerge como un actor clave, no solo por su creciente demanda energética, sino también por su apuesta estratégica por energías alternativas. Al desarrollar fuentes como la solar, eólica o el hidrógeno, busca reducir su dependencia de los hidrocarburos y evitar la desgastante competencia geopolítica por su control.


Finalmente, la transición energética abre un nuevo escenario de disputa: el control de los recursos minerales críticos (litio, cobre, tierras raras), esenciales para las tecnologías limpias. En este sentido, países con abundantes reservas —como Argentina— adquieren una relevancia creciente en la geopolítica global.

Esperemos que la clase dirigente nacional esté a la altura de la coyuntura favorable, y despliegue una estrategia geopolítica firme, inteligente, a fin de aprovechar con soberanía el rédito para la sociedad toda, y no solo garantizar el negocio para los capitales oportunistas de extractivismo concentrado (extranjeros o locales) para cumplir compromisos financieros.

Concluyendo

Aunque el consumo de combustibles fósiles se ha duplicado desde los años 70, su participación en la “torta” de la demanda energética mundial bajó desde el 50% de ese entonces a un 30% al día de hoy, pese a ello, la dependencia energética global mantiene al petróleo como una herramienta geopolítica crítica y un motor de inflación.

Frente a la prevalencia de los intereses corporativos sobre la descarbonización, surge una transición hacia energías renovables como estrategia de soberanía económica para romper el control oligopólico. 

En definitiva, se trata de una propuesta de autonomía, de PODER.

El sol y el viento no tienen dueños porque no se pueden controlar, y abundan en los propios territorios. Imitando al “Gran Dragón”, además de los desarrollos chinos que mencionamos ut supra, las mareas y la geotermal son también fuentes de energía limpias y renovables, que pueden aprovecharse independientemente de los centros de poder externos (Estados o conglomerados), y, por lo tanto; se autoexcluye el país que lleve adelante estas iniciativas, de la disputa geopolítica y militar por el control de los hidrocarburos que practican las grandes potencias.

Una proposición para no “naturalizar” la dinámica de la violencia propia de la lógica de la escasez, evitar la degradación socioambiental y cultural que conlleva la explotación siempre al servicio de la especulación y de intereses de minorías [Petrocracia], para que finalmente, se modifique la estructura de la economía política internacional en favor del interés público.

Abril de 2026